Como ya hemos visto con Meleagro (supra §2.3), los héroes pueden acometer las pruebas impuestas de forma colectiva y uno de los episodios más importantes es la empresa de Jasón y los Argonautas, en la que participan los héroes de una generación anterior a la Guerra de Troya: Peleo padre de Aquiles, Laertes de Odiseo, Telamón de Áyax, Peante de Filoctetes, etc., añadiendo algunas fuentes a la varonil cazadora Atalanta (cf. supra §1 y §2.3). La leyenda era conocida ya por los autores del ciclo épico, pero los desarrollos más completos son posteriores: Píndaro, los trágicos, los poetas helenísticos y romanos, destacando el poema épico Argonáuticas de Apolonio de Rodas (s. III a.C.), cuyo esquema narrativo seguimos completado con la Biblioteca de Apolodoro y con algunas variantes célebres introducidas por los tragediógrafos.
Jasón era hijo de Esón, rey de Yolco, en la región de Tesalia, pero reinaba su tío Pelias hasta que él alcanzara la mayoría de edad. El niño fue educado, como otros héroes, por el centauro Quirón (fig. 64) y, cuando creció, se presentó en Yolco para reclamar el trono, pero su atuendo era algo extraño, aunque propio de alguien criado con un Centauro: parecía un salvaje vestido con pieles, portando una lanza y descalzo, pues había perdido una sandalia en el camino (fig. 65). Cuando Pelias lo vio, recordó cierto oráculo que le había predicho que sería destronado por uno con el pie descalzo, de modo que impuso a Jasón que, para demostrar su origen regio, le trajera el vellón de oro que se custodiaba en la Cólquide. Todo formaba parte de un plan de Hera para traer a Medea a la Hélade y castigar así a Pelias, pues no la había honrado en los sacrificios. La diosa, pues, cumple desde el principio la función de ayudante del héroe y, de hecho, cuando Jasón se dirigía hacia Yolco, se topó con una anciana que le pidió que le ayudara a cruzar un río y, al hacerlo, Jasón perdió la sandalia. La vieja era la diosa disfrazada e hizo que se iniciara el pronóstico del oráculo.
Para poder cumplir la misión, Jasón hizo construir la nave Argo con madera de los robles de Dodona –bosque consagrado a un oráculo de Zeus–, que le confieren ciertos poderes mágicos (fig. 66-67). Los compañeros de Jasón serán, por tanto, los Argonautas, es decir, “los marineros de la Argo”, un total de 50 o 55 héroes según las fuentes.
El trayecto de ida hacia la Cólquide fue, como cabe esperar, accidentado (fig. 68). La primera escala fue la isla de Lemnos, donde solo vivían mujeres, pues la diosa Afrodita las había castigado con un mal olor que espantaba a los hombres y estos solo se acostaban con las esclavas, de modo que las lemnias los mataron a todos. La reina Hipsípila no solo acogió bien a los Argonautas, sino que además mantuvo relaciones con Jasón, de donde nacerán Euneo y Toante. Continúan el viaje y llegan a Cícico, donde fueron acogidos hospitalariamente por su rey homónimo. Partieron de nuevo de noche y los vientos los devolvieron a la isla; los habitantes del lugar creyeron que eran atacados y se produjo un enfrentamiento en el que murió el rey. Cuando al amanecer se percataron del error cometido, Jasón organizó unos juegos fúnebres en honor de Cícico.
La siguiente escala fue la costa de Misia y enviaron a Hilas a por agua. Una Ninfa se enamoró de él y, cuando se agachó para sacar el agua de la fuente, la Ninfa lo atrapó y lo introdujo en el agua ahogándolo (fig. 69). Heracles, que viajaba con ellos, y Polifemo, partieron en busca de Hilas, pero no lo encontraron. Los Argonautas los abandonaron y continuaron el viaje, llegando al país de los Bébrices, cuyo rey, Ámico, era un gigante incivilizado hijo de Poseidón que retaba a un combate de pugilato a todos los extranjeros que llegaban a su tierra y, como los vencía, colgaba sus cabezas en la entrada del palacio. Se enfrentó a él Pólux, hijo de Zeus y de Leda (Unidad 3.1), venciéndolo con su notable técnica pugilística, por lo que se produjo una batalla entre Bébrices y Argonautas. Una vez que vencieron, continuaron el viaje y una tempestad los arrojó hasta la costa del Helesponto, donde vivía Fineo, ciego y maldito por los dioses por haber revelado sus secretos. Así, Zeus lo castigó a que las Harpías, ogresas con cuerpo híbrido mujer-pájaro, hijas de Taumante y Electra (Unidad 2.1), le arrebataran los alimentos y, lo que no se podían llevar, lo pudrían con sus excrementos (fig. 70-71). Los Argonautas pactaron con Fineo que, si lo liberaban de las Harpías, les revelaría los pormenores de su viaje, de modo que Zetes y Cálais, jóvenes alados hijos del dios del viento Bóreas, persiguieron a las Harpías para matarlas (fig. 72-73), pero la diosa Iris aparece en el último momento y evita su muerte, pues cumplían designios de Zeus. Fineo, liberado de las Harpías, cuenta a los Argonautas los peligros que les esperan y cómo evadirlos, en concreto cómo sobrepasar las “Rocas Simplégades” (unos escollos que se cerraban cuando pasaban entre ellos los barcos) utilizando una paloma que hizo cerrarse el escollo y, mientras se volvía a abrir, cruzó la Argo rápidamente.
