El ciclo tebano en general y lo relativo a Edipo en particular tienen como tema central el poder y sus límites, sean unos límites irrevocablemente divinos, sean unos meramente humanos, pero el héroe trágico que ostenta –o pretende ostentar– dicho poder desconoce esos límites o no los tiene en cuenta, pues se considera salvador de su patria y pretende por todos los medios eliminar un problema que, en la mayoría de los casos, es él mismo o sus circunstancias; por todo ello el héroe de la saga tebana sufre y/o muere. Los graves conflictos planteados y las tremendas soluciones que ofrece el mito han sido explicados por las diversas corrientes de exégesis mítica (Unidad 1.1), de las que destacaremos las más influyentes.
Uno de los mitólogos decimonónicos más influyentes fue M. Müller, quien en su Mitología comparada estableció que, si Edipo = sol, la lucha con Layo y su sustitución en el poder representan el paso de un día a otro, la unión con Yocasta = aurora es la instalación del nuevo día, la ceguera de Edipo simboliza la desaparición del sol en el horizonte, la marcha con Antígona = luna es el tránsito del día a la noche, etc., es decir, asociando los personajes con fenómenos astrales: no hay héroe masculino que no se relacione con el sol, ni heroína femenina que no simbolice a la luna.
A los excesos interpretativos de los simbolistas, comparatistas y ritualistas se debe añadir la tendencia exegética iniciada por S. Freud y su discípulo renegado C. Jung: la interpretación psicoanalítica de los mitos, según la cual, los mitos, como los sueños, reflejan el inconsciente de la mente infantil (Freud) o el inconsciente colectivo de la Humanidad (Jung - arquetipos). Así, desde un punto de vista freudiano, todo el que se comporte como determinado personaje está afectado individualmente por la psicopatología que aquel representa, mientras que desde el punto de vista jungiano revela las fobias y las filias que inconscientemente afectan a toda la sociedad. No se debe olvidar que el psicoanálisis surgió como terapia, no como una técnica para explicar los grandes problemas de la Humanidad, que es en lo que ha derivado. Todo es susceptible, por tanto, de ser interpretado desde ese psicoanálisis desvirtuado y todos los dioses, héroes y heroínas están traumatizados o acomplejados. Así, en 1900 Freud publicó su ensayo Interpretación de los sueños, donde utilizó de forma parcial e interesada el ciclo mítico para centrarse en la identificación de Edipo como la representación de las pulsiones infantiles que llevan al niño a tener impulsos sexuales hacia la madre y homicidas hacia el padre, todo lo cual queda sometido con el crecimiento y la represión social, convirtiéndose en una psiconeurosis cuando estos deseos se mantienen y, en caso extremo, se llevan a cabo. La interpretación freudiana es sesgada y se centra solo en hechos puntuales del mito para explicar o dar nombre a las psicopatologías de sus pacientes. Además, la idea de la relación entre sueño e incesto ya aparece en el Edipo rey de Sófocles: “muchos mortales ya, al menos en sueños, yacieron con su madre” (981-982); sin embargo, la onirocrítica griega era una manera de interpretar el futuro, no el pasado y, muchísimo menos, una terapia para problemas del presente. Edipo no realiza consciente ni inconscientemente los censurables actos, sino que todo forma parte del entramado social, político e ideológico de la época en la que se desarrolló el mito. Sería un grave anacronismo interpretarlo fuera del contexto en el que se ha producido y aplicarle presupuestos modernos o de otras culturas y, peor todavía, ver en todos los mitos transposiciones de traumas infantiles y/o sexuales.
Otra corriente de análisis de los mitos fue la desarrollada por los formalistas rusos del s. XX y, en concreto, el funcionalismo aplicado al folclore por V. Propp, quien analizó el mito de Edipo aislando los motivos folclóricos y las funciones narrativas del relato (2007: 9-88): la profecía, la exposición del niño, la lucha con el monstruo, el matrimonio con la princesa y, sobre todo, los nombres parlantes de los personajes son para Propp indicios de que el núcleo del mito es un cuento. Detrás de esta interpretación continúa pesando la idea de una psicología colectiva que da sentido a los cuentos populares y el análisis comparatista con el folclore de otros pueblos no necesariamente indoeuropeos o relacionados entre sí.
