Los sistemas de regadío tradicionales constituyen la expresión actual de un largo legado de interrelaciones a través de los siglos entre los seres humanos y el entorno biocultural, productivo y cotidiano más inmediato, fruto de una coevolución social y ecológica indisociable en los socioecosistemas (Norgaard, 1994). Como ya hemos mencionado en anteriores unidades, aglutinan todo un conjunto de conocimientos y manifestaciones culturales que han ido modificándose y adaptándose ante condicionantes ambientales, político-normativos, socioeconómicos... y son resultado de creaciones colectivas perfeccionadas durante siglos.
Estas creaciones colectivas remiten al propio concepto de Patrimonio Cultural Inmaterial que debemos concretar para acercarnos etnográficamente a estas realidades. Según la definición dada por la UNESCO en la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de 2003 (art. 2.1), y aplicado al objeto de estudio que nos ocupa, puede entenderse como:
El conjunto de saberes, técnicas, expresiones, usos sociales consuetudinarios y costumbres en torno a la gestión de los sistemas históricos de regadío, así como las infraestructuras de captación, almacenamiento y distribución del agua (acequias mayores y menores, partidores, presas…), los útiles de trabajo y los espacios culturales que les son inherentes (parcelas de cultivo, pagos, caminos de acequieros…). Elementos que tienen capacidad de estructurar la vida de un grupo o una comunidad (sea agrícola, agroganadera, agrosilvopastoril...) y son compartidos y valorados por sus miembros, pues son estos quienes otorgan significado a su cultura agrícola de riego en el medio que les ha tocado vivir.
Pero ¿por qué nos es clave esta definición?
Primero, contribuye a romper la inconsistente dicotomía entre lo material e inmaterial, porque no existirían las infraestructuras de riego sin los conocimientos ni viceversa, pues se infieren soporte mutuamente, lo que deriva en la necesidad de análisis que integren los procesos sociales y naturales (el abordaje transdisciplinar) y de alejarnos de visiones excluyentes académicas, normativas y políticas para tratar los socioecosistemas irrigados (Fernández, 2020).
Segundo, atiende a los procesos y a la transmisión generacional, la continuidad y funcionalidad actual de dichas expresiones, garantes de la salvaguarda de dicho patrimonio y de la conservación de los paisajes culturales en su conjunto.
Y tercero, priman los actores y colectivos sociales como portadores de esta cultura de regadío histórico, a quienes reconocer institucional y socialmente los valores y servicios que sus prácticas generan y a quienes empoderar con la investigación, protección y difusión de las mismas para que puedan formar parte del modelo de gestión de sus propios territorios.
Por los saberes, creencias y valores implicados, el estudio de estos sistemas de regadío requiere profundizar en las formas de hacer y de vivir de hombres y mujeres, en sus elecciones individuales y acciones colectivas sobre cómo relacionarse en los socioecosistemas tan complejos y cambiantes en los que vivimos. Y todo ello desde una perspectiva diacrónica, es decir, las fuentes de documentación histórica y de archivo antes señaladas, junto a la historiografía existente, servirán de apoyo a los datos etnográficos para así comprender cómo las comunidades de regantes han gestionado el uso del agua y han mantenido en el tiempo las infraestructuras y los conocimientos ecológicos tradicionales hasta la actualidad.
Partiremos entonces de analizar los cuatro elementos fundamentales que están presentes en un sistema histórico de regadío (Ruíz, 2014):
- las infraestructuras de captación, almacenamiento y distribución del agua;
- la tierra, el ámbito territorial del cultivo de regadío;
- los saberes y prácticas etnoecológicas que encierran, junto con su transmisión; y
- las comunidades de regantes que se organizan colectivamente para su gestión.
Adaptados a objetivos, podremos plantearnos:
- identificar las infraestructuras de riego de una zona regable;
- analizar la configuración de parcelas y superficies de riego;
- documentar los usos y prácticas tradicionales de gobernanza y gestión y
- analizar la estructura y el funcionamiento de las comunidades de regantes y su relación con entes sociales e institucionales del territorio.
