Teseo y Pirítoo, hijo de Ixión y príncipe de los lapitas de Tesalia, eran amigos desde la juventud. A las bodas de Piritoo con Hipodamía fueron invitados, además de Teseo y otros ilustres caudillos griegos, los Centauros semi-equinos, que eran parientes del novio. En efecto, Ixión había intentado forzar a Hera y cuando la diosa se lo contó a Zeus, éste creó una nube con la forma de Hera y, víctima del engaño, con ella se acostó Ixión. Zeus lo castigó amarrándolo a una rueda, donde daba vueltas eternamente (fig. 72). De la nube fecundada por Ixión nació un hombre cruel e impío llamado Centauro, que se instaló en el monte Pelión; allí se cruzó con yeguas y así surgió la salvaje raza de los Centauros.
Pues bien, en el mencionado banquete nupcial los Centauros, como ni sabían beber ni tenían costumbre, se embriagaron demasiado e intentaron violar a la novia y raptar a las mujeres lapitas. Pirítoo y Teseo se les opusieron y estalló un violento combate, conocido como “Centauromaquia”, en el que los lapitas obtuvieron la victoria y masacraron a los Centauros (Fig. 73).
Según Paléfato (Sobre historias increíbles, 1) los “centauros” fueron, en realidad, unos jóvenes de la aldea Néfele (de néphos, “nube” en griego), en el Pelión, que inventaron el arte de domar y montar caballos. Por la noche bajaban cabalgando a la llanura de Tesalia, saqueaban las tierras de los lapitas y raptaban a sus mujeres. Después, salían huyendo “y quienes los veían desde lejos y por detrás, únicamente distinguían la grupa de un caballo, menos la cabeza, y todo el resto de la parte de arriba, de hombre, excepto las patas. Y a partir de esta figuración se inventó el mito increíble de un hombre-caballo, nacido de una nube en la montaña” (trad. M. Alganza Roldán).
De esta exégesis, basada en equívocos lingüísticos y visuales, se hacen eco autores antiguos, como Diodoro de Sicilia (Biblioteca histórica, 4.70.1) y Plinio (Historia natural, 7.202), así como los principales tratados mitográficos de la Edad Media y el Renacimiento; también la mencionan varias Crónicas de la conquista de América, para explicar el terror de los indígenas al ver, por primera vez, a hombres montados a caballo, un animal que no existían en el Nuevo Continente. Baltasar de Vitoria, señala el paralelo entre el mito racionalizado y este hecho histórico al tratar sobre los Centauros (Theatro de los dioses de la gentilidad, 1.4.11):
“Y como montar a caballo parecía algo especialmente nuevo, en un principio se creyó que caballo y hombre eran lo mismo: así lo pensaban también los indios de Nueva España, cuando los valientes españoles llegaron a conquistar este nuevo mundo. Fueron muchos los que montaron a caballo durante la conquista y como pensaban que hombre y caballo eran de una sola pieza, estos bárbaros concibieron al verlos gran temor y asombro”.
En las representaciones figurativas más antiguas los Centauros son hombres con piernas y la grupa de un caballo pegada en la espalda, como en la placa de bronce de Olimpia donde dos Centauros golpean con pinos al lapita Ceneo, que era invulnerable al metal (fig. 74). Hacia la segunda mitad del siglo VI a. C. ya está fijada su iconografía habitual: antropomorfos por arriba y equinos de cintura para abajo. En el arte griego la iconografía arcaica se siguió utilizando, en exclusiva, para el Centauro sensato y civilizado, Quirón, hijo del dios Crono y la Oceánide Fílira, e instructor de héroes como Jasón, Peleo y Aquiles.
La Centauromaquia fue esculpida por Fidias en dos de sus obras conservadas: el frontón oeste del templo de Zeus en Olimpia (fig. 75) y en las metopas meridionales del Partenón (fig. 76), con un simbolismo semejante al ya comentado para la lucha de Teseo contra las Amazonas. Escenas de centauromaquias ocupan, así mismo, las metopas de otros dos conocidos templos del Ática: el Hefesteión del ágora ateniense y el de Poseidón en el cabo Sunio.
En el arte romano, además de esta batalla, se representan con frecuencia escenas de la vida cotidiana y las costumbres de los hombres-caballos (fig. 77). Durante la Edad Media, centauros y centauresas figuran en los bestiarios tallados en las iglesias románicas (Unidad 1.1). En el Renacimiento destaca el cuadro de Botticelli donde Minerva domina a un centauro, que se ha interpretado como una alegoría de la sabiduría divina que frena las pasiones humanas, o bien, en clave política, como el buen gobierno sujetando la anarquía (fig. 78). El tema ha sido tratado por otros grandes maestros de la pintura, por ejemplo, Piero di Cosimo, Miguel Ángel, Rubens, Tiépolo, Moreau, De Chirico y Picasso (fig. 79).
Y como montar a caballo parecía algo especialmente nuevo, en un principio se creyó que caballo y hombre eran lo mismo: así lo pensaban también los indios de Nueva España, cuando los valientes españoles llegaron a conquistar este nuevo mundo. Fueron muchos los que montaron a caballo durante la conquista y como pensaban que hombre y caballo eran de una sola pieza, estos bárbaros concibieron al verlos gran temor y asombro.