Más bien, la identidad andaluza que Lorca construye desde 1921, con el Poema del cante jondo, se halla lejos de todo folklorismo y pintoresquismo, y a la vez de un simple temperamento telúrico, porque hay que historizar la genialidad del poeta poniéndola en diálogo con el contexto literario de la España de la Edad de Plata (cf. Soria Olmedo). El andalucismo lorquiano responde a una elaboración de cultura meditada (cf. García Montero), a un designio estético que pasaba por ofrecer una alternativa al castellanismo noventayochista («¡Basta ya de Castilla!», escribe en 1922 a Fernández Almagro) mediante la estilización de lo popular andaluz, universalizadora y modernizadora en la línea juanramoniana. La madurez estética de Lorca coincide con la elaboración de esta Andalucía literaria en la que se conjugan los procesos metafóricos de la vanguardia y la síntesis lírica de las canciones de Juan Ramón Jiménez (cf. García Montero). Inventa así una geografía poética andaluza a partir de una trilogía de ciudades (Sevilla, Córdoba, Granada) que constituyen una «progresión de tristezas» (Díaz-Plaja), aunque son las dos últimas el territorio de la Andalucía del llanto, como se la llama en el Poema del cante jondo, o de la pena negra, en el Romancero gitano. Las tres ciudades ya se distinguen en la célebre «Baladilla de los tres ríos» y en «Sevilla» (Poema del cante jondo), incluso en «Arbolé arbolé» (Canciones), y este mapa lírico andaluz (cf. Díaz-Plaja) alcanza una formulación quizás más sistemática en los tres romances dedicados a los arcángeles San Miguel, San Rafael y San Gabriel, del Romancero gitano.
La Andalucía trágica lorquiana, heredera de la tristeza andaluza que recrean modernistas como Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez para oponerse al tópico de la Andalucía de pandereta, forjada por costumbristas y viajeros románticos (cf. Miguel Ángel García), tiene sus protagonistas poéticos. Personajes fuertes que, sin embargo, no son exclusivos de este territorio lírico, porque pueblan todo el mundo del autor, y que se oponen a las normas, como una herencia de la herida romántica entre la realidad y el deseo, la naturaleza y la civilización: el jinete, el gitano, el negro, las heroínas de la libertad como Mariana Pineda. En este preciso sentido se ha podido hablar de cómo la poesía de Lorca supone una lectura modernizadora o vanguardista del romanticismo (cf. García Montero). Pese a que Luis Cernuda lo definió como un libro feliz, sin los escalofríos y los presentimientos trágicos que surcan el Poema del cante jondo, Canciones ya toca este nervio central de la escritura lorquiana desde el momento en que la interacción entre el deseo de plenitud y sus limitaciones o frustración no solo constituye un asunto temático, sino que a la vez fundamenta la estructuración esquemáticamente narrativa de muchos poemas (cf. Roberta Ann Quance).
Tras la Guerra Civil, De los Ríos fue depurado por la dictadura, pero continuó desarrollando su labor docente en la New School for Social Research de Nueva York y formó parte del gobierno en el exilio con el cargo de ministro de Estado del gobierno republicano en el exilio hasta poco antes de su fallecimiento en 1949.
Como se puede comprobar a través de este recorrido, la amistad que mantuvo Federico García Lorca con Fernando de los Ríos fue clave tanto para la trayectoria vital y poética del escritor granadino como para la creación de redes literarias e intelectuales en las que se movió a lo largo de su vida.