A partir de la correspondencia entre el macrocosmos físico y el microcosmos humano, los pies se asociaban a la tierra, el vientre al mar, el pecho y la respiración a los vientos, y las siete aberturas sensoriales de la cabeza, a los siete planetas. El conocimiento astronómico, por su parte, se sirvió de un sistema que categorizaba los signos y a los dioses-astros en géneros opuestos. Así, el “género” de los astros dependía de sus cualidades intrínsecas: la Luna y Venus poseían una naturaleza femenina y húmeda, en contraste con el carácter masculino y seco atribuido al Sol, Saturno, Júpiter, Mercurio y Marte. A partir de esto, se estableció una escala de influencias basada en la temperatura y la humedad: Saturno y Marte eran considerados perjudiciales debido, respectivamente, a su frialdad y sequedad extremas; Júpiter, Venus y la Luna eran favorables por su templanza; y la influencia positiva o negativa del Sol y Mercurio estaba supeditada a su interacción con otros cuerpos celestes.
En este marco conceptual se basó la astrología médica (“iatromatemática”), una disciplina de ascendencia babilónica, que interpretaba el cuerpo humano como un microcosmos, réplica del Universo. Su práctica se vio favorecida por las ideas de Hipócrates sobre la relación de la enfermedad con los 4 humores corporales (la sangre, la bilis, la bilis negra y la linfa). Manilio sistematizó la correspondencia entre cada signo zodiacal y la anatomía humana, en orden descendente desde la cabeza, regida por Aries, hasta Piscis y los pies. Tolomeo, por su parte, asoció a los planetas con los órganos y los sentidos (Tetrabiblos, III, 14.4):
- El Sol rige el lado derecho del cuerpo, el sentido de la vista, el cerebro, el corazón y los tendones; la Luna, al lado izquierdo, al gusto, la boca, el vientre y el útero.
- Saturno gobierna el oído derecho, el bazo, la vejiga y los huesos; Marte, el oído izquierdo, los riñones, las venas y los genitales.
- Venus controla el olfato, el hígado y los músculos; y Mercurio, el habla, el pensamiento, la lengua, la bilis y los glúteos.
Por otra parte, los temperamentos humanos se definieron vinculando los 4 humores con las 4 estaciones y sus respectivos signos zodiacales: el sanguíneo con la primavera (Aries, Tauro, Géminis), el bilioso con el verano (Cáncer, Leo, Virgo), el melancólico con el otoño (Libra, Escorpio, Sagitario) y el flemático con el invierno (Capricornio, Acuario, Piscis).
Tras su rechazo inicial por las prácticas astrológicas, los Padres de la Iglesias terminaron aceptando la influencia física y médica del macrocosmos sobre el microcosmos humano, considerándolos obras del Dios creador. Prueba de la vigencia de esta idea en el Medievo son las ilustraciones del “hombre zodiacal” (homo signorum) testimoniadas desde el siglo XIII tanto en manuscritos médicos como en los “Libros de Horas” litúrgicas (fig. 31). Durante el Renacimiento, los partidarios de esta doctrina supeditaron los principios de la medicina hipocrática a las configuraciones celestes: los signos del zodiaco y los planetas se consideraban potencias cuyas conjunciones u oposiciones alteraban los elementos físicos. La “iatromatemática” operaba como una herramienta diagnóstica, mediante la cual el médico analizaba el mapa astral del paciente para identificar sus órganos vulnerables y recetar remedios. Bajo estas premisas, en el siglo XVI figuras como Paracelso utilizaron las propiedades de minerales, vegetales y animales para tratar patologías, según su “simpatía” o similitud con los astros.