La observación astronómica y su sistematización han tenido históricamente motivaciones prácticas vinculadas al control de la Naturaleza para favorecer la vida y las tareas humanas. Tal intencionalidad se manifiesta en el calendario de Los Trabajos y los Días de Hesíodo, que aspira a armonizar los ciclos estacionales con la agricultura y la náutica, señalando, además, los días propicios y nefastos para determinadas labores. Del mismo modo, Arato concibió su descripción astronómica como el marco necesario para los pronósticos meteorológicos y los consejos prácticos que la acompañan. Dichas obras influyeron profundamente en autores latinos como Virgilio, en las Geórgicas, y Ovidio, en los Fastos, quienes integraron en sus calendarios poéticos elementos de astrología con mitos y festividades religiosas.
En cuanto a la organización de los calendarios, el griego comprendía doce meses lunares con variantes locales; en Atenas, por ejemplo, el año se iniciaba a mediados de junio y los nombres de los meses guardaban relación con los ritos que se celebraban en cada uno. Respecto a Roma, el primer calendario se atribuía a Rómulo: constaba de nueve meses lunares, partiendo del consagrado a Marte (Martius). El de Numa (s. VII-VI a.C.), con doce meses lunares de duración desigual, comenzaba en el equinoccio de invierno, con el mes de Jano (Ianuarius); el siguiente, Februarius, estaba dedicado a las purificaciones, mientras que los nombres de los cuatro sucesivos honraban a divinidades: Martius (Marte), Aprilis (por la etrusca Apru asimilada a Afrodita), Maius (Maya, madre de Mercurio) y Iunius (Juno). Los restantes meses se denominaban por su orden en el catálogo: Quintilis, Sextilis, Septembris, Octobris, Novembris y Decembris. Esta estructura se mantuvo hasta la implantación del calendario juliano en el 46 a.C., que introdujo el ciclo de 365 días y el año bisiesto. Luego, los meses quinto y sexto pasaron a denominarse Iulius y Augustus en honor a Julio César y Octavio Augusto.
En Bizancio, el estudio de la astronomía se mantuvo activo mediante la lectura y el comentario de las obras de Tolomeo (el Almagesto y las Tablas prácticas, desconocidas en Occidente), así como de tratados árabes. Este sincretismo se refleja en las ilustraciones de calendarios zodiacales, en algunos de los cuales, el carro del Sol es guiado por Cristo (fig. 17). Por otra parte, la figura de Cristo-Sol también era común en Occidente desde que en el siglo IV su nacimiento se fijó el 25 de diciembre, coincidiendo con el inicio del calendario solar pagano. Durante la Edad Media, los meses se representaron mediante los doce signos del zodiaco o con figuras humanas que aludían al curso de las faenas agrícolas (la siembra, la siega o la vendimia). En las portadas de las iglesias y catedrales románicas, estos programas iconográficos solían adaptarse a la disposición radial de las arquivoltas.
A partir del siglo XIV, los relieves escultóricos cedieron el paso a las iluminaciones de los manuscritos y a una nueva estética que anunciaba ya el Renacimiento: en los Libros de Horas se introdujeron no solo escenas campesinas, sino también vinculadas a actividades ciudadanas, al comercio y al ocio de las Cortes; asimismo, los tratados astronómicos incorporaron a los dioses planetarios en la representación de los meses (fig. 18).
Un ejemplo notable de los calendarios pictóricos renacentistas es la decoración del Salón del Palacio de la Razón (el tribunal de Justicia), de Padua, obra de Niccolò Miretto y Stefano da Ferrara, que sustituyó a la también astrológica de Giotto, destruida por un incendio en 1420. El ciclo se organiza en doce compartimentos, que comienzan en marzo (Aries) y terminan en febrero (Acuario). Cada sección se subdivide en tres franjas con recuadros que ilustran alegorías de los meses y signos del zodiaco, de planetas y constelaciones, actividades estacionales y heráldica. Así, en el mes de diciembre se muestra la conjunción de Capricornio (representado como una cabra), con el planeta Júpiter, protector de soberanos y sabios, que aparece entronizado con el orbe y el cetro, y coronado por siete rayos (fig. 19).
El más célebre calendario de los meses, considerado una obra cumbre de la iconografía astrológica del Renacimiento, se encuentra ubicado en el Salón del Palacio de Schifanoia, en Ferrara. Su creación está relacionada con la importante escuela astrológica que floreció en la Corte de los Este, la cual sintetizó la tradición grecorromana con la árabe — en concreto, a través de la obra del astrónomo persa Albumasar (s. IX)— y redescubrió textos fundamentales como la Astronómica de Manilio (ca. 30 d.C.).
La decoración del salón, encargada por Borso d’Este y realizada, entre otros, por Cosme Tura y Francesco del Cossa entre 1460 y 1479, organiza las alegorías de los doce meses mediante tres franjas decorativas horizontales: en la superior, se representan los dioses regentes de cada mes, en carros triunfales e inmersos en ambientes relacionados con las actividades y caracteres bajo su patronazgo, los llamados “hijos de… (cada signo o planeta)”; en la parte intermedia está la figura zodiacal encuadrada por sus tres decanatos; y en la inferior, escenas contemporáneas alusivas a las virtudes personales y al buen gobierno del Duque.
