El Coro de la Antígona de Sófocles canta así al Amor (781 ss.): “Amor, invencible en la batalla. Amor, que sobre las fieras te precipitas, que en las tiernas mejillas de las doncellas pernoctas, y vas y vienes por las ondas del mar y las agrestes guaridas de las fieras; nadie de ti puede escapar, ni entre los inmortales, ni entre los hombres, criaturas efímeras. Quien te posee, enloquecido queda”.
En el Himno homérico V. A Afrodita (vv. 1 ss.) se adjudica este poder a la diosa, “que despierta en los dioses el dulce deseo y domeña las estirpes de las gente mortales, a las aves que revolotean en el cielo y las criaturas todas”; de hecho, según el Himno, solo se le resistieron “tres corazones”: Hestia, Ártemis y Atenea, las vírgenes Olímpicas. Afrodita ejercía su dominio en el ámbito más directo e inmediato de la sexualidad humana, entendida como fuente de placer, tanto dentro como fuera del matrimonio. Los griegos pedían a la diosa gozar del amor correspondido o de un matrimonio feliz y placentero. Sin embargo, según los relatos míticos, era implacable con quienes descuidaban su culto: por ejemplo, castigó a las mujeres de Lemnos con un olor tan fétido que alejó a sus esposos del lecho; Tíndareo no le ofreció el sacrificio debido y la diosa determinó un destino fatal para sus sus hijas, Clitemnestra y Helena (Unidad 6.1); y causó la muerte de Hipólito, que había consagrado su virginidad a Ártemis, valiéndose de su madrastra Fedra (Unidad 5.2).
En el séquito de Afrodita participan las Horas, las Gracias, la Persuasión (Peithó) y los Amores: Hímeros (el “anhelo”), Anteros (el “amor correspondido”) y, sobre todo, Eros, el Cupido latino, que personifica el “deseo”, antesala de la unión sexual. Aunque se le atribuyen distintas genealogías, según la opinión más común, era hijo de Afrodita y Ares, y, por lo tanto, distinto del Eros mencionado en los mitos cosmogónicos de Hesíodo y los órficos (Unidad 2.1). En el arte griego arcaico y clásico es un adolescente alado, desnudo y armado con arco y flechas (fig. 55); más tarde, se va aniñando (fig. 56), hasta convertirse en el “amorcillo” característico del arte romano, del que proviene los angelitos (“putti”) del Renacimiento. Los poetas antiguos refieren su carácter juguetón y caprichoso, unas veces, dulce y blando, y otras, amargo y cruel; a finales de la Edad Media aparecen el Cupido ciego y el motivo de las flechas: las de oro provocaban amor y las de plomo, odio (fig. 57 -58)
En el siglo IV a.C., en el ámbito de la filosofía, se distinguieron dos Afroditas y dos Eros, basándose en epítetos de la diosa utilizados en el culto (Platón, Banquete, 180d-182): el Eros de Afrodita Pandemo o Vulgar es el amor a los cuerpos, tanto masculinos como femeninos, que busca el placer ordinario; por el contrario, el de la Urania o Celestial, identificado con el homosexual, se interesa por las almas y la inteligencia, e impulsa hacia la Belleza y el Bien. Esta teoría fue retomada desde una perspectiva cristiana por los humanistas neoplatónicos y quedó plasmada en la alegoría de Tiziano conocida como “Amor sacro y amor profano” (fig. 59): la Venus desnuda simboliza el Amor divino, metafísico y casto, mientras que la Venus vestida sería el amor terreno, carnal y voluptuoso.