Un primer abordaje a estos objetos de estudio puede parecernos abrumador por la heterogeneidad de sistemas, elementos y prácticas implicadas, más si cabe dentro de un mismo territorio cuando el origen del recurso hídrico puede ser diferente incluso. La experiencia de campo nos habla, por ejemplo, de la existencia de una amplia variabilidad de sistemas de riego a estudiar según las formas de captación de agua y según sean compartidas o no por uno o varios municipios: desde presas y azudes en ríos que derivan parte de su caudal hacia la acequia que nace en sus orillas, norias que elevan el agua hacia una cota superior o pozos y qanats (propios de paisajes áridos, como el noreste de la provincia de Granada) que extraen el agua desde niveles freáticos hacia una o diferentes cotas en la superficie, haciendo cada sistema único. Luego podemos encontrar diferentes artificios para el control del cauce, tanto en la cabecera como durante el recorrido y lugares de vertido del agua, que han dado lugar a un rico vocabulario: diferentes formas de llamar a las acequias según el territorio (caces, caceras, mergas, ramales, lievas, regaeras, pesqueras, hijuelas, zayas…) o elementos dentro de ellas para desviar el agua como, por ejemplo, tornas o puntuales derivaciones de agua que se abren y cierran con piedras para aliviar el cauce, caeeros cuando hay gran caída de agua y guiaeros cuando hacen funciones de careo o siembra de agua (Espín et al, 2010).
En otro orden de singularidad, también podremos encontrar en la práctica una amplia diversidad de formas de organización endógena: comunidades de regantes reconocidas y con concesiones de aguas vigentes, comunidades en trámite de reconocimiento y de concesión de caudal o comunidades formales sin reconocimiento aún por parte de la Administración, lo que lleva a una irremediable variabilidad de casuísticas sobre cómo reivindican sus derechos y ponen en funcionamiento sus prácticas tradicionales de regadío.
Es importante detenernos aquí un instante para conocer la compleja construcción de los saberes, y su materialización en prácticas, antes de plantear la aproximación metodológica que pretendemos. Parte de los conocimientos locales, sobre todo los referidos al reparto equitativo del agua (derechos históricos de uso y gestión), están plasmados por escrito en las Ordenanzas o Libros de Aguas que cada comunidad de regantes ha heredado del pasado. Sin embargo, existe otra buena parte de saberes “no escritos” que son reproducidos gracias a la transmisión oral dentro de la unidad familiar, a través de redes de parentesco y vecindad y a nivel de comunidad.
Y es que, para relacionarse con el entorno y gestionar sus recursos, los regantes crean, modifican y renuevan sus saberes desde tres fuentes de información:
- la experiencia histórica acumulada (“lo que les dijeron”),
- la experiencia socialmente compartida (“lo que les dicen”) y
- la experiencia individual (“lo que observan por sí mismos”).
Un proceso diacrónico de aprendizaje que se transmite culturalmente a través del tiempo hacia sus coetáneos y a generaciones posteriores (Barrera-Bassols y Toledo, 2008). Para estos autores, estas experiencias se retroalimentan a diferentes escalas. Ruíz (2017), aplicándolas a un estudio detallado e interesante del sistema de riego de Cáñar, en Sierra Nevada (Granada), las resume de la siguiente manera:
- primero se hallan los saberes que permiten que cada parcela funcione adecuadamente según tome el agua de su acequia o ramal más inmediato (por ejemplo, saber hacer surcos, guiar el agua, programar el riego según tipo de cultivo, consolidar un balate…);
- luego saberes sobre el funcionamiento de la acequia madre que abastece el pago donde se encuentra su parcela (turnos, tiempos de riego, calendario de limpieza de la acequia y labores de mantenimiento, etc.);
- una escala superior remitiría a la gestión del propio sistema de riego, saberes que detentan en su mayor parte presidentes de comunidades, acequieros y administradores (medición y seguimiento hidrológico de albercas, concesiones administrativas de agua, balances hídricos…);
- finalmente, los saberes globales a nivel de ladera, montaña y cuenca (previsión hídrica según pluviometría, estado de los ventisqueros, evolución del deshielo, zonas y modos de careo, etc.).
