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4.3 La organización del riego

Normalmente, el riego de los cultivos se administra de forma organizada a través de un sistema de mayor a menor, por el cual el agua se va subdividiendo desde las canalizaciones principales hacia canalizaciones más pequeñas. Se cumple así un organigrama de reparto: las aguas se organizan, se dividen y se aplican. Este fenómeno se da tanto en las propias parcelas como sobre la organización de las acequias del propio territorio, siempre desde sistemas mayores hacia sistemas menores. La nomenclatura con la que se denomina cada parte del sistema varía enormemente. Por lo general, existe lo que se podría denominar como acequia o canalización madre. De ella parten canalizaciones secundarias que dirigen el agua hacia zonas más pequeñas, que pueden ser subdivisiones primarias de una parcela. Estas canalizaciones secundarias suelen ser del orden opuesto a la primaria: es decir, si la canalización o acequia madre se dirige de forma horizontal, las canalizaciones secundarias se disponen de forma vertical. Posteriormente, el agua vuelve a dividirse en canalizaciones terciarias, que vuelven a repartir el agua en dirección opuesta a las anteriores. Esta compleja red asegura la infiltración y la administración de este recurso sobre cada parcela y segmento de tierra.

Las formas de riego tampoco son estables dentro de cada parcela ni en función del cultivo: algunos cultivos se comienzan a regar con un sistema y acaban con otro distinto; por ejemplo, algunas plantas se siembran sobre un terreno allanado artificialmente y, conforme crecen, se van construyendo surcos de tierra sobre las mismas, por lo que el agua termina aplicándose sobre surcos y no sobre terreno allanado. Además, en un mismo pedazo de tierra, el sistema de riego puede variar dependiendo de la especie cultivada. En ocasiones, un surco de tierra puede convertirse en un canal que conduce el agua hacia otro, de forma que se tracen líneas en forma de “S”, o bien los surcos de tierra pueden ser regados siguiendo grupos conjuntos. La variedad y forma de administrar el agua es enorme y depende de factores relativos a manejos culturales basados en la historia de cada práctica.

Además del riego que se administra al cultivo, existen otros manejos de agua como los riegos de invierno. Se trata de prácticas muy variadas, a menudo escasamente estudiadas y cuyos valores ecológicos y de fertilización no suelen ponerse sobre la mesa. Sin embargo, dentro de la lógica campesina de uso racional de los recursos, suponen una práctica adecuada para garantizar la preservación de los recursos y la fertilidad de los sistemas de regadío. Los riegos de invierno tienen múltiples aplicaciones a distintos niveles de afección. Por lo general, se trata de emplear el agua de riego en momentos en los que no se está cultivando nada. Esta acepción, sin embargo, puede ser muy relativa, ya que, a menudo, las parcelas de los sistemas históricos de regadío son auténticos policultivos que involucran cultivos tanto herbáceos como arbóreos. En algunas ocasiones, puede existir un cultivo que se realiza durante el invierno, en cuyo caso se tratarán las mismas prácticas que con el riego de verano. Los riegos de invierno, sin embargo, suelen recoger todas aquellas formas de aprovechamiento del agua que se llevan a cabo sin buscar su aplicación directa sobre las plantas.

Entre ellas puede destacarse el “entarquinado” o “enfangado”, una técnica de aprovechamiento de aguas de escorrentía o aguas turbias que se da en los sistemas de regadío cercanos a cauces relativamente grandes, como ríos o arroyos. Con él se aprovechan las aguas que descienden durante periodos de lluvias copiosos, y se introduce el agua durante largas temporadas (días y, a menudo, semanas o meses) en una parcela o grupos de parcelas para acumular los sedimentos finos arrastrados por el agua (limos y arcillas). Aumentar la cantidad de limos y arcillas sobre el terreno a través del regadío puede permitir la percolación de las mismas hacia horizontes de suelo que, posteriormente, se removerán a través de la labranza de la tierra y la aplicación de abonos o materia orgánica. Estas prácticas pueden mejorar sustancialmente la capacidad del suelo para retener y hacer disponibles algunos nutrientes. Además, permite la modificación topográfica de los terrenos, recreciéndolos y aumentando el grosor del suelo. Un suelo bien desarrollado, con profundidades superiores a los dos metros, permite que la humedad se mantenga durante mayores periodos de tiempo. 

