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2. El teatro imposible de García Lorca

Teatro del porvenir, teatro imposible, comedias irrepresentables, teatro bajo la arena: muchos han sido los términos evocados por Federico García Lorca para referirse a sus más osados experimentos dramatúrgicos, entre los cuales El público, Así que pasen cinco años y Comedia sin título forman una especie de columna vertebral. Sabemos que las fronteras entre lo posible y lo imposible en Lorca son extremadamente tenues, puesto que en su escritura tradición y vanguardia se hallan permanentemente confrontadas —de ahí que pudiéramos considerar sus Diálogos, sus fragmentos inconclusos o su ciclo de teatro para títeres como ejercicios dramatúrgicos de acentuado corte vanguardista—. Si bien es verdad que la producción dramatúrgica de Lorca se inserta en una tendencia generacional, la de poetas que escriben para el teatro, también es cierto que el poeta granadino vive el teatro desde dentro, es decir, que lo escribe desde el punto de vista del hombre de las tablas que, a fin de cuentas, fue.

Aunque impulsar el proyecto de la compañía teatral La Barraca fuese la cima de su inclinación hacia la práctica teatral, su piel de teatrero estuvo desnuda a lo largo de toda una trayectoria creadora: al lado de Manuel de Falla y Hermenegildo Lanz, Lorca se halla, desde comienzos de los veinte, ocupado en recuperar la tradición titiritera andaluza, la de los títeres de cachiporra que frecuentan sus recuerdos infantiles. Más adelante, gracias quizás a las lecciones de Cipriano Rivas Cherif, el granadino se entera de todas las tendencias renovadoras del teatro europeo de comienzos del siglo XX (el expresionismo alemán, el teatro político de Piscator, el teatro proletario ruso, etc.). Además, la estancia en América (1929-1930) le permite empaparse de los experimentos de vanguardia de la escena neoyorquina de aquel entonces: allí estaba Martha Graham revolucionando la danza moderna, allí estaba el luminiscente circuito off-Broadway y sus singulares laboratorios de creación. El teatro de Lorca traduce, en cierto modo, dicha experiencia vital; es la poesía que se hace humana, pero es, en cambio, un teatro en el que el cuerpo se hace poesía: «El teatro necesita que los personajes que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se le vean los huesos, la sangre» (García Lorca OC II: 14).

Figura 2: Cartel de Títeres de Cachiporra. Fuente: Archivo Casa Natal FGL