La agricultura en Andalucía se remonta al 5.000 a.C. y ha ido evolucionando a lo largo del tiempo gracias a las contribuciones de diversas culturas desarrolladas en el territorio o que entraron en contacto con él, como la colonización de América. La cultura de al-Ándalus asimiló influencias de culturas ibéricas, hispano-romanas, hispano-visigodas, norteafricanas y orientales, alcanzando un conocimiento profundo del mundo vegetal y empleando técnicas avanzadas, como el manejo de sistemas de riego y el ciclado de nutrientes (Hernández-Bermejo & García-Sánchez 1998). Gran parte de esta agricultura se desarrolló bajo un modelo de regadío de herencia andalusí que ha sostenido a las poblaciones locales y ha configurado paisajes de gran diversidad biocultural. Los sistemas de riego, como acequias, albercas y terrazas, permitieron la diversificación agrícola, incluso en terrenos montañosos o de baja humedad natural.
La Península Ibérica ha funcionado como puente entre los continentes europeo, africano y americano, por lo que se considera la zona más rica en agrobiodiversidad de toda Europa (Romero-Molina et al. 2024). En el caso de Andalucía, la diversidad de condiciones ecológicas de la región, junto con los cambios ocurridos a lo largo de distintos periodos históricos y el aislamiento que impone la montaña, han favorecido la deriva genética de los cultivos hacia numerosas variedades locales. Las provincias con mayor presencia de este tipo de cultivos son Granada y Almería, caracterizadas por enormes extensiones de marcado carácter árido en las que los regadíos emergen como verdaderos oasis (Guzmán et al. 2010). En ambos casos, los regadíos históricos se concentran en vegas y en zonas de montaña como Sierra Nevada y la Sierra de los Filabres, y están asociados a una extensa red de acequias que ha permitido la producción agrícola a pesar de los periodos de sequía propios de la región mediterránea. En general, se puede afirmar que los espacios de montaña del sureste ibérico son especialmente ricos en diversidad varietal agrícola, de forma similar a lo que ocurre con la fauna, la vegetación y la flora silvestre. En particular, la Alpujarra es considerada una de las 10 principales regiones a nivel global por la diversidad de plantas cultivadas que alberga (Romero-Molina et al. 2024).
Las vegas irrigadas de las provincias de Granada y Almería también representan un modelo sobresaliente de la transformación de paisajes áridos en ecosistemas fértiles y biodiversos. Las acequias y canales, algunos con siglos de historia, irrigan cultivos, pero también alimentan humedales estacionales que sirven de refugio para una amplia variedad de flora y fauna. En las vegas de Granada, por ejemplo, estas infraestructuras sostienen humedales donde prosperan aves acuáticas como la garza real (Ardea cinerea), la cigüeña blanca (Ciconia ciconia) y el ánade real (Anas platyrhynchos), además de vegetación acuática como espadañas (Typha spp.) y juncos (Juncus spp.). En el caso de Almería, conocida por su aridez extrema, las vegas, como las del río Adra y Andarax, albergan especies ribereñas, como tarays (Tamarix spp.) y álamos (Populus spp.), que ofrecen refugio y alimento a mamíferos pequeños, reptiles y aves, como el martín pescador (Alcedo atthis).
Estas vegas también actúan como corredores ecológicos, conectando hábitats fragmentados y facilitando el movimiento de especies. Las aves migratorias utilizan estas áreas como puntos estratégicos durante sus rutas entre África y Europa (Garzón & Henares, 2012), mientras que pequeños mamíferos y reptiles encuentran en estos sistemas zonas seguras para desplazarse y alimentarse (Requena-Mullor et al., 2014). A pesar de estos beneficios, las vegas enfrentan amenazas significativas debido a la intensificación agrícola y la urbanización, lo que subraya la urgencia de su protección.
