En época romana, la astronomía, la religión y la mitología se entrelazaron de forma indisoluble bajo la profunda influencia de los dioses siderales caldeo-babilonios, cuya potestad se ejercía tanto sobre el orden natural como sobre el destino de los seres humanos. Esta convergencia impulsó la práctica de los horóscopos para definir el carácter y predecir el futuro no solo de los individuos, sino también de pueblos y naciones. A ello se refiere críticamente Cicerón (Sobre la adivinación II, 42. 89 ss.)
Pese al rechazo de los filósofos, la consulta del horóscopo se extendió a todos los estratos sociales. Un caso paradigmático fue Octavio Augusto a quien se le auguró un destino espléndido tras el análisis de su carta astral (Suetonio, Vida de Augusto, 94). Por ello, emitió monedas que asociaban su imagen a Capricornio, su signo, junto con símbolos de poder y prosperidad, como el orbe, el timón de la Fortuna y la cornucopia, vinculada al mito de la cabra Amaltea —la nodriza de Zeus— catasterizada en constelación. Esta costumbre fue mantenida por sus sucesores, como testimonian las acuñaciones zodiacales de Antonino Pío (fig. 32).
Durante la Antigüedad tardía la denominada “astrología judiciaria” —enfocada en la predicción del futuro— enfrentó una fuerte oposición por parte de Padres de la Iglesia como San Agustín, debido a que el fatalismo astral anulaba el principio de la responsabilidad individual y el libre albedrío. Sin embargo, en el Medievo bizantino sus predicciones gozaron de un gran prestigio y los eruditos las emplearon para eventos particulares (la coronación de un emperador, la investidura de un patriarca, o una batalla crucial). Esta tradición también se mantuvo vigente en Occidente hasta la Edad Moderna, resistiendo incluso las prohibiciones dictadas en los siglos XVI y XVII por diversas bulas papales.
De hecho, en el Renacimiento, la figura del astrólogo se volvió habitual en las Cortes, destacando el obispo italiano Luca Gaurico, autor del Tractatus Astrologicus, donde recopiló las cartas natales de papas, reyes y otras personalidades de la época (fig. 33). Gaurico alcanzó gran notoriedad tras predecir con exactitud en 1552 la muerte del rey Enrique II de Francia —suceso que tendría lugar siete años después—, lo que le permitió convertirse en asesor de su viuda, Catalina de Médici. Incluso el papa Pablo III recurrió a sus servicios para determinar el momento astrológico más propicio para colocar la primera piedra de edificios vaticanos.
Paralelamente, se recuperó la iconografía numismática romana y sus símbolos, incluidos los astrológicos: Cosme I de Médici, por ejemplo, acuñó una moneda que mostraba su signo, Capricornio, en el reverso, proyectándose, así, como un “nuevo Augusto” (fig. 34). No obstante, el vestigio más perdurable de la astrología judiciaria reside en los horóscopos monumentales que decoran edificios renacentistas emblemáticos, tales como el Palacio Ducal de Mantua y la Villa Farnesina en Roma.
El techo de las estancias privadas de Gugliemo Gonzaga (1550-1587), tercer duque de Mantua, fue decorado al fresco por Lorenzo da Costa con un cielo zodiacal, probablemente basado en la carta astral del comitente (fig. 35). Entre las constelaciones, representadas con sus estrellas, están las dos Osas, el Arrodillado, aplastando al Dragón, el guerrero Ofiuco, la Corona y la Cabellera de Ariadna (o Berenice), las Pinzas, el León y los Canes Menor y Mayor; figuran, asimismo, la Hidra con la Copa y el Cuervo, el Sagitario y la nave Argo. El centro lo ocupan la Luna —Diana en su carro tirado por perros— y Astrea, una conjunción astrológica que podría simbolizar los ideales de armonía y justicia que definían tanto la personalidad como el gobierno del Duque.
Infografía identificativa: Fig. 35. L. Costa, Bóveda Zodiacal. ca. 1579.
La bóveda de la Sala de Galatea, en la Villa Farnesina, constituye una de las representaciones astrológicas más complejas del Renacimiento. Su programa iconográfico, ideado por el propietario, el banquero humanista Agostino Chigi, y plasmado por Baldassarre Peruzzi, inmortaliza el cielo de Siena hacia las 19 horas del 1 de diciembre de 1466, lugar y fecha de nacimiento de Chigi. Basándose, entre otras fuentes, en Higino y Ovidio, el artista representó las constelaciones y los planetas mediante símbolos alusivos a sus mitos y atributos. La composición se organiza de la manera siguiente (fig. 36):
- Paneles centrales: a la derecha, se halla la Osa Mayor, sobre un carro arrastrado por bueyes y guiado por Elice, nodriza de Júpiter (fig. 37); a la izquierda, Perseo venciendo a Medusa, coronado por la Fama y rodeado por las figuras petrificadas de Cefeo y Casiopea, junto al caballo alado Pegaso, su montura para liberar a Andrómeda (fig. 38; Unidad 5.1).
- En las pechinas perimetrales se despliegan 15 constelaciones, destacando las australes, solo visibles en invierno: Crátera, Corona, Ara, Lira, Saeta, Delfín, Triángulo, Erídano, Auriga, Argo, Orión, Can Mayor e Hidra.
- Entre las constelaciones, se representa la posición de los planetas y sus conjunciones en la carta astral de Chigi: Marte y Mercurio en Libra y Escorpio (fig. 39); Apolo (el Sol), en Sagitario; Venus en Capricornio (fig. 40); Saturno, en Piscis; Júpiter, en Aries y Tauro (fig. 41); y Diana (la Luna), en Virgo.
- En las lunetas, Sebastiano del Piombo pintó diversos episodios de las Metamorfosis de Ovidio.
Así pues, la bóveda no solo registra el instante preciso del nacimiento de Chigi, sino que, además, convierte un espacio arquitectónico, sideral y humanizado, en el testimonio visual de su destino y su prestigio personal.
La misma intencionalidad preside el programa iconográfico de la capilla funeraria que Chigi encargó a Rafael para él y su hermano Sigismondo, en la iglesia romana de Santa María del Popolo. Tras el fallecimiento del artista, la obra fue ejecutada en mosaico por Luigi da Pace en 1520.
El conjunto despliega una cosmografía, influida por el neoplatonismo, que sintetiza la teología cristiana y la herencia clásica (fig. 42). El Dios Padre-Creador preside y corona la semiesfera, rodeado por un coro de ángeles. En el círculo inferior, están el Cielo personificado y los siete dioses-planetas, con sus atributos y asociados a signos zodiacales: Virgo y Géminis a Mercurio, que porta el caduceo; Cáncer, a la Luna, en cuarto creciente y con su arco; Acuario y Capricornio acompañan a Saturno, que sostiene la guadaña; a Júpiter, identificado por el águila y el rayo, Sagitario y Piscis; a Marte, con espada y escudo, Escorpio y Aries; en la representación del Sol aparece Leo y en la de Venus, con Cupido portando una antorcha, Tauro y Libra.
En los tondos de las lunetas que sostienen la estructura, cuatro figuras vinculadas a divinidades personifican las estaciones: las femeninas, a la Primavera y el Verano (Flora o Prosérpina y Ceres, respectivamente); las masculinas, un joven con una copa (Baco) y un anciano que se calienta con un brasero (Saturno), al Otoño y el Invierno.
En conclusión, esta alegoría proyecta la imagen de dos hombres de éxito que, tras dominar las leyes del mundo terrenal y el astral, se encomiendan al Hacedor del Cosmos, asegurando así su memoria eterna en la tierra y el cielo.