El valor etnológico fue introducido en las leyes de patrimonio cultural a finales del siglo XX para reconocer todos aquellos bienes de carácter popular y colectivo que hasta entonces no tenían cabida, ya que solo eran reconocidos los bienes histórico-artísticos o arqueológicos de carácter monumental e institucional como los palacios y las catedrales. Desde ese momento, la arquitectura popular o vernácula y los conocimientos y actividades populares como procesiones o fiestas fueron incorporados al patrimonio cultural.
Los bienes de carácter etnológico, al margen de estar vinculados a lo popular y colectivo, así como a otros valores como la diversidad o la identidad colectiva, se caracterizan generalmente por su carácter tradicional, es decir, por el hecho de que su conocimiento y uso es transmitido de generación en generación. Eso es lo que sucede con la mayoría de sistemas históricos de riego, entre otras razones por su vinculación con la actividad agraria (la cual, como ahora veremos, se suele valorar desde esta perspectiva etnológica) y por su organización y gestión al margen de los poderes establecidos o instituciones estatales u oficiales, aunque no escapan, obviamente, a su regulación o control.
Si tenemos en cuenta esto, no es de extrañar que los sistemas históricos de riego, en cuanto que en su mayor parte son construcciones colectivas o comunitarias que se han mantenido hasta la actualidad a través de esta transmisión intergeneracional de los conocimientos, sean considerados como patrimonio etnológico, es decir, que dispongan de un alto valor etnológico.
De hecho, es muy habitual encontrar dentro de los estudiosos de estos sistemas la utilización del concepto de sistemas tradicionales de riego, diferenciados incluso de los sistemas históricos de riego (Silva, 2012:2), lo cual resulta difícil de hacer en cuanto que todos, los considerados tradicionales y los más recientes, proceden del pasado, es decir, tienen una dimensión histórica.
Aun reconociendo la importancia que ha supuesto para el patrimonio cultural la incorporación al mismo del patrimonio etnológico, consideramos que todos los valores de carácter etnológico que puedan disponer los sistemas históricos de riego ya están recogidos por el resto de valores analizados como el histórico, el artístico o, muy especialmente, el tecnológico. En este sentido, consideramos que reconocer la complejidad de la construcción de un sistema hidráulico como valor tecnológico, tal y como hacemos aquí, y no como valor etnológico, permite equiparar estos sistemas en cuanto a su importancia al resto de sistemas tecnológicos de carácter industrial, a los que, por lo general, se les suele dar más relevancia por proceder del conocimiento científico reglado o institucional y no del conocimiento científico colectivo y popular, como es habitualmente el caso de los sistemas históricos de riego.
Al margen de lo dicho, otra de las razones por la que los sistemas históricos de riego suelen considerarse como patrimonio etnológico tiene que ver con la materialidad de los mismos, sobre todo, de las acequias. La mayoría de ellas están excavadas en la tierra, es decir, realizadas de un material considerado pobre o humilde como la tierra, de ahí esta caracterización como patrimonio popular y, por tanto, etnológico.
En este sentido, cabe señalar que esa distinción entre materiales pobres (tierra, madera, paja, etc.) y ricos (piedra, mármol, metales, vidrio, etc.) cada vez está más superada, ya que el valor patrimonial de un determinado material no se mide en función de su durabilidad o precio, sino en función de otras dimensiones como su capacidad para representar una determinada cultura constructiva. De ahí que, para nosotros, todo lo relacionado con los valores constructivos de los sistemas históricos de riego, sean de las grandes estructuras monumentales como presas o norias o de las sencillas acequias de tierra, deben observarse de forma igualitaria y conjunta; de ahí que los incluyamos dentro de los valores artísticos o tecnológicos.