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3.5. Valor paisajístico o territorial

Tradicionalmente, el valor paisajístico se identificaba con el valor estético, con la belleza de un determinado territorio o lugar; es decir, sería un valor más de un determinado bien de carácter territorial como lo serían los sistemas históricos de riego. No obstante, esta caracterización del valor paisajístico está siendo muy discutida, ya que actualmente el paisaje se entiende no como un componente o valor más de un determinado territorio, sino como la forma de entender y valorar el propio territorio, de ahí que se hable de paisajes culturales, que es una de las nuevas tipologías y más pujantes del patrimonio cultural.

Con independencia de este debate y, por tanto, de la consideración de los sistemas históricos de riego como paisajes culturales, existen dos valores que tienen que ver con el conjunto del sistema en su implantación sobre el territorio.

Uno de esos valores es, efectivamente, el valor paisajístico o la calidad paisajística del territorio ocupado por el sistema de riego, y que se suele definir a partir “de la calidad de la escena, la singularidad o rareza, la representatividad, el interés de su conservación y su función como parte de un paisaje integral”2. Obviamente, esta calidad paisajística variará sumamente en función de las características físicas y ambientales del sistema hidráulico del que se trate, pero observando tan solo las espectaculares imágenes y perspectivas que se generan, por ejemplo, en los impresionantes campos de arrozales de China o Filipinas, podemos entender la magnitud e importancia de este valor paisajístico. 

Figura 29: Cultural Landscape of Honghe Hani Rice Terraces. Fuente: LI Kun.

Además, una singularidad que tiene el valor paisajístico de los sistemas históricos de riego respecto a otros territorios de componente natural es la variabilidad temporal del mismo, ya que un elemento determinante de la calidad paisajística de estos sistemas es la actividad agraria desarrollada en él, la cual varía enormemente en función del proceso de desarrollo de un cultivo. Por ejemplo, los cambios visuales que se producen en un campo de arroz desde que se prepara la tierra calma, aún sin sembrar, hasta que finalmente madura el arroz y se cosecha, son muchos y de una riqueza estética increíble en su variabilidad. Sus cualidades y emociones no solo son estéticas, sino cognitivas y didácticas al conocer los diferentes procesos productivos, incluidos los laborales, que requiere el cultivo del arroz.

Figura 30: Coto arrocero de Calasparra (Murcia). Fuente: Creación propia (CC BY-NC-ND)

El otro valor relacionado con la visión de conjunto es el territorial. Un sistema histórico de riego no es sino la estructura material e inmaterial que permite poner en explotación un determinado territorio a través del desarrollo de diversas funciones, especialmente la agraria. Dispone, por tanto, de una ineludible dimensión territorial que hay que considerar en cualquier proceso de valoración patrimonial. 

Dimensión territorial de la que se derivan una serie de valores de gran importancia que tienen que ver con la manera de entender e intervenir en ese territorio a la hora de construir el sistema. Uno de estos valores es la estructuración funcional del territorio según los diferentes usos del mismo y la forma de construcción del sistema.

Un ejemplo de excepcional valor es la diferenciación que se establece (en algunos casos radical), entre el espacio irrigado y dedicado al desarrollo de la actividad agraria, que suele ocupar los suelos altamente productivos, y el lugar donde se asientan las viviendas y demás edificaciones de la población que vive de este sistema, en zonas cuyo terreno es menos productivo. 

Figura 31: Sistema de parcelas de cultivo del oasis junto al Duar-Issoumar (comunidad Aï Mrau) en la orilla del Oued- Mgoun, en el Valle del Mgoun (Marruecos). Fuente: Jorge Asencio Juncal.
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Figura 32: Relación del ksar de Ait Ben Hadu con su entorno agrario (Marruecos). Fuente: Creación propia (CC BY-NC-ND)

Otro de esos valores es la forma de conectarse o comunicarse con el territorio. Al construirse todo el sistema hidráulico por la fuerza de la gravedad y trazarse las acequias con una sutil inclinación, para extender así lo máximo posible el espacio irrigado, esto hace que se cree una conexión con todo ese territorio construido por el sistema de riego de una enorme sutileza y delicadeza, además de manifestar un uso absolutamente respetuoso con el medio.

Figura 33: Sutil y respetuoso trazado de la Acequia de Almegijar en la Alpujarra granadina (Almegijar, Granada). Fuente: Creación propia.  (CC BY-NC-ND)

Si tenemos en cuenta que, paralelo a todas las acequias principales, deben existir caminos para el acceso de los regantes (y que obviamente también pueden usar el resto de la población), nos encontramos con un sistema de comunicación o conexión con el territorio de un excepcional valor, máxime si lo comparamos con la situación actual donde la construcción de grandes infraestructuras viarias, muchas de ellas ajenas a la lógica de la orografía, nos ha hecho perder esa relación natural que impone la simple fuerza de la gravedad. 

Figura 34: Camino del acequiero de la Acequia del Albaricoque a su paso por Huétor Vega (Granada). Fuente: Creación propia. (CC BY-NC-ND)

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