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6.2. LOS REGRESOS Y LA FUNDACIÓN DE ROMA.

No todos los participantes en la guerra de Troya llegaron sanos y salvos a sus respectivas patrias: la mayor parte pereció durante el trayecto o nada más llegar a casa de forma trágica. Así, por ejemplo, el barco que portaba las reliquias de Pélope naufragó cerca de la isla de Eubea, pues Nauplio, padre de Palamedes, vengó la injusta muerte de su hijo encendiendo un falso faro durante una tempestad. Los barcos griegos se estrellaron contra las rocas y, por diversos vaivenes del destino, los restos del héroe acabaron depositados en Olimpia, donde Pélope habría instaurado los Juegos Olímpicos en honor de Zeus.

Tanta importancia tuvieron los regresos (nóstoi) de los héroes que fueron objeto de poemas épicos, la mayoría de ellos perdidos, pero conservamos resúmenes y referencias en obras como la Biblioteca de Apolodoro o las Fábulas de Higino. Además, dos de las más influyentes obras de la literatura clásica pertenecen a esta tradición: la Odisea y la Eneida, ejemplo paradigmático cada una a su manera de las gestas del héroe viajero. Asimismo, el tema del retorno de los participantes en la guerra de Troya fue empleado como argumento de tragedias, muchas de ellas perdidas, que llevaban a las tablas los excesos de los vencedores, los padecimientos de los vencidos y, en definitiva, las terribles consecuencias de todo conflicto bélico, sin olvidar el castigo divino por los excesos cometidos (material complementario Argumentos míticos de las tragedias conservadas).

Trágicos fueron también los regresos para las cautivas troyanas, tema predilecto de la tragedia griega por todos los dilemas y planteamientos sobre la actitud hacia los vencidos. Andrómaca, la esposa de Héctor, partió con Neoptólemo a Tesalia, donde sufrió las insidias de Hermíone, la esposa legítima e infértil, argumento de la Andrómaca de Eurípides, quien también compuso una Hécuba, sobre la reina de Troya, asignada a Odiseo, que, antes de partir con él, venga la muerte de su hijo Polidoro a manos de Poliméstor, rey de Tracia y supuesto aliado, a quien se lo habían encomendado, sacándole los ojos con sus propios broches. Sin embargo, Hécuba no compartió el periplo de Odiseo, sino que se arrojó al mar y fue transformada en una perra. La suerte de las cautivas será argumento, también, de sendas Troyanas, una de Eurípides y otra de Séneca.

El más trágico de los regresos fue el de Agamenón, llevando consigo a Casandra. Durante su ausencia de Micenas, Clitemnestra, su esposa, había asumido el poder, mantenía relaciones con Egisto y se había deshecho de sus hijos: Orestes fue enviado lejos y Electra desposada con un labriego; solo Crisótemis permaneció en el palacio. Cuando retornó Agamenón, Clitemnestra lo mató a hachazos en la bañera y también asesinó a Casandra, la concubina, en venganza por la muerte de su hija Ifigenia, aunque según la Odisea, fue Egisto quien mató al rey y Clitemnestra a la concubina. Sea como sea, Electra maquina la venganza de la muerte paterna y en ese momento llega Orestes a Micenas. Tras el reconocimiento entre los hermanos se lleva a cabo el matricidio y Orestes es exiliado, enloquecido por las Erinis (Unidad 2.1), siendo finalmente liberado gracias a la intercesión de Atenea y purificado por Apolo (fig. 45). De todo ello se nutrió ampliamente la tragedia antigua, conservándose la trilogía Orestíada de Esquilo, dos versiones de Electra, una de Sófocles y otra de Eurípides, y también Séneca compuso un Agamenón. Pero el regreso más famoso de todos ellos es el de Odiseo, narrado con detalle en la Odisea, el libro de los libros.

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