El sol, fuente de luz y de calor, además de ser el centro del Sistema Solar y una de las estrellas más brillantes de la Vía Láctea, se caracteriza porque aporta gran parte de la energía utilizada por los seres vivos. De forma natural, el sol puede generar numerosos beneficios, como por ejemplo la fotosíntesis en el caso de las plantas o su contribución a la generación de vitamina D en las personas.
El sol se aprovecha hoy en día por el ser humano para obtener energía solar a partir de la radiación electromagnética que llega a la superficie de la Tierra, de forma que mediante diferentes tipos de paneles o colectores se consigue transformar la energía lumínica en energía eléctrica. De esta forma, se aprovecha una fuente inagotable de energía, generando una energía limpia y de las menos contaminantes, aunque no exenta de algunos problemas como pueden ser el impacto visual, la afección al terreno o a algunos hábitats, o la generación de desechos tras la vida útil de algunos de sus componentes, no siempre reciclables o, al menos, en parte.
Hay diferentes tipos de energía solar, siendo la más desarrollada la energía solar fotovoltaica (que se basa en el efecto fotoeléctrico o propiedad de algunos materiales para emitir electrones a partir de una radiación electromagnética de una determinada energía). De acuerdo con [9] las placas solares fotovoltaicas están compuestas principalmente de aluminio (85% de cada panel), cobre (11% de cada panel), además de otros elementos escasos, que también juegan un papel crítico en cada una de las diferentes tecnologías como el indio, el cadmio o la plata. Adicionalmente, los paneles fotovoltaicos están compuestos de otros elementos en pequeñas cantidades como plomo, molibdeno, silicio o zinc. En la Figura 4 se recogen algunas de estas sustancias.

Figura 4. Diversos recursos que se pueden requerir para diferentes tipos de energía solar.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de [5, 7 y 8].