Los sistemas de regadío en zonas de montaña presentan una vulnerabilidad climática media-alta, especialmente frente a fenómenos como la reducción de caudales, la irregularidad de las precipitaciones y el aumento de temperaturas. Esto repercute directamente en la disponibilidad de agua, la productividad agrícola y la seguridad alimentaria de las comunidades rurales. En Andalucía, las acequias de careo de Sierra Nevada, que dependen del deshielo estacional, están viendo alterados sus ciclos hídricos, lo que obliga a reorganizar los turnos de riego y a replantear los cultivos.
Uno de los principales retos es el cambio climático, que afecta de manera significativa la disponibilidad y regularidad del agua. En regiones montañosas, donde muchos de estos sistemas aún sobreviven, se observa una vulnerabilidad media-alta frente a fenómenos como la reducción de lluvias, el aumento de temperaturas, el deshielo de glaciares y la aparición de nuevas plagas. Estas alteraciones afectan directamente la agricultura, modifican la fenología de los cultivos y reducen la seguridad alimentaria de las comunidades rurales.
Estudios en lugares como el valle de Kerio en Kenia, Tajikistán, Pakistán, India y Nuevo México (EE.UU.) han documentado diversas estrategias de adaptación, que combinan el conocimiento ancestral con respuestas innovadoras. Entre ellas se incluyen la reactivación de prácticas tradicionales, la diversificación de esquemas de riego, y la transición hacia cultivos más resilientes o de mayor valor económico.
Como respuesta, muchas comunidades están adoptando estrategias de adaptación como el cambio hacia cultivos de mayor valor añadido, más resistentes a la sequía, o la diversificación de esquemas de riego. En la Alpujarra granadina, por ejemplo, se observa una transición hacia cultivos aromáticos, frutales de secano y prácticas agroecológicas que requieren menos agua pero mantienen la rentabilidad.