Implica involucrarse directamente en la vida cotidiana y las estructuras sociales de las comunidades que realizan una gestión comunitaria del agua. Realizarla de manera sistemática contribuirá tanto a redefinir planteamientos iniciales como a una visión integral de los procesos y estrategias que toman las comunidades, más allá de únicamente incidir en periodos del año en que los riegos están operando, pues en otros momentos no entran en funcionamiento las acequias y ramales y se aprovecha para su limpieza y mantenimiento, para tareas agrícolas preparatorias, etc., que condicionarán el próximo ciclo de riego.
Entra en juego aquí la agudeza de percepción de la persona observadora ante la acción de los sujetos de estudio. Su presencia en la tarea de acompañar al acequiero, por ejemplo, a levantar una compuerta, formar caballones de tierra para guiar el agua, colaborar en la limpieza de cauces y mantenimiento de pozos o asistir a encuentros (formales e informales) de regantes permitirá, por un lado, que la transmisión y asimilación de información sea simultánea a la sucesión de los acontecimientos, siendo testigos directos de cómo los portadores reproducen, modifican y adaptan sus saberes para la supervivencia de los socioecosistemas irrigados. Por otro lado, permite a quien investiga recibir un feedback en tiempo real y ajustar sus enfoques, al tiempo que aprende las reglas de comunicación y la oportunidad de qué, cuándo y cómo formular sus preguntas. Pero, sin duda, contribuye a desarrollar empatía y comprender de una manera más holística un conocimiento que, no olvidemos, nos es compartido como gesto de confianza.