Tras una serie de escalas en diferentes costas, arriban finalmente a la Cólquide, donde reinaba Eetes, hijo del dios Helio y hermano de Pasífae (Unidad 4.2) y de la maga Circe ( Unidad 4.3). Eetes poseía el vellón de oro extraído al prodigioso carnero sobre el que Frixo había llegado a la región (cf. supra §3.2) y en principio no se lo negó a Jasón, sino que le propuso unas pruebas para conseguirlo. Jasón debía uncir dos toros lanzadores de fuego y con pezuñas de bronce, regalo de Hefesto, para lo cual el héroe contó con la ayuda de Medea, hija de Eetes, enamorada de Jasón, que ofrece sus conocimientos mágicos a cambio de ser conducida a Grecia como su esposa. Hecha la promesa, Medea proporciona a Jasón un ungüento que lo hace invulnerable al fuego y a las heridas de las pezuñas. Superada esta primera prueba, Eetes le propone sembrar con semejante yugada los dientes de la serpiente de Tebas (cf. supra §3.1) y matar a los Espartos que surgieran (Unidad 2.2). Medea aconsejó a Jasón arrojar una piedra a uno de ellos y que su carácter belicoso hiciera el resto. Ante las victorias del héroe, Eetes se negó a entregar el vellón de oro, de modo que Medea aconsejó a Jasón robarlo por la noche. La prodigiosa piel colgaba de una encina custodiada por una serpiente que Medea durmió con pócimas y ensalmos y, de este modo, Jasón consiguió el vellocino (fig. 74-75-76-77-78).
Cuando los Argonautas se disponen a partir llevando consigo a Medea, son perseguidos por el ejército de Eetes con su hijo Apsirto a la cabeza y de nuevo Medea ofrece su ayuda a Jasón. En el poema épico, la maga revela cómo emboscarlo y matarlo, mientras que la versión trágica es mucho más impactante: Medea había llevado consigo a Aspsirto y, para detener a su padre, lo mató, descuartizó y fue soltando sus miembros poco a poco. Semejante crimen fue castigado por Zeus con una tempestad y, para aplacarlo, Jasón debía ser purificado por Circe, de modo que el barco se dirige a la isla de Eea, y allí se realizan los rituales necesarios. Parten, pues, los Argonautas hacia Yolco (fig. 79-80) y son ayudados por Hera, que a través de su mensajera Iris ordena a Éolo, dios del viento, aplacar los vientos contrarios, y también a la diosa marina Tetis, esposa de Peleo, aunque no viviera con él (Módulo 6), que, junto con las demás Nereidas (Unidad 2.1), acompañara a la Argo para superar los terribles peligros que le esperan: las Sirenas, Escila y Caribdis. Los Argonautas sobrepasaron a las Sirenas (Unidad 1.2) gracias a que el poeta Orfeo (Unidad 3.1) interfirió el funesto canto sirénico con su melodiosa voz (fig. 81) y al resto de obstáculos –Escila, monstruo híbrido con cuerpo de mujer del que surgían cabezas y patas de perro (fig. 82-83), Caribdis, torbellino que engullía todo cuanto se acercaba, y las ya superadas Rocas Simplégades– gracias a la ayuda de las Nereidas, que manejaron sabiamente el barco desde las aguas, muy distinto, pues, de cómo sucederá a Odiseo (Módulo 6). Llegan, al fin, a Feacia, lugar a partir del cual se retorna al mundo real (Módulo 6). En la corte de Alcínoo aguardaba un contingente de colquidenses que reclamaban a Medea y el rey determinó que la devolvería si continuaba virgen, pero si no, seguiría su camino hacia Yolco. Entonces la reina Areté revela a Medea los designios de Alcínoo y consuma su amor con Jasón en una cueva (episodio imitado por Virgilio para los amores de Eneas y Dido, vid. Módulo 6).
