Saltar la navegación

2.1.2. El paradigma de la eficiencia del agua

En este contexto es en el que tenemos que entender el concepto actualmente predominante de eficiencia en el uso del agua. El sector agrícola es el mayor consumidor de agua a nivel global. El uso para el regadío requiere de grandes volúmenes que, como hemos visto, se han usado desde hace incluso milenios para garantizar o para intensificar la producción. Sin embargo, el desarrollo y los cambios introducidos en la agricultura y la expansión del regadío de manera exponencial en cada vez más territorios para aumentar los rendimientos dentro de una economía capitalista globalizada, han hecho que las demandas y consumos se disparen y sigan en proceso de crecimiento, arrastrados además por las propias consecuencias del cambio climático.

Se ha ido imponiendo así un paradigma de eficiencia en el uso del agua de base exclusivamente tecnológica y productiva. En el ámbito de la agricultura, se considera que la función del agua captada para el regadío debe ir solo y exclusivamente a la planta para producir, y cualquier otro uso o función fuera de ese se considera una pérdida, un desperdicio. Los sistemas tecnificados de riego a presión serían, por tanto, la máxima expresión de esa eficiencia, particularmente los de riego por goteo. No se trata solo de que no haya esas pérdidas en el transporte, sino también en la propia acción de regar, donde el aporte localizado y controlado permite un ahorro de agua y un monitoreo del crecimiento de la planta, al que además se ha sumado recientemente la posibilidad de suministrar a través del propio goteo los insumos químicos empleados en la agricultura industrial.

Desde la perspectiva expuesta anteriormente, se puede decir que el concepto actual de eficiencia en el uso del agua es tremendamente reduccionista, propio del desarrollismo del siglo XX y, como decimos, ligado directamente a la idea de crecimiento económico. La posibilidad de que pueda haber un crecimiento infinito en un mundo que es finito resulta inviable desde el punto de vista ambiental y también económico. En el caso de la agricultura, son insostenibles el uso de recursos (agua, suelos, materias primas en general…) y la generación de residuos que resultan cada vez más contaminantes por el desarrollo de la química en el consumo de derivados del petróleo (energía, plásticos…) e insumos para fertilizantes, pesticidas, herbicidas, etc. Los avances científico-tecnológicos van permitiendo en buena medida usos más eficientes o nuevos productos y soluciones a nivel energético, fisiológico, etc., que prometen, por una parte, solucionar los problemas derivados de los fuertes impactos negativos, mientras se mantiene la rueda de la producción, aumentando incluso rendimientos y productividades. Es decir, profundizando aún más en los procesos de intensificación e industrialización agraria mediante la tecnificación, digitalización o los productos de síntesis de nueva generación. La premisa: no dejar de crecer, no dejar de aumentar los beneficios en un mercado globalizado que se va perfilando cada vez más como un oligopolio en la producción, distribución y comercialización de alimentos y materias primas.

Imagen 4: Gestión de residuos peligrosos. Fuente: aevae.net

Los impactos, como decimos, son muchos y muy negativos. No entraremos en detalle porque se hablará de esta temática más adelante, pero la implementación de estas tecnologías no ha supuesto un ahorro real de agua, sino que ha generado un efecto rebote, conocido como la “Paradoja de Jevons”, que ha incrementado los consumos a nivel global como resultado de la intensificación de las producciones.

El paradigma predominante de eficiencia hay que entenderlo en este contexto económico y está pensado para no salirse de esos marcos ideológicos. Se trata, además, no solo de un concepto productivista y extractivista, sino también reduccionista y, por tanto, se podría decir que acientífico. Si la ciencia ha de tener en cuenta la complejidad, las interacciones y consecuencias, no solo desde un punto de vista ético (que también), sino desde el punto de vista ambiental, social o cultural, entender la eficiencia en el uso del agua solo desde una perspectiva y no desde la globalidad resulta, cuando menos, cuestionable. Mucho más en un contexto de crisis ambiental profunda y enormemente preocupante, teniendo en cuenta no solo el cambio climático, sino también el resto de procesos y crisis a nivel planetario, como el del ciclo del nitrógeno o el fósforo o la extinción biológica o la contaminación marina.