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4. Valor económico de los servicios ambientales

Los regadíos históricos no solo han sido una infraestructura agrícola, sino también proveedores de servicios ecosistémicos de gran valor para las comunidades locales. A través de sus redes hidráulicas, han favorecido la recarga de acuíferos, la regulación hídrica, la biodiversidad y el paisaje cultural. Existen diversos estudios que muestran cómo estos sistemas tradicionales, aparentemente menos eficientes desde el punto de vista hidráulico, son en realidad altamente eficientes en términos ecosistémicos. Las filtraciones e infiltraciones de acequias y canales no eran simples pérdidas, sino aportes fundamentales para la recarga de acuíferos y la alimentación de manantiales y fuentes. Estos beneficios, sin embargo, rara vez se contabilizan en los balances económicos convencionales del agua, lo que lleva a subestimar la importancia real de estos sistemas. 

La valoración y remuneración de estos servicios ecosistémicos resulta especialmente relevante y, en la actualidad, está en el centro de un debate más intenso que nunca. Hay estudios donde se muestra cómo es posible medir este valor mediante experimentos de elección, en los que se estima la disposición a pagar de la población por conservar o restaurar estos sistemas. Se ha estimado una disposición a pagar por parte de la ciudadanía para conservar atributos como la biodiversidad, el valor paisajístico o las posibilidades recreativas de estos regadíos, con cifras que superan los 30-40€ al mes por hogar. Los resultados revelan que la sociedad reconoce un valor significativo en los servicios ecosistémicos de los regadíos tradicionales, tanto en términos de dinero como de tiempo o trabajo voluntario. De hecho, cuando se ofrecen esquemas de pago en especie, como la participación en labores comunitarias de mantenimiento, muchos ciudadanos los perciben como formas legítimas y atractivas de contribuir.

Este reconocimiento abre la puerta a instrumentos como los Pagos por Servicios Ambientales (PSA). En este enfoque, agricultores y comunidades de regantes pueden ser vistos como proveedores de servicios ambientales, recibiendo una compensación por mantener prácticas tradicionales que aseguran beneficios colectivos: aguas más limpias, hábitats para fauna, conservación del paisaje o mitigación de sequías. A su vez, en términos de la Directiva Marco del Agua, esto significa que, al calcular los costes ambientales del uso agrícola del agua, se deben descontar los beneficios ambientales generados por el regadío.

Existen ejemplos en contextos diversos de mecanismos de PSA vinculados al agua y los regadíos. En Perú, se protege y restaura la cuenca como parte del esquema de pago, lo cual contribuye a mejorar la calidad y cantidad de agua disponible. En comunidades rurales, se han establecido tarifas o recargos por el uso del agua potable, de modo que una parte de esos ingresos se destina a financiar la protección de cuencas aguas arriba. Esto permite pagar a quienes realizan acciones de conservación o restauración que benefician el suministro y la calidad del agua. En Santa Rosa, en Bolivia, se compensa a propietarios de tierras en la cuenca alta para que mantengan vegetación nativa, lo cual mejora la regulación hídrica, protege suelos y evita sedimentación y deterioro de los cauces. A menudo, la compensación no es solo monetaria; puede ser en especie, con bienes o servicios (como apoyo técnico, insumos o con mejoras de infraestructura). Por otro lado, la escala importa. Grandes sistemas de regadío se pueden ver beneficiados si los pagos cubren suficientes hectáreas o usuarios para que los costes de administración sean proporcionales. A su vez, los PSA deben tener reglas claras de quién provee el servicio, quién paga, criterios de cumplimiento, monitoreo, etc.

Para los regadíos históricos de la península ibérica, este enfoque resulta especialmente relevante. Instituciones como las comunidades de regantes no solo organizaban el reparto equitativo del recurso, sino que también garantizaban indirectamente la provisión de estos servicios ecosistémicos. Reconocer su valor económico hoy no solo refuerza su legitimidad cultural, sino que también abre nuevas vías de financiación y conservación en un contexto de cambio climático y creciente presión sobre los recursos hídricos.

Figura 4: Acequia no revestida de la Comunidad de Regantes de Cáñar en la Alpujarra (Granada). Fuente: Creación propia (CC BY-NC-ND)

En la figura 4 podemos ver que el agua que se infiltra a lo largo de la acequia aporta la humedad necesaria en el suelo para el desarrollo y mantenimiento de robles y castaños, conformando un ecosistema que no existiría sin estas infraestructuras.

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