También el estructuralismo antropológico recurrió a Edipo para ejemplificar su teoría de que los mitos son estructuras narrativas que reflejan problemas y tensiones sociales de una comunidad, y C. Lévi-Strauss en su libro Antropología estructural (original de 1958), analizó parte del ciclo tebano estableciendo la siguiente tabla de secuencias:
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Relaciones de parentesco sobrestimado |
Relaciones de parentesco devaluado | Destrucción de monstruos | Dificultades motoras |
| Cadmo busca a Europa | Los Espartos se matan entre sí | Cadmo mata a la serpiente | |
| Edipo se casa con Yocasta, su madre | Edipo mata a Layo, su padre | Edipo vence a la Esfinge |
Lábdaco "cojo" |
| Antígona entierra a Polinices | Etéocles y Polinices se matan entre sí |
A esta segmentación del mito se podrían añadir otras secuencias omitidas por Lévi-Strauss:
- La “dificultad motora” también estaría presente en Cadmo, convertido en serpiente al final de su vida y, por tanto, más cercano a la autoctonía.
- Otros miembros de la saga mantienen relaciones de parentesco sobrestimado (Dioniso pretende vengar a su madre, Atamante y sus múltiples matrimonios) o relaciones de parentesco devaluadas (Ino y Atamante matan a sus hijos, Ágave a Penteo).
- La actitud de Creonte hacia Etéocles y contra Polinices sería otra forma de relación de parentesco sobrestimada, así como el suicidio de Hemón, prometido de Antígona, lo cual en relación con Creonte sería una relación de parentesco devaluada.
Mediante este mito se explicaría, según Lévi-Strauss, la tensión del ser humano ante las relaciones de parentesco y familiares más allá de la autoctonía y la endogamia. Las dos primeras columnas reflejan esas tensiones entre humanos, las dos últimas su relación con la tierra. Para llegar a este discutido y discutible análisis del mito griego, el autor parte de ciertos presupuestos no siempre justificados:
- La serpiente de Ares y los Espartos son, sin duda, seres ctónicos, estrechamente ligados a la tierra. La Esfinge, en cambio, no tiene ningún tipo de relación con lo telúrico.
- Los nombres propios de los personajes masculinos: Lábdaco el cojo, asociado con la letra lambda, Layo el zurdo y Edipo el de pies hinchados. Todos los nombres están interpretados por falsas etimologías y en caso de Lábdaco la forma de la lambda coja (λ) es de época bizantina, cuando se crea la minúscula.
Esta interpretación, aunque interesante e ingeniosa, cae por su propio peso al emplear todas las fuentes (literarias, arqueológicas, iconográficas) unificándolas a un mismo nivel.
Posteriormente, J.-P. Vernant (2002a, 2002b), heredero de la escuela estructuralista, pero sumamente ecléctico y original en el desarrollo del concepto de “psicología histórica” (los mitos reflejan aspectos concretos y específicos de las sociedades que los contaron, luego su estudio debe ser siempre desde un punto de vista sincrónico, no diacrónico ni universal), relacionó las disfunciones motoras de los personajes con la ambivalencia típica de los seres de la mêtis (inteligencia práctica) y con las deficiencias físicas y morales atribuidas a los tiranos, y precisamente ese es el título que ostenta para Sófocles: Edipo týrannos, no propiamente “rey”.
La mayoría de los estudios antes citados se basa, en el mejor de los casos, en una lectura superficial de la tragedia de Sófocles, obra que se debe situar en su contexto preciso: la Atenas del s. V a.C., en plena democracia, la época más ilustrada de la historia de Grecia y en la que los valores religiosos arcaicos ceden paso al racionalismo y humanismo. El ser humano, pues, es el centro del pensamiento griego del momento y se debate su posición ante los grandes acontecimientos de la vida; sobre unos puede ejercer algún tipo de poder (política), para otros, en cambio, está a merced del destino (Rodríguez Adrados, 1993). Cierto es que Edipo decide ir a Delfos, no volver a Corinto, enfrentarse a la Esfinge e, incluso, buscar obcecadamente al asesino de Layo, pero todas estas decisiones están sometidas a la voluntad de los dioses y al destino.