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2.3.2. Hipólito y Fedra

 

Hipólito se convirtió en un joven no solo fuerte y agraciado, sino también piadoso y casto. Había consagrado su virginidad a la diosa Ártemis y ello le ganó la enemistad de Afrodita, quien, para castigarlo, se valió de su madrastra Fedra. En la carta, inventada por Ovidio (Heroidas 4.70 ss.), que escribe a Hipólito, la hija de Minos rememora cómo se enamoró nada más verlo. 

En el Hipólito de Eurípides, la pasión consume a Fedra, así que por medio de su nodriza le propone al joven mantener relaciones (fig. 70). Él las rechaza horrorizado y aprovecha para lanzar un duro alegato contra las mujeres (Eurípides, Hipólito 651 ss.)

Al conocer la respuesta, Fedra, por despecho, le contó a Teseo que su hijo quería acostarse con ella; y como Teseo dudaba que esto fuera cierto, se ahorcó. Mientras tanto, cuando Hipólito iba hacia el istmo de Corinto, tuvo un accidente con su carro y se mató; según algunas versiones, estaba perturbado por la calumnia de su madrastra y perdió el control del vehículo; según otras, Poseidón envió una gran ola o un toro, que asustó a los caballos (fig. 71).

El Hipólito de Eurípides sería versionado por Séneca, quien, a su vez, inspiró una serie de obras teatrales, entre las cuales destaca la tragedia Phêdre de Racine (1677). Partiendo de los dos clásicos, Miguel de Unamuno convirtió a su Fedra (1910) en una mujer contemporánea. La obra de Unamuno fue adaptada al cine por M. Mur Oti (Fedra, 1956), mientras que el guión de la película homónima de J. Dassin (1962) se basa en Eurípides.

Ibas vestido de blanco con flores que adornaban tu cabello: un pudoroso rubor enrojecía tu dorada cara. El rostro que otras tienen por severo y cruel a juicio de Fedra es viril, no severo. Lejos de mí estén los jóvenes que se arreglan como mujeres: a la belleza viril le cuadra un cuidado mesurado. Te sienta bien esa rigidez tuya con el cabello dejado a su aire y el polvo ligero en tu rostro noble.

Así que también ahora tú, oh cabeza funesta, has venido a proponerme relaciones en el inviolable lecho de mi padre. Yo me purificaré de esta impureza con agua clara, lavando mis oídos. ¿Cómo podría ser yo un malvado, yo que, por solo escuchar semejantes proposiciones, me considero impuro? (…) ¡Así muráis! Nunca me hartaré de odiar a las mujeres, aunque se me diga que siempre estoy con lo mismo, pues puede asegurarse que nunca dejan de hacer el mal ¡O que alguien les enseñe a ser sensatas o que se me permita seguir insultándolas siempre!

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