Las crónicas son una fuente de información valiosa, al reflejar una realidad tangible en un momento histórico determinado. Gracias a ellas, es posible tener noticias sobre el estado de los sistemas históricos de regadío o de infraestructuras vinculadas a ellos en distintos momentos de la historia. Sin embargo, las crónicas no son tan comunes como se podría esperar, y no suelen aplicarse a tantos sistemas de regadío como existen. A menudo, es necesario recurrir a crónicas locales, que pueden ser difíciles de localizar o no arrojar informaciones relevantes. El género de la crónica histórica, además, ha estado vinculado históricamente a las esferas del poder político del momento, por lo que suele recoger noticias sobre aquellos elementos más vistosos o de mayor importancia para ciertos sectores de la población, cercanos a las ciudades o a las esferas en las que se desenvuelven las élites locales. Por otro lado, suelen prescindir de reflejar la información de obras mucho más modestas o alejadas de los entornos urbanos.
Algunos ejemplos de sistemas de regadío que han sido reflejados por las crónicas históricas son la acequia de Aynadamar, en Granada, mencionada por el historiador Ibn al-Jatib en el siglo XIV, o la vega de Lorca, citada por al-Udri en el siglo XI.
Las citas relativas a entornos lejanos a los principales centros urbanos suelen recabar en fechas más tardías. Resultan de interés los estudios, crónicas y narrativas llevadas a cabo a partir de la Ilustración y, especialmente, los desarrollados desde finales del siglo XVIII hasta el siglo XIX bajo influjos culturales como el romanticismo y el post-romanticismo. Siguiendo el ejemplo anteriormente mencionado de Mecina Bombarón, aunque existen referencias que permiten retraer la práctica de las acequias de careo hasta la época nazarí, no es hasta el siglo XIX cuando esta aparece reflejada en un documento de crónica. Es a través del botánico valenciano Simón de Rojas Clemente, en su “Viaje a Andalucía” entre 1802 y 1804, quien recaba en describir la acequia sin una intencionalidad catastral o registral sobre la propiedad:
Las simas de Mecina corren a lo largo de la loma que media entre su Río y el de Bérchul, desde frente al Pueblo hasta una legua de él, de la acequia principal que arranca de los ventisqueros no perpetuos que vierten al Río de Bérchul y después tuercen a la vertiente del de Mecina, parten otras parciales que llevan cada una el agua a su sima […] la mayor traga hasta cuatro caces de agua sin rebosarla hasta que se harta […] de ocho a veinte días tarda el agua a brotar en fuentes después que se echó en las simas, fuentes que nacen la más inmediata a su sima a un tiro de piedra y la mas remota a un cuarto de hora de ella […] las simas están en sitios proporcionados al terreno de labor o sobre él y aún se quejan los vecinos pobres de que los ricos echan poca agua en las altas, porque arriba tienen ninguna tierra o de ningún valor. La idea de las simas es de tiempo inmemorial, regularmente parto de la feliz agricultura árabe”.
La obra de Rojas es un tratado sobre botánica en Andalucía y no tiene, en ningún caso, una intencionalidad directa en describir los sistemas de regadío. Sin embargo, en sus prolijas descripciones sobre el territorio y la geografía, arroja información de gran valor para comprender los sistemas de regadío. La crónica, ya sea histórica o geográfica, tiene un gran valor para la descripción de los sistemas de regadío y cuenta además con el añadido de aportar las aseveraciones realizadas por los propios cronistas, que sirven para entender el funcionamiento social de cada sistema desde su punto de vista subjetivo, algo de gran valor para desentrañar el manejo de agua que lleva a cabo cada comunidad. Sin embargo, hallar descripciones detalladas no suele ser una tarea fácil, por lo que es necesario acudir a documentos registrales que permitan complementar esta información.