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1. Introducción

Javier Cabello Píñar. Universidad de Almería.

Una de las características más sobresalientes de los sistemas de cultivo tradicionales es su elevado grado de biodiversidad. El origen de esta diversidad hay que situarlo en los procesos de domesticación y de gestión de los recursos biológicos y paisajísticos en los que se sustenta. Así, desde una perspectiva agroecológica, estos sistemas pueden considerarse un continuo integrado por huertos y ecosistemas naturales y seminaturales, en los que la producción agrícola se persigue activamente (Altieri 2001). En estos sistemas, los recursos vegetales dependen directamente del manejo humano y, en consecuencia, tanto las especies como la diversidad genética que albergan evolucionan, en parte, bajo la influencia de las prácticas agrícolas locales y de las formas de conocimiento locales. La biodiversidad de estos sistemas no solo se mantiene dentro del área cultivada, sino también en las áreas naturales adyacentes y, según la biodiversidad de estas áreas, los agricultores obtienen una variedad de servicios ecosistémicos que apoyan su bienestar. De esta forma, la producción agrícola tradicional abarca los múltiples usos de los sistemas naturales y artificiales que integran un agrosistema único. 

Los cultivos tradicionales surgieron a lo largo de siglos de evolución cultural y biológica, a partir de las experiencias acumuladas por los agricultores locales en su interacción con el ambiente, sin contar con acceso a insumos externos, capital ni conocimiento científico (Chang 1977, Grigg 1974).

Utilizando la propia inventiva, el conocimiento experimental y los recursos disponibles localmente, los agricultores tradicionales desarrollaron sistemas de cultivo que generaron rendimientos de manera sostenible a lo largo del tiempo (Harwood 1979). En regiones como el Mediterráneo, la interacción histórica entre humanos y ecosistemas ha creado paisajes bioculturales de este tipo, en los que la biodiversidad silvestre y domesticada coexisten en agrosistemas integrados. Los regadíos históricos, junto a otros cultivos como los olivares tradicionales o las dehesas, son ejemplos notables en este sentido, ya que no solo producen alimentos, sino que también sostienen hábitats de gran interés para la conservación de especies silvestres. A su vez, la biodiversidad silvestre que los rodeaba proporcionaba servicios como la polinización, el control biológico de plagas y la regulación de los recursos hídricos, servicios clave para los sistemas agrícolas. Como caso específico de esta Unidad de Aprendizaje, mostraremos cómo los regadíos históricos de Andalucía constituyen un ejemplo excepcional de agrosistemas tradicionales mediterráneos asociados a altos valores de biodiversidad, tanto domesticada como silvestre.

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