Pero en este proceso de aprendizaje y transmisión, los saberes también están sometidos a su revisión, modificación y adaptación si aparece en escena una nueva innovación práctica o condicionantes que alteren el escenario, a menudo relacionados con cuestiones climáticas y la gestión de la sequía. Así, el carácter local y la heterogeneidad y el cambio de saberes serán nuestras máximas a tener en cuenta. Esto hace que no haya un único manual para enfrentarse al estudio de los sistemas históricos de regadío, pues son plurales y cada caso requerirá el suyo, aunque aquí mostraremos algunas herramientas.
En este sentido, a nivel metodológico. Esta realidad solo puede ser aprehendida desde la investigación social cualitativa, enfoque utilizado en las ciencias sociales para estudiar y comprender fenómenos sociales desde la perspectiva de los propios actores en su contexto social, cultural e histórico. Esta aproximación permite:
Proporcionar una visión detallada y profunda de cada sistema de riego, interpretando los significados y experiencias y captando las especificidades y peculiaridades de los procesos de gobernanza y gestión comunitaria del agua desde una perspectiva diacrónica.
Analizar las interacciones entre diferentes actores involucrados en los sistemas históricos de regadío, revelando las dinámicas de poder, conflicto y negociación mediante la reorganización endógena de las comunidades locales.
Utilizar metodológicamente técnicas para la recogida de información según diferentes grados de estructuración, que permiten una mayor flexibilidad para adaptarse a las circunstancias que hacen particular a cada sistema histórico de regadío.
Producir datos de naturaleza narrativa (textual o visual) que pueden complementar la información arqueológica y etnográfica y el análisis detallado para comprender la importancia de estos sistemas para las comunidades que los utilizan.
La antropología, y la etnografía entendida como proceso metodológico global para acercarnos a sistemas culturales que no pueden ser aislados del contexto en que ocurren, aporta una serie de técnicas de recogida de información que, principalmente, deben ser tan flexibles como para acomodarse a la heterogénea naturaleza de los sistemas tradicionales de regadío en cada territorio, en base a sus condicionamientos ambientales, socioeconómicos, normativos, simbólico-identitarios, etc., y a las no menos heterogéneas formas de obtención de estos datos por fuentes primarias y secundarias.
Desde esta mirada, epistemológicamente hay dos formas de conocer una misma realidad cultural: a través de quien la vive (que en la disciplina antropológica recibe el término de emic) y a través del observador científico que la analiza (etic). La primera conduce a la inmersión cultural y a la sensibilidad y empatía por las particularidades locales; la segunda adopta una visión externa y comparativa, bajo una pretendida distancia cultural en favor de una mayor objetividad. Pero en el estudio de los fenómenos culturales es imperante combinar ambas visiones, complementarlas, para obtener una comprensión más completa. Es así su trascendencia que, llevado al campo de la etnoecología, supone situar a los conocimientos tradicionales de poblaciones locales en el mismo nivel que las aportaciones de las ciencias naturales y sociales, un llamado “diálogo de saberes” (Barrera-Bassols y Toledo, 2008) a través del cual comprender las realidades contextuales cambiantes y su potencial en la contribución al bienestar humano en sus diversas aportaciones.
El trabajo de campo no es más ni menos que una “situación metodológica” (Velasco, 1997) que precisamos, el periodo y modo de investigación para la identificación, recopilación y registro de datos. Aglutina una serie de técnicas de investigación que se suceden de manera cronológica, pero que también se intercalan durante el proceso metodológico global y lo complementan. Las herramientas más comunes son las que se describen en los siguientes subpuntos.