H. Saba, "Narciso en la fuente"
Este poema recrea de forma muy condensada la escena clásica de las Metamorfosis de Ovidio, manteniendo la fuente oscura, el reflejo como espejo, el intento de beso y la transformación final en flor, pero lo hace con gran intensidad y rapidez, como si todo ocurriera en un instante trágico. La fuente aparece como un espacio engañoso y frío, y Narciso no se presenta solo como un joven vanidoso, sino como alguien dominado por un deseo profundo y anhelante, que busca una boca que le responda y recibe a cambio “hielo”. Se subraya así la idea del error y de la insistencia ciega en una ilusión, lo que desplaza el mito hacia una reflexión más moderna sobre la imposibilidad de amar cuando el deseo está vuelto hacia uno mismo; la metamorfosis final en flor no aparece como gloria, sino como consecuencia de esa obsesión autodestructiva, convirtiendo a Narciso en símbolo del deseo frustrado y de la identidad atrapada en su propio espejo.
P. P. Pasolini "Danza de Narciso I"
En este segundo poema el mito ya no se recrea desde la escena de la fuente de las Metamorfosis de Ovidio, sino que se interioriza y se vuelve casi simbólico; no aparece el agua ni el espejo, sino un “yo” que se siente “negro de amor”, desdibujado y convertido él mismo en flor, como si la metamorfosis estuviera ocurriendo desde dentro. Cuando el hablante se nombra a sí mismo surge un “espíritu con mi rostro”, es decir, un doble, una proyección que oscurece la hierba, lo que introduce el tema de la identidad fragmentada. El mito aquí parece transformarse en una reflexión más moderna sobre el yo que se contempla y se divide, sobre un amor que no encuentra objeto claro (“deseando sin anhelo”) y que genera extrañamiento. Más que contar la historia clásica, el poema usa a Narciso como símbolo de una conciencia que se mira a sí misma hasta perder sus límites, convirtiendo el mito en metáfora de la soledad interior y de la búsqueda de identidad.
M. Delmar "Narciso"
En este tercer poema el mito vuelve a situarse en la escena clásica de la fuente de las Metamorfosis de Ovidio, pero aquí el énfasis no está tanto en el engaño visual como en la experiencia interior de Narciso, el agua “le mira”, como si el reflejo tuviera vida propia, y sus ojos ya no pudieran escapar de la mirada del espejo, lo que refuerza la idea de pérdida de control y de identidad desdoblada. El poema insiste en que “nunca nadie” quedará como él, ensimismado, perdiendo la “certeza de las horas”, de modo que el mito se convierte en una reflexión sobre la suspensión del tiempo. Narciso queda fijado en un “tiempo sin tiempo”, detenido en la contemplación de su propia imagen. Cuando intenta besar ese reflejo, el amor “desbordado” se disuelve en las ondas, lo que acentúa la imposibilidad del deseo y su carácter fugaz. La flor final, que “lleva su nombre”, funciona como memoria poética de esa caída, de manera que el autor parece utilizar el mito para expresar la fascinación y el peligro de quedarse atrapado en uno mismo, perdiendo el mundo, el tiempo y la realidad en la contemplación de la propia imagen.