Vivimos en un planeta con una población que supera los 8.000 millones de habitantes y que en numerosas regiones está altamente industrializado. Esta actividad industrial genera un beneficio económico para la Sociedad y le proporciona un conjunto de bienes y de servicios que son imprescindibles para el desarrollo de su vida diaria. Como contrapartida, se emiten un conjunto de gases a la atmósfera que dificultan el funcionamiento “natural” del planeta y que favorecen el calentamiento global, con las consecuencias negativas que ello implica.
Esta circunstancia se ve incrementada por varios factores (tipo de población, mayores hábitos de consumo, poca tasa de reciclaje, obsolescencia programada, cada vez somos más habitantes en el planeta …). Además, la velocidad de crecimiento de la población progresa de forma muy rápida. Según diversas fuentes [1] se necesitaron 200 años (1800 a 2000) para pasar de 1.000 a 6.000 millones de habitantes, pero sólo se ha necesitado aproximadamente una década para pasar de 6.000 a 7.000 (en 2011) o de 7.000 a 8.000 (en 2020) millones de habitantes. Y las proyecciones auguran que este crecimiento va a seguir produciéndose, de forma que la población podría llegar casi a los 11.000 millones de habitantes en 2100.
Como ya se ha comentado en el módulo 1, el aumento en las emisiones de CO2 y demás gases de efecto invernadero induce un calentamiento del planeta. De acuerdo con lo recogido en [2] “Es sumamente probable que la influencia humana haya sido la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX" .
Con este panorama, el Acuerdo de París propone literalmente en su artículo dos “Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático” [3].
A raíz de este Acuerdo, en 2015 se pretendía alcanzar la neutralidad climática, es decir, que las emisiones a la atmósfera de CO2 y demás gases de efecto invernadero que aceleran el calentamiento del planeta no superaran a la cantidad que se pudiera “secuestrar” mediante la “captura” en sumideros naturales del planeta, como pueden ser océanos y bosques.
Para ello, entre otros aspectos, se requiere una estrategia -…¡no sin detractores!- basada en una disminución progresiva del uso de combustibles fósiles (petróleo y sus derivados, carbón, gas natural) y un aumento en el uso de tecnología basadas en la electromovilidad o en las energías renovables, como por ejemplo la energía eólica o la energía solar fotovoltaica, energías con menos emisiones -12 y 46 g CO2 eq/KWh- que las asociadas a combustibles fósiles como gas natural, petróleo o carbón -469, 840 y 1001 g CO2 eq/KWh, respectivamente- [4]. Se puede visualizar de forma más detallada en la Figura 1.
Figura 1. Emisiones de gases de efecto invernadero de diferentes tecnologías de generación de electricidad -en g CO2eq/kWh
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de [5].
De acuerdo con lo estipulado en esta referencia [5], se espera que en 2050 la electricidad se posicione como la principal fuente de energía a nivel global (que pasaría de 18% a 26%) mientras que el petróleo y el carbón descenderían de 40% a 25% y de 13% a 9% respectivamente (el gas natural se mantendría casi constante). Se puede visualizar de forma más detallada en la Figura 2.

Figura 2. Comparativa de distribución de fuentes de energía en 2012 y 2050.
Fuente: Elaboración propia partir de datos de [5].