INTRODUCCIÓN
El tránsito del periodo helenístico al romano (ca. 323-32 a.C.) estuvo marcado por el declive de las ciudades-estado (“polis”) y el surgimiento de vastas unidades políticas centralizadas. Con Alejandro Magno y sus sucesores (“Diádocos”), y, luego, con los emperadores romanos, la soberanía se desplazó desde las instituciones republicanas hacia monarquías absolutas. Este cambio erosionó el sentimiento cívico y fomentó una concepción ecuménica del individuo, quien, al percibirse como “ciudadano del mundo” (“kosmopolítes”), priorizaba su bienestar y seguridad personal sobre los antiguos valores colectivos.
En este contexto, la religión experimentó una profunda metamorfosis. Si bien las ciudades continuaron sosteniendo los cultos patrios, los dioses evolucionaron para satisfacer las nuevas demandas de sus fieles, plasmadas en epítetos como “epiphanés” (“que se manifiesta”), “epékoos” (“que escucha”), “evergetes” (“benefactor”) y, sobre todo, “sotér” (“salvador”). De hecho, este último será el preferido para dirigirse a Zeus, subrayando su transformación de un dios poderoso y distante en una figura más cercana, protectora y benevolente. Asclepio, a su vez, trascendió su función estrictamente médica para consolidarse como una deidad milagrosa para todo tipo de aflicciones.
La expansión territorial del helenismo propició un sincretismo religioso sin precedentes, fusionando tradiciones griegas, orientales y egipcias. Dioniso se consolidó como el dios mistérico y “epifánico” por excelencia, de donde sus frecuentes representaciones presentándose en su carro triunfal, al modo de los generales victoriosos (fig. 1; Unidad 4.1). Por otra parte, la asimilación de Hermes a los egipcios Thot y Anubis produjo la figura de Hermes Trimegisto, donde confluían las especulaciones sobre el Más Allá, las prácticas alquímicas y la magia. En la última esfera también actuaba Hécate, asociada desde antiguo a Ártemis-Diana y la Luna, y ahora también a Isis y otras deidades (Actividad 3 de la Unidad).
Simultáneamente, florecieron la demonología —la creencia en espíritus intermediarios entre hombres y dioses—, el culto a la Fortuna, así como la astrología sirio-babilónica, que vinculaba el destino humano a los astros. Desde el ámbito intelectual, la filosofía acompañó este proceso asimilando a las deidades con principios físicos y nociones abstractas, y propiciando el “enoteísmo”, es decir, la idea de una divinidad única que asumía los atributos de los antiguos dioses. En paralelo, la necesidad de figuras salvadoras, presentes y tangibles, encontró su expresión en la mitificación de los líderes y el culto a los soberanos.
Al converger la sed de redención personal con las elucubraciones teológicas, estas corrientes prepararon el sustrato espiritual para el ascenso del cristianismo, el cual adoptaría la estructura universalista del Imperio para erigirse como la religión de salvación definitiva. No obstante, las divinidades grecorromanas, despojadas de sus connotaciones religiosas, pervivieron en el imaginario de la Cultura Occidental mediante interpretaciones alegóricas que operaron, fundamentalmente, en dos esferas: la físico-astrológica y la ético-política.