Infografía creada con herramientas de IA para fines educativos. (CC BY-NC-ND)

Además de las prácticas que involucran el uso del agua en invierno para la regulación topográfica y la adición de material fino, la práctica del riego de invierno tiene entre sus propósitos un claro objetivo: utilizar el suelo como reservorio de agua. Enlazando con la anterior idea de los suelos desarrollados, se entiende que, a mayor densidad, un suelo tendrá mayor capacidad para retener agua, especialmente en una posición topográfica inferior. Los riegos de invierno tienen mucho que ver en este sentido: una infiltración total sobre el perfil, que no afecte únicamente a las capas superiores, se entiende como beneficiosa para la tierra en tanto que permite saturar de agua el ecosistema del suelo.

Fomenta así diversas cuestiones: la infiltración sobre el acuífero en zona no saturada; moviliza los nutrientes hacia zonas más profundas; satura los niveles más bajos del suelo, llevando hacia ellos una transformación que no sucedería en condiciones normales y busca, además, provocar una humidificación completa del suelo de forma que este sea más resistente a grandes cambios de temperatura. En muchas zonas, se entiende, además, que el agua infiltrada sube lentamente sobre el perfil, de forma que el riego de invierno convierte al suelo en un almacén hídrico que, además, fomenta la vida de algunas especies. 

En cualquiera de los casos, los riegos de invierno deben realizarse bajo supervisión y preparación de cada persona encargada del riego, ya que estos requieren de un buen funcionamiento estructural de cada parcela: terrazas de cultivo bien niveladas, caminos del agua bien planificados, velocidad del agua establecida…, de forma que sea posible evitar daños sobre la topografía de cada zona. El agua, mal empleada, puede provocar el resquebrajamiento de los muros, el corrimiento de tierras y la erosión del suelo, por lo que su manejo debe ser supervisado.

En zonas donde la topografía acumula grandes pendientes, los riegos de invierno son una parte fundamental del sistema de regulación hídrica a nivel de cuenca, pues el agua gestionada en superficie y acumulada en el subsuelo es clave para el mantenimiento hidrogeológico del sistema. En muchas zonas de montaña, donde existen sistemas históricos de regadío, pervive todo un mundo de saberes y prácticas sobre el funcionamiento del agua aplicada durante el invierno y cómo esta influye en posiciones topográficas más bajas. Además, impera una lógica basada en la observación de la naturaleza y la preservación de recursos. En las zonas donde el ciclo natural del agua presenta picos de caudal (es decir, la cantidad de agua desciende durante el verano y aumenta durante el invierno), emplear el agua durante el invierno supone retenerla, infiltrarla y conservarla. Esto supone suavizar el impacto de los periodos de sequía.

Los riegos de invierno son un factor clave en este proceso y los campesinos conocen bien cómo el agua que se ha infiltrado en una zona determinada, ya sea cultivada o no, puede reaparecer en otros puntos de salida durante semanas o meses más tarde. Se prolonga de esta forma la durabilidad del recurso a lo largo del tiempo. Sobre esta lógica se construyen los conceptos de siembra de agua y funcionan algunos sistemas que movilizan auténticos ríos de agua, como las acequias de careo. Así pues, los riegos de invierno son un elemento clave para manejar los recursos, mantenerlos a lo largo del tiempo, preservarlos y garantizar la fertilidad. Esta apreciación suele pasar desapercibida dado que los riegos de invierno, normalmente, no tienen una manifestación directa, clara, rápida y tangible, ni efectos inmediatos sobre las parcelas. Se trata, más bien, de una inversión a largo plazo. Por este motivo se trata de una práctica que va cayendo cada día más en desuso, especialmente ante nuevas formas de manejo basadas en la rentabilidad directa. 

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