A pesar de que el ciclo pictórico cubría originalmente el año completo, en la actualidad solo se conservan siete meses, con sus respectivos dioses y signos asociados: marzo (Minerva-Aries), abril (Venus-Tauro), mayo (Apolo-Géminis), junio (Mercurio-Cáncer), julio (Júpiter-Leo), agosto (Ceres-Virgo) y septiembre (Vulcano-Libra). Con el fin de ilustrar este programa iconográfico, se ofrece una descripción sinóptica de los tres primeros meses (para el resto, véase: Página web del Palacio de Schifanoia, Ferrara.
- Marzo: está presidido por el triunfo de Minerva, sobre un carro tirado por unicornios blancos (símbolo cristiano de la pureza). Como deidad de las artes y el intelecto, aparece flanqueada a su izquierda por mujeres dedicadas a las labores del telar y, a su derecha, por sabios en actitud reflexiva. En la franja central, aparecen el signo de Aries y sus decanatos, basados en interpretaciones árabes de las constelaciones de Perseo, Casiopea y el Auriga. La zona inferior retrata a Borso d’Este con sus consejeros (fig. 20).
- Abril: Venus avanza en un carro tirado por cisnes; frente a ella, Marte aparece arrodillado y encadenado, simbolizando la victoria del amor sobre la discordia. Este triunfo se desarrolla en un paisaje idílico poblado por jóvenes entregados al ocio cortesano. En la sección central, el signo de Tauro está rodeado por sus decanatos: las Pléyades (representadas como niños), Sirio y Aldebarán, las estrellas más brillantes de las constelaciones del Can Mayor y Tauro, respectivamente. Abajo, aparecen Borso y su corte en una jornada de caza (fig. 21).
- Mayo: este mes muestra el triunfo de Apolo, quien, portando el disco solar, avanza en una cuadriga de caballos policromos (por las distintas tonalidades del día), conducida por la Aurora. Lo escoltan, en un flanco, el coro de las Musas, junto a la fuente Castalia, y una legión de niños; y en el otro, un grupo de humanistas debaten. En el centro, están Géminis y sus decanos: el Auriga, Cástor y Pólux, y una enigmática figura, quizá de la astrología oriental. La parte inferior del fresco está arruinada (fig. 22).
En la planta principal de un edificio de mediados del siglo XV, perteneciente al complejo del Palacio d'Arco en Mantua, se ubica la Sala del Zodiaco decorada al fresco por el arquitecto y pintor veronés Falconetto hacia 1520. La composición vincula cada signo con sus orígenes mitológicos, pero sin desconectarse de la tradición medieval de los doce meses y las ocupaciones de “sus hijos”. Tal simbiosis se plasma en un programa iconográfico complejo, cuyas fuentes serían los tratados de Arato, Higino y Manilio, así como en las Metamorfosis de Ovidio para los episodios narrados en los zócalos.
Las doce escenas del ciclo se exhiben dentro de arcos fingidos, adornados con medallas de emperadores romanos, mascarones y grutescos. Cada arcada sigue un patrón recurrente: en primer plano y/o al fondo, se escenifica un episodio de la mitología o de la historia romana, mientras que en la zona intermedia se incluye la tarea relacionada con el mes. El fondo lo ocupan edificios romanos y bizantinos, tales como la Arena de Verona (Aries), la Basílica de Majencio (Géminis), el Mausoleo de Santa Constanza (Virgo), o la Iglesia de San Vitale en Rávena (Escorpio). Así, por ejemplo:
- En el sector de Acuario, la personificación del signo, vertiendo agua de un ánfora, se sitúa encima de los restos de una entrada monumental (quizá la Porta Borsari de Verona); a la derecha, Ganímedes vuela hacia el cielo sobre el águila de Júpiter y, en primer plano, transcurre una escena de caza protagonizada por dos personajes de identificación incierta (fig. 23; Unidad 3.1).
- En el mes de junio, bajo la regencia de Cáncer, el Coliseo romano ocupa el fondo, mientras una cuadrilla de segadores realiza su tarea en la zona intermedia. En primer plano, Hércules lucha contra la Hidra bajo la mirada de su enemiga, Juno, quien ha enviado a un cangrejo para obstaculizar al héroe; muerto el animal, la diosa lo premia con el catasterismo. En el extremo inferior izquierdo, se asoma un hombre con túnica negra, probablemente el mecenas de la obra (fig. 24; Unidad 5.2).
- Por último, el mes de julio, bajo el signo de Leo, utiliza un Arco triunfal (quizá el de Tito) como marco para la figura de Hércules cargando al león; en la zona central, a la izquierda, los campesinos recogen las mieses y, a la derecha, se reúnen animales exóticos que guardan relación con la figura central: una Ártemis-Diana Efesia, de piel morena significando el calor del mes, escoltada por dos ciervos (fig. 25; Unidad 3.2).
En definitiva, el programa decorativo de la Sala aúna el saber astronómico con el ciclo productivo, utilizando el legado arqueológico, iconográfico y mitológico grecorromano para convertir la estancia en un compendio visual de alegoría humanista y realidad cotidiana.