Variedades locales hortícolas de la Alpujarra granadina
La agricultura de la Alpujarra granadina es el resultado de un proceso histórico que comenzó con la introducción de plantas de climas monzónicos durante Al-Ándalus adaptadas al Mediterráneo mediante sistemas de regadío (Trillo, 1999). Tras la expulsión de los moriscos, se redujo la arboricultura tradicional y se incorporaron lentamente cultivos americanos como el maíz y la patata (Sayadi & Calatrava, 2001). En los siglos XVIII y XIX, los sistemas agrícolas evolucionaron hacia una mayor especialización productiva, alcanzando su máxima diversidad a mediados del siglo XX, cuando los regadíos albergaban hortícolas, leguminosas, patatas y frutales, muchos de ellos destinados a la exportación (Romero-Molina et al. 2024). Sin embargo, la industrialización y el éxodo rural de los años 60 provocaron el abandono masivo de las actividades agrícolas, afectando especialmente a las tierras de secano y, en menor medida, a los regadíos de altura y a la agricultura de las vegas. En estas últimas, los cereales fueron reemplazados por cultivos hortícolas y por algo de arboricultura, lo que redujo significativamente la diversidad agrícola previa.
Romero-Molina (2024) ha realizado un trabajo de prospección en esta comarca sobre las variedades hortícolas asociadas a los sistemas de regadío activos durante al menos los últimos 30 años. Las variedades encontradas no proceden de viveros ni de casas comerciales y tienen una base cultural reflejada en aspectos agronómicos, culinarios o culturales. Como resultado, estos autores han identificado 36 especies pertenecientes a 9 familias que comprenden 114 variedades locales. Entre estas, destacan las habichuelas (Phaseolus vulgaris) con 27 variedades, los tomates (Solanum lycopersicon) con 10, los pimientos (Capsicum annuum) con 9 y el maíz (Zea mays) con 10.
Los programas locales de banco e intercambio de semillas son actualmente una de las prácticas que más contribuyen a la conservación de las variedades tradicionales.
Estas variedades representan un patrimonio agrícola de incalculable valor y los autores subrayan la importancia de los sistemas de regadío históricos para su preservación. El abandono de la tierra no solo ha degradado los sistemas agrícolas, sino que también ha provocado una pérdida significativa de diversidad cultural. La reducción de personas dedicadas a la agricultura ha llevado a la sustitución de variedades tradicionales por variedades comerciales y a la desarticulación del sistema agroalimentario local, que incluía el intercambio de semillas y el consumo de proximidad. Este proceso ha generado una erosión genética y cultural que actualmente se intenta paliar mediante ferias locales de biodiversidad.
Variedades tradicionales de uva de mesa de Almería
Las infraestructuras hidráulicas, como las norias, acequias y estanques, han permitido la adaptación y la sostenibilidad de los cultivos en entornos áridos, facilitando su evolución y especialización a lo largo de generaciones. Uno de los ejemplos más emblemáticos en este sentido es el de las variedades tradicionales de uva de mesa en Almería, tal y como ha sido recogido por el programa de Biodiversidad domesticada del Grupo Ecologista Mediterráneo (GEM) (Tello et al. 2024). Las más de 15 variedades locales identificadas a través de este programa suelen estar estrechamente vinculadas a sistemas de regadío históricos de la época andalusí, cuyo manejo fue clave para el éxito de variedades como “Ohanes”, “Ragol”, “Molinera” o “Corazón de Gallo”. Estas variedades, que en algunos casos llevan el nombre del pueblo en que se originaron, requieren para su mantenimiento de un equilibrio hídrico constante para garantizar la calidad y resistencia de su fruto. La producción de estas variedades prosperó en sistemas agrícolas de baja tecnificación, en los que la disponibilidad de agua era limitada y gestionada cuidadosamente. En entornos semiáridos, los regadíos tradicionales no solo permitieron la supervivencia de los cultivos, sino también su perfeccionamiento genético y adaptación a las condiciones locales.
