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1. Introducción

Margarita García Vila. Instituto de Agricultura Sostenible (CSIC) CC BY-NC-ND

El agua es uno de los recursos estratégicos más determinantes para la producción agrícola y, en particular, para el regadío. A lo largo de la historia, disponer de agua ha marcado la diferencia entre la subsistencia y la prosperidad, especialmente en regiones con climas áridos o mediterráneos. En este contexto, la economía del agua no se limita a calcular costos y beneficios productivos, sino que engloba el conjunto de decisiones, instituciones y valores que regulan el acceso, la distribución y el uso de un recurso escaso y vital.

El regadío ha sido tradicionalmente uno de los principales motores de desarrollo económico y social. Permite incrementar la productividad de la tierra, diversificar cultivos, reducir riesgos frente a sequías y garantizar la seguridad alimentaria. No obstante, estas ventajas tienen un coste: la captación, almacenamiento y transporte del agua requieren infraestructuras complejas y sistemas de gestión capaces de equilibrar la eficiencia productiva con la sostenibilidad a largo plazo. En este sentido, la economía del agua debe contemplar no solo el valor de mercado del recurso, sino también sus funciones sociales, culturales y ambientales.

En el mundo contemporáneo, la presión sobre el agua para riego es cada vez mayor. El crecimiento demográfico, la urbanización, la intensificación agrícola y el cambio climático han aumentado la competencia entre diferentes usos: agrícola, urbano, industrial, energético y ambiental. Esto plantea dilemas sobre cómo asignar el recurso de forma equitativa y eficiente. Así, la economía del agua en el regadío no puede entenderse únicamente desde una perspectiva productivista; requiere integrar también dimensiones como la equidad social, la resiliencia de los ecosistemas y la preservación de paisajes culturales.

La evolución de los modelos de gestión del agua en la agricultura refleja este desafío. Desde los sistemas históricos de regadío, basados en la cooperación comunitaria y en normas consuetudinarias, hasta los enfoques modernos, centrados en la eficiencia técnica y en mecanismos de mercado, la cuestión de fondo sigue siendo la misma: cómo valorar un recurso indispensable y al mismo tiempo frágil. Explorar la economía del agua en el regadío supone, por tanto, comprender no solo su papel como factor de producción, sino también como bien común, como motor de cohesión social y como garante de sostenibilidad en territorios donde el agua determina las posibilidades de vida y desarrollo.

Figura 1. Agricultor del distrito de riego de Al Haouz (Marruecos) regando su olivar con cultivo de alfalfa intercalado. Fuente: Creación propia.  (CC BY-NC-ND)

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