El estreno de La zapatera prodigiosa en 1930 marca un punto de inflexión crítico en la trayectoria dramática de Federico García Lorca. Este periodo representa un espacio donde el autor rompe con la estética de sus primeras obras y se adentra en la dualidad de su teatro posterior: el camino de lo «posible» y de lo «imposible». Esto mismo ocurre con la posterior Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Son dos obras que han estado en constante evolución, caracterizadas por una sucesión de manuscritos, variantes y reescrituras. En estas dos obras veremos los conceptos clave de “lucha” y “violencia”, eje fundamental de ese periodo teatral que atraviesa García Lorca. En estas obras el autor confrontará ideología y estética (conflictos, poesía, tradición, vanguardia, folklore, fantasía, farsa, burla, lirismo, erotismo, muerte…).
Se evidencian en esta producción teatral lorquiana el conflicto entre la enorme influencia de la tradición y herencia literaria clásica y la asimilación de la vanguardia, desde la más experimental a la más radical. Personajes como el de la zapatera encarnan, en palabras del propio Lorca, la lucha entre la realidad opresora y la fantasía inalcanzable. Lorca utiliza los códigos comunes de la escena teatral que se venía haciendo no para perpetuarlos, sino para denunciarlos y corregirlos.
Un análisis formal de ambas obras revela una profunda búsqueda de la "obra total", donde la literatura se integra con la música, la danza y la herencia folklórica estilizada. Esta mezcla se manifiesta a través de la coexistencia de elementos contrapuestos, pues el humor y el andalucismo en los textos sirven como telón de fondo para el choque dramático entre el deseo y la realidad. En Amor de don Perlimplín, la aparente farsa de muñecos inicial acaba convirtiéndose en una tragedia humana, mezclando lo lírico y bello con lo grotesco y lo burlesco con lo trágico. Así, como vemos, García Lorca no abandona la experimentación y la complejidad en sus obras teatrales, desarrollando el “teatro imposible”. Desafiando la censura institucional de su época, el autor logra consolidar una nueva vía espiritualista y transgresora, donde el drama se define esencialmente como un espacio de lucha estética y existencial.
El inicio de 1931 consolida la naturaleza dual y variada de la producción de Federico García Lorca, manifestada en la coexistencia de sus vertientes más rupturistas y sus recuperaciones folklóricas y de la tradición. Por un lado, se produce la publicación de algunos poemas de Poeta en Nueva York en la Revista de Occidente, que sitúa al autor en la vanguardia. Por otro lado, está la grabación de Canciones populares antiguas junto a «La Argentinita», testimonio fundamental de su labor de preservación de la tradición oral española.
La proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931 inaugura un periodo de instrumentalización pedagógica de la cultura. El compromiso político y social de Lorca se realizará a través de la política educativa del nuevo régimen, materializándose en proyectos como las Misiones Pedagógicas y, muy especialmente, el teatro universitario ambulante La Barraca. Este hito marca la transición del autor desde la experimentación estética individual hacia la vocación de difundir la cultura a la sociedad civil en su conjunto. Los meses subsiguientes a la proclamación de la República representan una fase de publicaciones editoriales y madurez lírica para el poeta. Se publica el Poema del cante jondo (concebido muchos años atrás) y también se inicia la composición del Diván del Tamarit.