La conservación de estas variedades, junto con su contexto histórico y ecológico, es un ejemplo de cómo los sistemas de regadío pueden sostener la agrodiversidad y la cultura agrícola de una región. Estas variedades tradicionales representan reservorios de diversidad genética para la moderna viticultura, ya que son especialmente valiosas por su resistencia frente a plagas, enfermedades y condiciones climáticas adversas. Además, están estrechamente ligadas al conocimiento tradicional y a las prácticas agrícolas sostenibles transmitidas de generación en generación.
Frutales asociados a los regadíos andalusíes
La higuera (Ficus carica L.) es un cultivo tradicional a lo largo de la cuenca mediterránea, Asia occidental y oriental. Se trata de un árbol adaptado a climas secos y áridos con veranos calurosos, que desarrolla un gran sistema radicular para obtener agua del suelo a muchos metros del tronco, y que se beneficia del agua infiltrada en los sistemas de regadío tradicionales. Dado que no ha sido objeto de programas intensivos de fitomejoramiento, muchas poblaciones de higueras, como las de la Alpujarra (Pérez-Jiménez et al., 2012), presentan una rica biodiversidad genética.
Las higueras suelen encontrarse en pie aislados o formando pequeñas parcelas cercanas a las zonas irrigadas, especialmente en los márgenes de acequias o en los bordes de balates. Tradicionalmente han sido integradas en los huertos junto con otros frutales, como almendros, nogales y cerezos, y son apreciadas tanto por su fruto como por su capacidad para adaptarse a terrenos áridos o marginales gracias a los sistemas de riego. Además de su valor productivo, las higueras contribuyen a la biodiversidad local, proporcionando sombra y refugio para pequeños animales y aves. Durante épocas de hambruna, las higueras han sido un recurso clave por su capacidad de producir dos cosechas al año (higos y brevas), lo que las convierte en un cultivo resiliente y valioso para las comunidades locales. Su madera también se ha utilizado tradicionalmente en la elaboración de utensilios, como pesebres, lo que subraya su importancia económica y cultural en los paisajes rurales irrigados.
Pérez-Jiménez (2012) analizara e identifica 11 variedades locales del sur de la Península Ibérica, entre las que se encontraban variedades de la Alpujarra y la Contraviesa como “Blanca de Pasa”, “Carne Colorá”, “Ayuela”, “Calabacilla Blanca”, “Calabacilla Negra”, “de Regalo”, “Brevera Blanca”, “Brevera Negra”, “Brevera Morada”, “de Pascua”, “Roela” y “Cabrahigo”. Entre todas ellas, encontraron que el grupo de variedades más diferenciado estaba representado por estas dos últimas, que presentaron una alta diversidad genética.
Los granados (Punica granatum L.) destacan como parte de la vegetación cultivada en terrazas irrigadas, junto con otros frutales como almendros, higueras y morales. Los granados se mencionan específicamente en parcelas tradicionales de riego, donde su cultivo aprovecha la humedad generada por los regadíos históricos para prosperar en terrenos áridos o semiáridos. Estos árboles han sido integrados en sistemas agrícolas diversificados que incluyen cultivos herbáceos y leñosos, contribuyendo tanto a la biodiversidad agrícola como al sustento de las comunidades locales a lo largo del tiempo.
Las moreras tienen una gran importancia histórica en la sericicultura del Reino de Granada en época andalusí y durante el siglo XVI. Estas especies fueron fundamentales para la producción de seda, ya que proporcionaban alimento a los gusanos de seda. Aunque el cultivo de ambas especies de moreras estuvo generalizado en toda la región, la morera negra (Morus nigra L.) fue preferida inicialmente por su mayor resistencia y adaptación a las condiciones locales. Con el tiempo, se promovió la introducción de la morera blanca (Morus alba L.), ya que las hojas de esta especie mejoraban la calidad de la seda producida. El manejo eficiente del agua contribuyó a la sostenibilidad de la sericicultura y a la creación de un paisaje agrícola diversificado. La presencia de moreras en caminos y márgenes de acequias refleja su integración en los sistemas de producción agrícola de la época.
