Pero centrémonos en las tres piezas del teatro imposible, aquél donde Lorca reta a las convenciones estéticas, aunque también morales, del teatro burgués consagrado en los escenarios oficiales de la España de comienzos del siglo XX (véase Castro Filho 2009: 23). Entre las contrapropuestas de Lorca a un drama convencional que le parecía extremadamente aburrido, la Comedia sin título plantea, sin lugar a dudas, todas las claves que vertebran las demás comedias irrepresentables. Un motivo metateatral sostiene la obra, que representa (o más bien simula) el ensayo de un espectáculo. El público se hace, por supuesto, partícipe de la acción. A él se dirige, al comienzo, la figura del Autor:
Venís al teatro con el afán único de divertiros y tenéis autores a los que pagáis, y es muy justo, pero hoy el poeta os hace una encerrona porque quiere y aspira a conmover vuestros corazones enseñando las cosas que no queréis ver, gritando las simplísimas verdades que no queréis oír.
(García Lorca 1987: 123)
El prólogo de la Comedia sintetiza todas las aspiraciones estéticas del teatro imposible de Lorca. Deconstruye modelos de identidad al apostar por una «verdad de las máscaras» (cf. Grande Rosales 2005), afirmando la ficcionalidad del espacio teatral como instrumento de liberación y autenticidad. Lo libertario de ese espacio de ensoñación que es de por sí el escenario conlleva además un replanteamiento de lo humano. Páginas después, el Autor enseña a su reparto el argumento de El sueño de una noche de verano de Shakespeare, la obra que se ensaya:
Pues no es alegre. Todo en la obra tiende a demostrar que el amor, sea de la clase que sea, es una casualidad y no depende de nosotros en absoluto. […] Así la reina de las hadas, Titania, se enamora de un campesino con cabeza de asno. Es una verdad terrible…
(García Lorca 1987: 129)