Saltar la navegación

1. Introducción

Infografía creada con IA para fines educativos. (CC BY-NC-ND)

Los ensayos teatrales están presentes en la literatura de García Lorca desde los primeros momentos, algo lógico en un mundo personal de raíz dramática. Gregorio Martínez Sierra le dio la posibilidad de estrenar su primera obra, El maleficio de la mariposa, en marzo de 1920. El acontecimiento supuso un fracaso notable, pero no dañó el prestigio personal del poeta. Conviene analizar esta contradicción.

Y, para empezar, merece la pena reproducir el párrafo de Federico y su mundo (1980) en el que Francisco García Lorca recuerda cómo la familia recibió en Granada la noticia del fracaso del estreno:

Mi padre había encargado a un financiero, gran amigo suyo, por entonces en Madrid, que comunicara telegráficamente el éxito o el fracaso del primer estreno de Federico. Mis padres, mis hermanas y yo estábamos congregados en el comedor de la casa, y ahora, al evocarlo, recuerdo la tonalidad modernista de aquella hermosa habitación, con sus listones ondulantes de madera oscura sobre el rico papel cubierto de grandes flores y brillantes hojas doradas, su labrada chimenea de mármol blanco, su puerta (yo no recuerdo haber visto otra más ricamente tallada), con pájaros y monos, tan de bulto, que estaban casi exentos. Al cabo, sería más de la una, se recibió el telegrama. Don Manuel Conde, que éste era el nombre del amigo, lo había redactado piadosamente, pero expresaba mayor verdad de lo que el amigo creía en el fondo. Decía así:

La obra no gustó. Todos coinciden Federico es un gran poeta (266)

El amigo financiero coincidía con Manuel Machado (1920), autor en El liberal de una de las reseñas menos negativas del estreno. Después de exponer el malestar del público y las carencias dramáticas de la obra, excesivamente lírica para la poca fuerza teatral de sus personajes, precisa lo siguiente: «Escribir bellos versos es el arte supremo. Y el Sr. García Lorca se acerca mucho a ese ideal».

Los entendidos en literatura no pusieron en duda la calidad lírica de García Lorca, y eso ya era algo importante para el joven recién llegado a Madrid. Pero hay algo más, una razón que justifica el hecho de que el autor no se sintiese hundido por el pateo, los chistes, las malas críticas en los periódicos y la retirada de la obra después de la segunda representación. Según recuerdan su hermano y sus amigos, se tomó el fracaso con tranquilidad e, incluso, compartió bromas y risas. Mora Guarnido (1958) evoca así el momento posterior al estreno:

Caído el telón, se cumplió religiosamente la segunda parte del compromiso, que consistía en reunirse a celebrar lo que pasara en la Granja El Henar. Allí nos congregamos los rinconcillistas y un grupo de unas cincuenta personas, y el chocolate, esa liturgia medianochesca de Madrid, aromatizó y endulzó las amarguras –si alguno las sintió- de un fracaso previsible… Nos dedicamos a comentar y celebrar los distintos episodios del estreno y Federico, al irse enterando de cada uno, se unía al regocijo y la risa general. Una voz, que pareció entonces discorde y antipática, aunque ahora a la distancia juzgo profética aunque impertinente, proclamó:

No ha fracasado Federico, sino el Maleficio de don Gregorio (130).