Muchas otras especies de árboles de la familia de las Rosáceas, con frutos comestibles, como Crataegus monogyna (espino blanco) y Pyrus spp. (peral silvestre), Sorbus aucuparia, S. aria (serbal de los cazadores), Prunus spp. (P. avium, P. mahaleb, P. spinosa) también fueron introducidos en los regadíos andalusíes (Hernández-Bermejo & García-Sánchez 2012), y han constituido un elemento esencial de dichos sistemas a lo largo de los siglos. Este también fue el caso de otras especies comestibles, como los cítricos (Citrus aurantium, C. grandis, C. limon, C. medica), el mirto (Myrtus communis), el madroño (Arbutus unedo), el cerezo (Prunus avium), el manzano (Malus domestica) y el almez (Celtis australis).
Castañares
Otro frutal de gran interés histórico es el castaño (Castanea sativa L.). Los castañares en las montañas mediterráneas, particularmente en Andalucía, tienen una estrecha relación con los sistemas de regadío históricos, que han sido fundamentales para su establecimiento y mantenimiento en entornos con precipitaciones variables y períodos secos prolongados. Este vínculo no solo ha permitido la supervivencia de los castañares en paisajes áridos o semiáridos, sino que también ha fomentado la formación de ecosistemas biodiversos. Los castañares a menudo ocupan áreas montañosas donde las condiciones del suelo y del clima podrían considerarse marginales para otros tipos de cultivo. En regiones como Sierra Nevada, las acequias han desempeñado un papel crucial en su mantenimiento. Estas acequias infiltran agua de forma controlada en el terreno, incrementando la humedad del suelo en áreas estratégicas durante los meses secos. Aunque los castaños presentan cierta tolerancia al estrés hídrico, necesitan niveles constantes de humedad edáfica para un crecimiento óptimo, especialmente en las épocas más críticas del año. En este contexto, los regadíos históricos han garantizado siempre un suministro hídrico que complementa las precipitaciones estacionales.
Aunque están muy extendidos por toda Sierra Nevada, destacan especialmente los castañares de Bayárcal, Jérez del Marquesado, Lanjarón, Lanteira, Órgiva, Mecina-Bombarón, Pampaneira, Pórtugos, y Trevélez. En esta región, las acequias tradicionales han tenido un papel importante en el sostenimiento de castañares, y otras formaciones vegetales mesofíticas, gracias a la regulación hídrica que proporcionan.
Por ejemplo, las acequias Alta y Baja del río Mecina en Mecina-Bombarón, o las acequias del Monte y Nueva en Bayárcal, permiten la infiltración y distribución del agua hacia los castañares mediante sistemas de filtraciones y canales que garantizan una humedad constante del suelo. De forma similar, las acequias, como la de Paterna del Río en la Alpujarra Almeriense, cumplen funciones esenciales para el riego de castañares en zonas áridas, lo que muestra cómo estos sistemas de regadío son vitales para la persistencia de los ecosistemas asociados.
La combinación de castañares y regadíos históricos crea paisajes únicos que sirven de refugios de biodiversidad. Los castañares albergan una rica fauna, que incluye aves, mamíferos y una gran variedad de insectos que prosperan en el entorno húmedo generado por las acequias. Al mismo tiempo, estos paisajes son un testimonio vivo de la interacción entre las comunidades humanas y el medio natural, reflejando siglos de manejo sostenible del agua y la tierra. El abandono de los sistemas de regadío tradicionales y la falta de mantenimiento de las acequias representan una amenaza directa para los castañares. Sin un suministro constante de agua, estos agrosistemas pierden la estabilidad hídrica que requieren, lo que puede conducir a su degradación. Además, el cambio climático y las sequías prolongadas incrementan la presión sobre ellos, lo que subraya la necesidad de implementar medidas de conservación que integren el mantenimiento de los regadíos y la gestión sostenible de los castañares.