Hoy en día existe un amplio consenso en afirmar que los tratamientos adulticidas deben quedar restringidos a situaciones de emergencia sanitaria, ya sea por intensas molestias entre la ciudadanía o por la ocurrencia de brotes de enfermedades asociadas a la actividad de mosquitos. Los esfuerzos deben ir fundamentalmente dirigidos a estrategias larvicidas que reduzcan sensiblemente la emergencia de mosquitos adultos, quedando los procedimientos adulticidas relegados a cuando los enfoques larvicidas no han sido suficientemente efectivos y/o aparecen los escenarios sanitarios previamente comentados.
Actualmente los biocidas que empleamos para el control de formas adultas de mosquitos en Europa son esencialmente piretroides. Los piretroides son sustancias químicas sintetizadas a similitud estructural con las piretrinas naturales, si bien se trata de moléculas que incrementan su toxicidad sobre los insectos y pueden también aumentar su residualidad en el ambiente. Dado que en el caso de los mosquitos adultos los ejemplares están libremente dispersados por el ambiente aéreo, y no restringidos a un hábitat hídrico concreto y delimitable como en las larvas, debemos ser capaces de generar, a través de las intervenciones adulticidas, una suspensión de gotículas insecticidas en el espacio aéreo a tratar que permita el contacto de dicho insecticida con el cuerpo del mosquito. Para ello, es crucial entender el comportamiento y actividad de cada especie de mosquito que queramos combatir en el territorio. Todos los días, los mosquitos adultos pasan por dos fases de actividad, pudiendo estar activos (en vuelo para alimentarse, buscar criaderos o refugios, fomentar el apareamiento, etc.) o inactivos (refugiados, digiriendo los alimentos tomados, completando la maduración ovárica, etc.) en diferentes intervalos horarios. Existen especies de actividad diurna, por tanto, con vuelo activo y actividad de picadura en horas de incidencia solar directa (por ejemplo, Ae. albopictus), y especies nocturnas-crepusculares que pican durante la noche (por ejemplo, Culex pipiens, el mosquito común). Además de diferenciar entre especies diurnas y nocturnas, también podemos distinguir entre especies exófilas o endófilas, según sus lugares de refugio se encuentren en zonas abiertas (habitualmente entre la vegetación para poder preservar las condiciones de humedad óptimas) o cerradas (como interior de viviendas, cuevas, madrigueras, túneles, etc.). El mosquito tigre es una especie fundamentalmente exófila y el mosquito común puede comportarse como exófila o endófila según varios parámetros. Estas descripciones comportamentales diurno/nocturno y endófilo/exófilo, son muy importantes desde el punto de vista del control. Debemos tratar de focalizar los tratamientos adulticidas en los momentos y lugares de mayor actividad de la especie diana de control (Bonds, 2012; Chadee, 1988). Así, por ejemplo, en áreas abiertas con abundante vegetación los tratamientos adulticidas frente a mosquito tigre serán especialmente efectivos si los realizamos justo antes del crepúsculo (cuando el mosquito tigre presenta su mayor pico de actividad), mientras que en el caso de Cx. pipiens debemos realizar tratamientos nocturnos para tener más posibilidades de que las microgotas insecticidas aplicadas contacten con los adultos que en ese momento se encuentran volando.
En general, podemos distinguir entre tratamientos insecticidas residuales o volumétricos/espaciales. Los tratamientos espaciales son aquellos en los que se pretende ocupar un espacio aéreo amplio con el producto insecticida en microsuspensión para que las microgotas del dicho producto contacten con el cuerpo de los mosquitos. En el caso de tratamientos residuales, nos referimos a la aplicación localizada sobre sustratos de refugio o reposo de adultos (vegetación, grietas sobre superficies verticales, etc.). Especialmente en el caso de los tratamientos espaciales la calibración adecuada del tamaño de gota es esencial. En general, estos tratamientos deben llevarse a cabo a Ultra Bajo Volumen (ULV), lo que habitualmente supone aplicar menos de 1 litro de producto por hectárea. Para atomizar el producto adecuadamente en el ambiente, el tamaño de gota a aplicar de cara al control eficiente de mosquitos con estas aplicaciones a ULV debe oscilar entre los 5-20 micras. De este modo alcanzaremos un tamaño de gotas óptimo para facilitar la aerosuspensión del producto suficiente tiempo para contactar con los mosquitos. Si el tamaño de gota es superior, las gotas precipitan al suelo más rápido, y si son más pequeñas la propia turbulencia que generan los mosquitos al volar alejan las microgotas del cuerpo de los mosquitos. Estas aplicaciones a ULV son las indicadas también si queremos reducir riesgos desde el punto de vista del impacto de las intervenciones en insectos no diana. Ciertos estudios demuestran un muy bajo impacto de las aplicaciones a ULV sobre insectos de tamaño corporal superior a los mosquitos (Boyce et al., 2007).

Figura 3. Diferentes técnicas de tratamientos adulticidas: empleo de mochila motorizada, atomizador sobre vehículo, técnica de ULV, termonebulización.