El linaje de Cadmo no se vio libre de la hamartía (“maldición”) que pesaba sobre él por haber matado a la serpiente de Ares. Así, su hija Autónoe tuvo con Aristeo, hijo de Apolo, a Acteón. Este, como otros héroes, fue criado de niño por el centauro Quirón, que le enseñó el arte de la caza. Cuando un día iba por los montes, se encontró con la diosa Ártemis y su séquito de Ninfas cazadoras. Acteón espió a la diosa mientras se bañaba desnuda y esta, encolerizada, hizo que fuera devorado por sus propios perros (fig. 44-45). No obstante, los poetas aprovechan el lirismo subyacente en la contemplación de una diosa para sus metáforas poéticas, como la planteada por Petrarca (Cancionero 52).
Otra hija de Cadmo, Ino, se casó con Atamante, que llegó a ser rey de Tebas. Atamante ya tenía un hijo y una hija de otra mujer, Frixo y Hele, pero Ino se las ingenió para que fuesen sacrificados por su padre. En el momento preciso del sacrificio, un carnero con vellón de oro enviado por los dioses apareció y se llevó volando a los niños. Durante la travesía Hele resbaló y la muchacha cayó al mar, dando nombre al estrecho del Helesponto o “Mar de Hele”, el actual estrecho de los Dardanelos (fig. 46). Frixo llegará hasta la Cólquide, donde desposará a una hija del rey Eetes y sacrificará el carnero, cuya piel será objeto del viaje de los Argonautas (cf. infra §4).
Ino tuvo de Atamante dos hijos: Learco y Melicertes. Según la versión más extendida, cuando acogieron y criaron a Dioniso, hijo de Zeus y Sémele (Unidad 3.1), la siempre celosa Hera enloqueció a Atamante, que mató a su hijo Learco creyendo que era un animal salvaje (fig. 47), y también a Ino, que se arrojó al mar con Melicertes en los brazos después de haberlo cocido en un caldero de agua hirviendo. Los dioses se apiadaron y ella fue convertida en la diosa marina Leucótea y su hijo en el dios marino Palemón. En honor de ellos fundó Sísifo los Juegos Ístmicos en Corinto.
En cuanto a Ágave, fue casada con Equión, uno de los Espartos supervivientes, y tuvo un hijo llamado Penteo. Cuando Dioniso ya adulto volvió a Tebas para imponer su culto, Penteo, por entonces rey de Tebas, se negó a aceptar al dios y este, encolerizado, hizo que las mujeres tebanas lo mataran, entre las que se encontraban sus tías y su madre Ágave, que lo despedazaron (Unidad 3.1). Cuando llegó al palacio, el viejo Cadmo la hizo volver en sí y darse cuenta de que, en realidad, llevaba en sus manos la cabeza de Penteo, a quien ella misma había decapitado (fig. 48). En la magistral versión de Las bacantes de Eurípides se ha perdido la parte final del texto, pero, gracias a diferentes fuentes y en especial al centón bizantino Christus Patiens, se sabe que Ágave intentó recomponer, ida de dolor, las partes del hijo desmembrado.
No le gustó a su amante más Diana,
cuando toda desnuda por acaso
en las aguas heladas llegó a verla,
que a mí la pastorcilla cruel y ruda
mientras lavaba un velo delicado,
que guardara del aura su cabello,
de tal modo que, estando el cielo en llamas,
me hizo temblar de un amoroso hielo.