Los sistemas de regadío histórico y tradicional, en todo el mundo, son sistemas comunales, es decir, son sistemas colectivos (también llamados comunitarios) de gobernanza de un recurso natural: en nuestro caso el agua. Una pregunta que cabría hacerse es: ¿por qué estos sistemas tienen una dimensión tan social?, ¿por qué complicarse la vida con un sistema de toma de decisiones colectivo, donde todo el mundo en la comunidad puede opinar, son habituales los conflictos, hay que buscar acuerdos y, habitualmente, tenemos que someternos a la voluntad de la mayoría, e incluso en contra de nuestro interés personal?
También podemos preguntarnos, ¿por qué en todos los lugares del mundo con presencia humana la solución tradicional para la gestión de la gran mayoría de recursos naturales ha sido la comunal?
La respuesta a estas preguntas se encuentra en el objeto final y último de los sistemas comunales, que tiene mucho que ver con el papel social del recurso y su reparto. Sí, sabemos que los sistemas comunales se dedican a la gobernanza de uno, o varios recursos naturales, pero ¿con qué fin? ¿Cuál es la motivación para dedicar tanto esfuerzo a hacer algo de forma consensuada y colectiva? La respuesta está, precisamente, en la dimensión social del ser humano y la dimensión social del uso, en nuestro caso, del agua.