Océano –el dios primigenio de Homero y en Hesíodo, hijo de Urano y Gea– era considerado por los griegos como la gran corriente que rodeaba el mundo habitado (ecúmene). Según Hesíodo (Teogonía 337 ss.), de la unión con su hermana Tethys, nacieron todos los ríos. En las religiones griega y romana se les consideraba divinidades y como tales recibían culto. La iconografía de Océano y sus hijos es semejante: ancianos con larga barba y cuernos, rodeados de animales acuáticos y vegetación y, en ocasiones, con cola de serpiente (fig. 12). Océano y Thetys engendraron, además, a las tres mil Oceánides; de las cuarenta y una nombradas por Hesíodo cabe destacar a Estigia, la diosa del juramento, a Doris, la madre de las Nereidas, y a tres de las esposas de Zeus: Dione, Metis y Eurínome (Unidad 3.1). El compositor finlandés Jean Sibelius (1865-1957) dedicó a estas ninfas marinas el poema sinfónico Las Oceánides (op. 73, 1913-1914).
También de Océano y Tetis descendían las Ninfas, puesto que en la mitología suelen ser hijas de un río y, en ocasiones, de la Tierra. Dependiendo del lugar donde habitaban recibían el nombre de “Dríades” (diosas de los árboles), “Oréades” (de las montañas), “Alseides” (de los bosques y florestas) y “Náyades” (de los ríos y manantiales). Las Ninfas son las deidades que mejor expresan el carácter naturalista y panteísta de la religiosidad popular griega. Su identificación con la primavera de la naturaleza y de la vida humana explica que se las presente como bellas jovencitas vírgenes (nýmphe significa en griego “novia”), aunque algunas tienen hijos, como consecuencia, en general, de su rapto o violación por parte de los dioses u otras divinidades. Las Ninfas, además de habituales compañeras de la diosa Ártemis, son nodrizas, entre otros, de Zeus y de Dioniso. La invocación del Himno órfico 51 (“A las Ninfas”) recoge sus principales atributos.
A partir del Renacimiento no solo la decoración de fuentes y jardines, sino también los espacios literarios de la poesía se pueblan de Ninfas. Así se imagina Garcilaso de la Vega (1501-1536) a la náyade del río Tajo (Égloga III, 9).
El madrigal Lamento della Ninfa (1638), compuesto por Claudio Monteverdi (1567-1643), es una de las más bellas evocaciones musicales de este tópico literario y artístico.
"Ninfas, hijas del magnánimo Océano que habitáis en los recónditos cursos de agua de la tierra, de secretos pasos, nodrizas de Baco, infernales, jocosas, fructíferas; que os movéis por el prado con sinuosas carreras, puras, que gustáis de las cuevas y oquedades y os movéis por los aires y por las fuentes (…) Campestres doncellas, que frecuentáis las fuentes y los bosques; olorosas vírgenes de albos vestidos, impulsadas por suaves brisas; caprinas, protectoras de los pastos, gratas a las fieras, que lográis espléndidos frutos y disfrutáis con el frío. Tiernas, nutricias y acrecentadoras, doncellas que os relacionáis estrechamente con las encinas, os complacéis en los juegos y os movéis por los cursos de agua (…) Venid, pues, a las santificadas ceremonias con corazón alegre, vertiendo salutíferas aguas en las estaciones de maduración de los frutos."
"Con tanta mansedumbre el cristalino
Tajo en aquella parte caminaba
que pudieran los ojos el camino
determinar apenas que llevaba.
Peinando sus cabellos d’oro fino,
una ninfa del agua do moraba
la cabeza sacó, y el prado ameno
vio de flores y de sombra lleno."