Como hemos visto, el destruir o abandonar los sistemas de regadío históricos y tradicionales es una mala idea desde el punto de vista ambiental. Si, además, como suele ser habitual, lo hacemos para sustituir estos sistemas por sistemas de regadío intensivo; el efecto negativo ambiental aún es mayor.
Afortunadamente, existen cada vez más evidencias científicas que nos enseñan el valor ambiental de los sistemas de regadío histórico y tradicional, por lo que, más allá de estudiarlos, protegerlos y ponerlos en valor, junto a las comunidades e instituciones comunales que los sostienen, podemos recuperarlos y reactivarlos. Diversos estudios concluyen que la reactivación de las tecnologías tradicionales de riego puede reducir la demanda energética, disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero y proporcionar servicios sostenibles, contribuyendo así a los objetivos medioambientales (Heider et al., 2022) y que pueden promover una agricultura multifuncional, aumentando así la biodiversidad (Monzó y Verdú, 2022).