El periodo comprendido entre los años 1929 y 1931 constituye una etapa crucial de transformación estética y conceptual en la obra de Federico García Lorca, motivada por su estancia en Nueva York y su posterior viaje a Cuba. Estas vivencias transatlánticas funcionaron como un mecanismo de superación frente a la crisis que el autor arrastraba desde finales de la década de 1920.
Durante su estancia en Cuba, Lorca consolidó su faceta como conferenciante mediante la impartición de cinco disertaciones fundamentales. Esta actividad no debe entenderse como un ejercicio puramente teórico, sino como una manifestación paradigmática de su predilección por la oralidad. Las conferencias de Lorca incorporaban música, proyecciones y ejecuciones vocales en directo, transformando el formato en un espectáculo performativo en sí mismo. Este viaje propició la creación lírica de poemas que se integrarían en Poeta en Nueva York y el desarrollo de la pieza dramática El público.
El impacto definitivo de la experiencia americana se evidencia en la reorientación del proyecto dramático lorquiano hacia el denominado «teatro del porvenir». La fascinación del autor por el cine sonoro y, fundamentalmente, por las corrientes teatrales experimentales de Nueva York impulsó una voluntad de renovación radical de la escena española.
Pretendemos diferenciar entre el «teatro posible» (comercial) y el «teatro imposible» (experimental) de Lorca. A veces esta separación es excesivamente simplista, pues las declaraciones del dramaturgo deben interpretarse en el marco de una renovación escénica.