La documentación catastral y los documentos sobre peritajes adquieren un enorme valor descriptivo de los sistemas de regadío. Se trata, en muchas ocasiones, de censos de propiedad similares a los constituidos por los Libros de Apeo y Repartimiento, aunque suelen ser más limitados que estos al no tener valor jurídico en el establecimiento o modificación de derechos sobre términos, linderos, usos, costumbres o propiedades. Únicamente poseen valor censal y su objetivo suele ser la recopilación de información para fines variados, en lo que sí resultan mucho más detallados que las descripciones ofrecidas por los Libros de Apeo y Repartimiento.
Un caso ejemplificador de este tipo de documentos es el realizado en los territorios de la Corona de Castilla a mediados del siglo XVIII: el Interrogatorio para la Averiguación de la Única Contribución, el Catastro del Marqués de la Ensenada. Impulsado en tiempos de Fernando VI a través del Real Decreto del 10 de octubre de 1749. El Catastro, promovido por la reforma fiscal de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, el Marqués de la Ensenada, realizó la averiguación de los bienes que poseían todos los propietarios de la Corona de Castilla. Es decir, trató de averiguar qué propiedades (tanto muebles como inmuebles, del tipo que fueran: ganado, edificios, haciendas, fincas, oficios, rentas, impuestos señoriales o censos, etc.) poseían los habitantes de las provincias de la corona castellana. Esto supuso la averiguación de más de 15.000 localidades, compiladas en 80.000 volúmenes, lo que convierte a este catastro en la mejor fuente para el conocimiento geográfico e histórico de las tierras que poseía la Corona de Castilla en la Península Ibérica. El catastro organizó cuarenta preguntas, denominadas respuestas generales, entre las que se averigua qué clase de tierras existen en cada localidad, qué superficie tienen, cuánto regadío y secano hay y qué se cultiva en ellas, entre otras (Pérez y Bestué, 2015).
Los peritajes, por otro lado, son documentos creados por un profesional en un ámbito determinado para responder a averiguaciones ordenadas por un sector administrativo o judicial determinado. Este tipo de documentos se realizan con la intención de conocer, de la forma más exacta posible, las características de un territorio o una parte concreta de él. Los documentos periciales involucran cuestiones muy diversas: superficies de bosques y dehesas, viviendas o entramados urbanos, superficies y mojones de términos de localidades, minas y demarcaciones mineras, planos y cartografías de áreas determinadas. Las acequias, las zonas irrigadas y la organización que se hace de ellas también son un elemento que ha sido históricamente cartografiado, desglosado, estudiado y peritado por distintas motivaciones. La figura del perito no siempre ha sido la encargada de este tipo de trabajos, por lo que en ocasiones se hace referencia a “conocedores”, “reconocedores” o “averiguaciones”; este último es el utilizado en el Catastro de Ensenada y otros documentos del siglo XVIII. Especialmente prolíficos para el estudio de los sistemas históricos de regadío pueden resultar los planos catastrales y las minutas cartográficas que reflejan los recorridos de las acequias y sus zonas irrigadas y cuya cronología puede variar.
Por último, los diccionarios Geográfico-Estadísticos, propios de la Edad Moderna y Contemporánea, son otro documento de cierto valor para el conocimiento de los sistemas de regadío. Aunque no suelen reflejar datos directos sobre las acequias, sí que pueden hacer menciones a ellas o a temas que indirectamente están vinculados a las mismas (por ejemplo, la superficie irrigada), por lo que permiten, en forma alguna, relacionar elementos vinculados a ellas. Muchos diccionarios, como el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, realizado por Pascual Madoz entre 1845 y 1850, o sus antecesores, el Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal de Sebastián Miñano y Bedoya de 1826 a 1828 y el Diccionario Geográfico de España de Tomás López a finales del XVIII, sirven como documento histórico para el conocimiento de los microterritorios de las zonas en las que se encuentran los sistemas de regadío.