De Feacia continúan hacia las Sirtes, donde la Argo encalla y debe ser cargada hasta la laguna Tritónide, donde Tritón (Unidad 2.1) les indica cómo llegar hasta Creta. Cuando llegan a la isla, un gigante de bronce fabricado por Hefesto, de nombre Talo, evitaba que se acercaran los barcos arrojando piedras desde un acantilado. Entonces Medea, con sus encantamientos, hizo que Talo se golpeara a sí mismo en el talón, su punto débil, y así se derramó el ichór, la sangre divina, que le daba vida (fig. 84-85-86). Según otras versiones, Peante le acertó, como a Aquiles (Módulo 6), en el talón o la propia Medea lo convenció de que aflojara una clavija que abría el flujo de ichór, lo que recuerda a la técnica de la cera perdida utilizada en la estatuaria griega.
Llegan, por fin, Jasón, Medea y los Argonautas a Yolco y se entrega el vellón a Pelias (fig. 87), pero este se niega a dejar el trono, exiliándolos a Corinto. Jasón pide a Medea que le ayude a vengarse y la hechicera vuelve a Yolco fingiendo una ruptura con su amante y proponiendo a Pelias una venganza: Medea lo rejuvenecería a fin de enfrentarse a Jasón. Para ello, según Ovidio, las hijas de Pelias debían matar a su padre, descuartizarlo y cocerlo en un caldero con las pócimas mágicas de Medea. Ante el estupor generado por la crueldad del hecho, Medea ensayó antes sus ojos y aplicó el mismo proceso mágico a un carnero que, después de ser cocido en la marmita, saltó convertido en cordero. Las hijas de Pelias cumplen el ritual mágico, pero en el caldero donde cuecen a su padre no hay magia alguna y ellas mismas matan, sin quererlo, a su padre (Metamorfosis 7.297-356).
Mientras estas cosas sucedían en Yolco, Jasón se ha prometido con Glauce, hija del rey de Corinto, de modo que, cuando vuelve Medea, es condenada al exilio, pero consigue quedarse un día más y llega a la ciudad Egeo, que promete llevarla consigo a Atenas si sanaba su esterilidad. Entonces Medea lleva a cabo su célebre e hiperbólica venganza: primero, hace llegar a Glauce unos regalos encantados que, nada más colocárselos, la matan, como también a su padre Creonte cuando intenta socorrerla. Después, degüella a los hijos que había tenido con Jasón y se marcha de Corinto en un carro tirado por serpientes que le envía su abuelo el dios Helio (fig. 88-89-90-91). Jasón queda, por tanto, privado de esposa e hijos, es decir, de cuanto hace a un hombre ciudadano. No obstante, volvió a Yolco y celebró unos juegos fúnebres en honor de Pelias en los que participaron los principales Argonautas, incluida Atalanta, que venció en la lucha a Peleo, padre de Aquiles (Módulo 6).
El viaje de los Argonautas ha inspirado en todas sus fases un sinfín de obras de arte y literarias tanto en la Antigüedad como en la tradición occidental, destacando, por su efectismo, las versiones cinematográficas como las de R. Freda (1960), D. Chaffey (1963), N. Willing (2000), que acercan al público una visión hollywoodense del mito clásico, pero es sin duda el episodio final sobre la venganza de Medea el que más revisiones ha tenido gracias a las recreaciones dramáticas de Eurípides y Séneca, con algunas adaptaciones cinematográficas, como la Medea de P.P. Pasolini (1969), y otras reescrituras todavía más transgresoras o irreverentes, como Medea es un buen chico de L. Riaza (1981), dando nombre también a un terrible “síndrome de Medea”, aplicado a los progenitores que matan a sus propios hijos para hacer daño a los cónyuges.
Cada una de ellas, en la medida en que siente amor filial, es la primera en actuar contra su padre y, para no ser criminal, comete un crimen; sin embargo, ninguna puede contemplar sus propios golpes y apartan los ojos y, vueltas de espalda, producen heridas de ciego con sus crueles diestras.