Saltar la navegación

2.1. Biodiversidad domesticada

Cuando queremos enfatizar el proceso de domesticación, empleamos el término biodiversidad domesticada. Con él nos referimos al conjunto de especies, variedades y razas de plantas, animales y otros organismos seleccionados y modificados por actividades humanas a lo largo del tiempo para satisfacer necesidades específicas. Este término pone el foco en la selección de características deseables como la productividad, la resistencia a enfermedades, la adaptabilidad a climas específicos o las cualidades culturales y estéticas. Este proceso de selección ha dado lugar a una inmensa diversidad genética y morfológica, visible en cultivos agrícolas, ganado, peces y otros organismos esenciales para la vida humana.

Dentro de la biodiversidad domesticada se incluyen fundamentalmente las variedades locales, las razas tradicionales y los cultivares modernos. Las primeras se refieren a taxones que han sido seleccionados durante generaciones por las comunidades locales, en un proceso evolutivo que ha permitido su adaptación al entorno en el que se cultivan y el desarrollo de características propias. En general, estas variedades y su manejo están estrechamente ligados a conocimientos y técnicas ancestrales, por lo que también se conocen como “variedades tradicionales”. Estas variedades y razas representan un patrimonio biológico y cultural invaluable y poseen una diversidad genética interna que las hace resilientes frente a cambios climáticos y perturbaciones. Además, están estrechamente ligadas a la identidad cultural, las tradiciones culinarias y los sistemas de conocimiento locales. Los cultivares modernos son variedades desarrolladas mediante programas de mejora genética intensivos para maximizar los rendimientos en sistemas agrícolas industriales. Aunque son altamente productivos, presentan desventajas como su dependencia de insumos externos y su diversidad genética limitada, lo que los hace vulnerables a plagas y enfermedades emergentes.

Figura 1: Las variedades locales de hortalizas (p. ej. calabazas, tomates) y frutales (p. ej. caquís) que prosperan en suelos de montaña y resisten la amplitud térmica de nuestras sierras representan un patrimonio genético que nos puede ayudar al mantenimiento de cultivos frente a los retos climáticos actuales. Fuente: Creación propia. (CC BY-NC-ND)

La biodiversidad domesticada y la silvestre están profundamente interrelacionadas y son interdependientes, ya que las especies domesticadas tienen su origen en poblaciones silvestres (parientes salvajes) que han aportado la base genética para la selección de características útiles. Estas poblaciones silvestres continúan siendo esenciales como reservas genéticas para la mejora de cultivos y razas animales, especialmente ante nuevos desafíos como el cambio climático, la aparición de plagas y enfermedades y las fluctuaciones en las condiciones ambientales.

El conocimiento local sobre los suelos, el clima, la vegetación, los animales y los ecosistemas implicados en el origen de la biodiversidad domesticada se traduce, en general, en estrategias productivas múltiples que generan, dentro de ciertos límites ecológicos y técnicos, el alimento para los agricultores y sus familias en la región (Altieri 2001). Este conocimiento, que se preserva y transmite de generación en generación, tiene múltiples dimensiones (lingüística, botánica, zoológica, artesanal y la propia agrícola) y, junto con la percepción, representa los factores de selección de la información más adaptativa y útil para alcanzar la sostenibilidad de la producción. 

La clave para comprender cómo los agricultores de los regadíos históricos mantuvieron, preservaron y gestionaron la biodiversidad asociada a estos agrosistemas está en reconocer su complejidad y aceptar que el conocimiento local es un recurso poderoso por sí mismo y complementario al conocimiento científico. Actualmente, muchos científicos que buscan remediar las deficiencias de la agricultura moderna reconocen que el conocimiento tradicional puede albergar información vital para el futuro de la agricultura mundial. Después de siglos de evolución cultural y biológica, los agricultores tradicionales de nuestros regadíos históricos desarrollaron complejos sistemas agrícolas adaptados localmente que les permitieron manejar, de manera sostenible, una variedad de ambientes y satisfacer sus necesidades de subsistencia a partir de los recursos que la naturaleza ofrece.

Creado con eXeLearning (Ventana nueva)