El subtítulo de «farsa violenta» que lleva La zapatera prodigiosa hace pensar en el «idilio salvaje» de la Tragicomedia de don Cristóbal. Lorca la define en 1933 como «una farsa simple, de puro tono clásico», donde se describe un espíritu de mujer y se hace al mismo tiempo un apólogo del alma humana. La zapatera –puntualiza– es un tipo y un arquetipo a la vez, una criatura primaria y un mito de nuestra pura ilusión insatisfecha; representa la lucha de la realidad con la fantasía, con lo que es irrealizable, y los demás personajes sirven a la protagonista en su juego escénico: «No hay más personaje que ella y la masa del pueblo que la circunda con un cinturón de espinas y carcajadas». La situación del marido viejo y la esposa joven se alza aquí a un plano semántico superior: el de la insatisfacción radical y la frustración (cf. García-Posada). La fuerza de la ilusión lucha con la pobreza de la realidad, por lo que la zapatera («prodigiosa», es decir, fantasiosa) ha sido vista como la gran criatura quijotesca del teatro lorquiano (cf. García-Posada).
La obra es, por lo demás, un buen ejemplo del teatro total que busca Lorca. Lo más característico de esta simple farsa, tal y como afirma el poeta en la entrevista que estamos citando, es el ritmo escénico, ligado y vivo, y la intervención de la música, que le sirve para «desrealizar la escena» y quitar al espectador la idea de que aquello está pasando de veras, así como para «elevar el plano poético con el mismo sentido con que lo hacían nuestros clásicos». En otra entrevista, también de 1933, indica que la obra es casi un ballet, una pantomima y una comedia al mismo tiempo. Es una farsa muy española y de lenguaje muy puro, en absoluto pintoresca: la acción transcurre en un pueblecito andaluz, en cualquiera, explica Lorca, porque:
el andalucismo de mis obras es abstracto, con ser muy característico".
Todavía en una tercera entrevista del mismo año, aclara que el color de la obra es accesorio y no fundamental como en otra clase de teatro:
Yo mismo pude poner este mito espiritual entre esquimales. La palabra y el ritmo pueden ser andaluces, pero no la sustancia".
Al igual que en su poesía, Lorca eleva lo andaluz a lo universal, lejos de todo localismo pintoresco: «Todos los espectadores llevan una zapatera volando por el pecho».