«Todo menos quedarme quieto en la ventana mirando el mismo paisaje. La luz del poeta es la contradicción»: lo leemos en el extracto que el diario madrileño El Sol publica en febrero de 1929 de la conferencia «Imaginación, inspiración, evasión», que Lorca había pronunciado por primera vez en Granada, en octubre de 1928. Si esta necesidad de reinvención constante es aplicable a todas las coyunturas estéticas por las que atraviesa la obra lorquiana, se hace especialmente evidente entre los años 1927 y 1929. Años decisivos en los que el poeta y el dramaturgo, el artista poliédrico, buscan la luz de la contradicción como norma segura de avance, la huida de la quietud y de un mismo paisaje en la práctica concreta de la escritura y en las ideas estéticas (cf. Marie Laffranque), bajo la resistencia a la cristalización, en un arco que va desde la voluntad de estilizar lo popular al gongorismo, del cubismo al horizonte surrealista, de la vanguardia constructiva y racionalista a una vanguardia teñida de vitalismo. Hasta el punto de que, sin el valor positivo que Lorca otorga a la categoría de contradicción, no se entiende, en realidad, este breve y vertiginoso trayecto cronológico.
Por las cartas que el poeta escribe a comienzos de 1926 a su amigo Melchor Fernández Almagro y a su hermano Francisco, sabemos que entonces se apodera de él «una alta conciencia de mi obra futura» y que le embarga «un sentimiento casi dramático de mi responsabilidad». De su responsabilidad ante la gran poesía española del momento, en primera instancia la que escriben sus compañeros de la joven literatura. También sabemos por estas cartas que, como poeta casi inédito en libro hasta ahora, ha decidido dar la batalla de las publicaciones (Cf. Mario Hernández) y prepara para la imprenta tres libros que califica de «depuradísimos» y con una «rarísima unidad». Los tres forman, a decir del propio Lorca, un «conjunto poético de primer orden»: Suites, Canciones y Poema del cante jondo. A su hermano Francisco le habla de cómo quiere reservar para otro libro aparte los romances gitanos, una serie homogénea que ya está claramente planteada desde 1924. Tras una estancia en Granada, en octubre de 1926, Emilio Prados se lleva, para editarlos en los suplementos de que,revista malagueña Litoral, los tres libros del conjunto unitario que Lorca pensaba publicar a la vez. Pero de todos estos proyectos editoriales solo verán la luz de forma inmediata Canciones (Málaga, Litoral, 1927) y Primer romancero gitano (Madrid, Revista de Occidente, 1928).
El libro de canciones cortas, confiesa Lorca a su hermano Francisco, le parece el mejor de los tres. A Fernández Almagro le comunica en febrero de 1926 que estas canciones cortas han acabado saliéndole ilesas, pese a la sospecha del amigo granadino de que otros poetas jóvenes se las han copiado ya (los modos neopopularistas lorquianos imprimen sello desde muy pronto e invitan a mimetizarlos, con temeridad de quien lo intenta). En enero de 1927 vuelve a escribirle protestando, como hace en carta a Jorge Guillén, contra la excesiva circulación de «mi tópico de gitanismo», y añade que Canciones responde a un esfuerzo lírico sereno, de gran poesía (en el sentido de nobleza y calidad), y que no es un «libro gitanístico»; un libro «noble por los cuatro costados», insiste poco después a Guillén.