La marcita es una ingeniosa técnica agronómica que combina dos principios: el uso invernal del agua de manantial, más cálida que la superficial, para evitar que se congele la hierba, y la canalización de varios manantiales para aumentar el caudal y regar áreas más extensas. Esta práctica, ya adoptada en la época medieval, se difundió ampliamente gracias a los manuales agronómicos de los siglos XVIII y XIX.
Aunque comúnmente se atribuye a los cistercienses, la marcita ya se utilizaba antes de su llegada a Lombardía. Como observa Comincini (2012), documentos anteriores al siglo XII atestiguan expresiones como «prato marcido» (pradera podrida) e «in marcitis». El abad cisterciense Angelo Fumagalli (1789) encontró esta expresión en algunos pergaminos de la Orden, y Berra (1822) atribuyó un papel fundamental a los monjes de Chiaravalle y Vicoboldone (los Humillados), que transformaron tierras pantanosas en fértiles prados de regadío. Giuseppe Soresi (1914) reiteró la importancia de los Humillados en la difusión de la práctica de la marcita en la llanura lombarda. Un resumen de su historia se puede ver en el vídeo Marcita landscapes, recent history.
El término marcita podría derivar de la costumbre de dejar pudrir el último corte de hierba para fertilizar el prado o del aspecto pantanoso de los prados aún no bien nivelados (Berra, 1822). La eficiencia de la marcita en la producción de forraje la hacía muy valiosa en las zonas urbanas, donde la demanda era elevada debido a la presencia de numerosos caballos de tiro y de silla. El valor del heno era considerablemente más alto en las cercanías de las ciudades, como señalaba Berra (1822).
Desde las primeras bonificaciones, la marcita permitía utilizar las aguas de manantial y el sortume para drenar las zonas húmedas, transformándolas en prados de regadío. Este sistema también permitía reciclar las aguas residuales o de drenaje, depuradas de forma natural mediante la filtración del suelo y la acción de la rizosfera, según un mecanismo que hoy se conoce como fitodepuración.