La madre de Heracles, Alcmena, era nieta de Perseo y Andrómeda, al igual que su esposo, Anfitrión (cuadro genealógico nº 12), el cual, tras ser expulsado de Tirinto, había sido acogido en Tebas por el rey Creonte. Alcmena accedió a casarse con su primo con la condición de no consumar el matrimonio hasta que él vengara la muerte de sus hermanos. Según Hesíodo, “la hija de Electrión honraba a su esposo como ninguna de las mujeres jamás lo hizo. Y superaba a toda la raza de femeninas mujeres en belleza y estatura; además, su inteligencia no la igualaba ninguna de las mortales que parieron hijos acostadas con mortales” (Catálogo de las mujeres, fr. 195).
Por ello, Zeus decidió que ella sería la última mortal con la que engendraría un hijo. Así que, aprovechando que Anfitrión estaba batallando con los asesinos de sus cuñados, tomó su aspecto y figura, e hizo el amor con Alcmena durante una noche que, según las versiones, duró el triple o nueve veces más de lo normal. Al día siguiente, Anfitrión regresó victorioso, se acostó con Alcmena y engendró a Ificles, el hermano gemelo de Heracles y padre de Yolao, el sobrino que lo acompañará en muchas de sus aventuras.
En el siglo II a.C. este episodio fue tratado de manera jocosa por el comediógrafo latino Plauto en su Anfitrión, obra que inspirará la homónima de Molière (1668).
Zeus había previsto honrar a su hijo concediéndole el trono de Argos, Micenas y Tirinto, que, entonces, estaba ocupado por Esténelo, el hermano menor de Electrión. Para impedirlo, Hera encargó a su hija Ilitía, la diosa de los partos, que retrasase el de Alcmena y adelantase dos meses el de Nícipe, la esposa de Esténelo. De esta manera, Euristeo nació sietemesino y él fue el heredero del trono. Zeus ordenó a Atenea o a Hermes, según las versiones, que acompañaran a Hera a conocer al recién nacido y la convencieran de amamantarlo, porque así lograría la inmortalidad. Sin embargo, el bebé succionó tan fuerte, que Hera, dolorida, lo apartó de su pecho; la leche que se derramó dio lugar a la Vía Láctea (fig. 1).
La diosa no cejó en sus intentos por destruir al hijo adulterino más amado por su esposo, así que metió dos enormes serpientes en la cuna, que él estranguló, demostrando una fuerza impropia de sus pocos meses de edad (fig. 2). Después de esto, el niño que había recibido el nombre de Alcides por Alceo, su abuelo, fue conocido como “Heracles” porque Hera, su enemiga, le hacía ganar fama (kléos) y, paradójicamente, también él con sus hazañas la glorificaba a ella. Según Teócrito (Idilio 24.103 ss.), al cuidado de su madre:
"Heracles se criaba como tierna planta en el huerto y le llamaban hijo de Anfitrión (…) El lecho del niño estaba dispuesto junto al de su padre, era una piel de león, que mucho le placía. Por desayuno, carne asada y en el canastillo un gran pan dórico, capaz de saciar a un cavador; pero durante el día tomaba solo un poco de alimento sin cocinar. Llevaba vestiduras sencillas, que no le llegaban a la mitad de las piernas."
Anfitrión, su padre putativo, se preocupó de que se adiestrara en las artes militares y le buscó como maestro de música a Lino, el hermano de Orfeo. Un día, Lino lo reprendió con azotes, a lo que Heracles respondió rompiéndole la lira en la cabeza y causándole la muerte. Aunque en el juicio se consideró que el homicidio estaba justificado, para evitar que se produjeran otros incidentes de este tipo, Anfitrión lo envió al campo a cuidar ganado y allí Heracles se hizo un hombre de gran fuerza y elevada estatura: medía cuatro codos, o sea, algo más de dos metros según Apolodoro (Biblioteca 2.4, 9).
Al cumplir los dieciocho años realizó la primera gran proeza, que marcaría su paso pleno a la edad adulta: la caza de un león que en el monte Citerón de Beocia destruía los ganados. Cumplir esta empresa le llevó cincuenta días y en las correspondientes noches, Tespio, el rey del país, metió en su lecho a sus cincuenta hijas, cada una de las cuales pariría un varón (los llamados “Tespíadas”). Según Apolodoro (Biblioteca 2.4, 10-11), el héroe desolló a la fiera y, en adelante, usó su piel como cobertura y las fauces como casco; pero, la mayoría de las fuentes identifican la leonté –la piel que le servía como yelmo invulnerable– con la del león de Nemea. Más tarde, él mismo fabricó con una rama de árbol su clava, el garrote que constituye su segundo atributo iconográfico característico. Los dioses le obsequiaron el resto de la panoplia: Hermes una espada, Apolo el arco y las flechas, Poseidón un carro, Hefesto una coraza y Atenea una túnica (fig. 3).
Luego, liberó a Tebas del asedio de Ergino y el rey Creonte, como premio, le concedió la mano de su hija Mégara, con la cual tuvo varios hijos. Sin embargo, Hera lo trastornó y dio muerte a los niños –en algunas versiones, también a Mégara–, así como a dos hijos de su hermanastro Ificles. Eurípides puso en escena la locura del héroe en el Heracles (420-414), tragedia que inspiró el Hércules furioso de Séneca (I d. C.) y a los pintores de cerámica (fig. 4). Filóstrato (siglo II d.C.) ofrece la siguiente descripción de un cuadro sobre el tema (Cuadros 2.23).
Abatido por este terrible suceso, decidió abandonar Tebas y se encaminó a Delfos para preguntar al oráculo qué debía hacer. La Pitia le respondió que, para expiar su crimen, marchara a Tirinto y durante doce años se sometiera a las pruebas que le ordenara su pariente Euristeo, tras lo cual obtendría la inmortalidad.
Heracles, enloquecido, está rodeado por todos sus sirvientes, como los boyeros rodean a un toro furiosos: el uno intenta atarlo, el otro quisiera detenerlo, otro grita, este se cuelga de sus manos, este le intercepta el pie, los demás se abalanzan sobre él: pero él no les hace caso alguno, se saca de encima todo el que se le acerca, los pisa sin verlos, vierte abundante espuma por la boca y sonríe de forma terrible y extraña. Tiene los ojos fijos en lo que está haciendo mientras el pensamiento de lo que hace le impide ver que comete un error.