La accidentada vuelta a la patria de los griegos fue augurada por el espectro de Aquiles a Agamenón, cuyo regreso fue, precisamente, uno de los más trágicos.
En efecto, Agamenón volvió a Micenas llevando consigo a Casandra como concubina. Durante su ausencia en el reino, Clitemnestra, su esposa y hermana de Helena, no solo había asumido el poder, sino que incluso cometía adulterio con Egisto, primo de Agamenón, y se había deshecho de sus hijos: envió a Orestes para que fuese criado lejos de Micenas, y a Electra la había desposado con un labriego; solo Crisótemis permaneció en el palacio. Cuando llegó Agamenón, Clitemnestra lo mató a hachazos en la bañera y también asesinó a Casandra, con el pretexto de vengar la muerte de Ifigenia en Áulide. Entonces Electra maquina a su vez la venganza paterna y en ese momento llega Orestes a Micenas. Tras el reconocimiento entre los hermanos se lleva a cabo el matricidio y Orestes es exiliado, enloquecido por las Erinis y finalmente exculpado gracias a la intercesión de Atenea, siendo purificado por Apolo (fig. 45). De todo ello se nutrió ampliamente la tragedia, conservándose la trilogía Orestíada de Esquilo, dos versiones de Electra, una de Sófocles y otra de Eurípides, y también Séneca compuso un Agamenón (material complementario Argumentos míticos de las tragedias conservadas).
Otras tragedias, en cambio, pusieron su atención en la suerte de los vencidos, principalmente de las cautivas troyanas, como dramatizó Eurípides en varias tragedias (material complementario Argumentos míticos de las tragedias conservadas).
Hécuba trata cómo la reina de Troya, asignada a Odiseo, antes de partir con él a Grecia, venga la muerte de su hijo Polidoro a manos de Poliméstor, rey de Tracia y supuesto aliado, a quien se lo habían encomendado, sacándole los ojos con sus propios broches. Sin embargo, Hécuba no compartió el periplo de Odiseo, sino que se arrojó al mar y fue transformada en una perra.
"El pueblo tracio, irritado por el asesinato de su rey, comenzó a atacar a la troyana lanzándole dardos y piedras; pero ella persigue con sus mordiscos una piedra que le ha sido arrojada con ronco murmullo y, al intentar hablar, con la boca preparada para emitir palabras ladró."
Ovidio, Metamorfosis 3, 565-571
En Andrómaca dramatiza Eurípides la suerte de Andrómaca, esposa de Héctor y elegida por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, como parte del botín, llevándosela consigo a Ptía y con quien tuvo un hijo llamado Moloso, provocando la cólera de Hermíone, la esposa legítima pero infértil, que maquina su muerte, aunque al final quien muere es Neptólemo a manos de Orestes en Delfos.
La suerte de las cautivas vuelve a ser tratada por Eurípides en Las troyanas, dramatizando el trágico momento del reparto entre los capitanes griegos y la funesta suerte que les espera al abandonar su patria destruida, contraponiendo los personajes de las cautivas troyanas a Helena, que aparece representada como una auténtica villana. Estos hechos fueron retomados por Séneca en Las troyanas, adaptándolos a su propia visión de lo trágico desde el punto de vista estoico.
Pero no todos los retornos fueron trágicos: algunos héroes consiguieron llegar sanos y salvos a sus respectivas patrias, como el anciano Néstor, que volvió felizmente y sin problemas a Pilos, y otros, en cambio, se instalaron en otras tierras, como Filoctetes, que se estableció en la Campania (Italia). También en tierras itálicas terminó Diomedes, a pesar de haber regresado fácilmente a Argos, pues su esposa Egialea le había sido infiel y tramaba su muerte, todo orquestado por Afrodita, a quien Diomedes había herido en Troya. El héroe huye y se instala con el rey Dauno, llevando a cabo diferentes gestas y fundaciones.
Finalmente, no menos accidentado, pero en absoluto trágico fue el retorno a Esparta de Menelao y Helena.
Una vez tomada la ciudadela, Helena se refugió en el templo de Afrodita, donde fue encontrada por Menelao, quien no pudo matarla ni vengarse del ultraje; al contrario, quedó de nuevo prendido por su belleza y dejó caer la espada al suelo. Otras fuentes hostiles a la figura de Helena refieren que fue tratada con dureza, arrastrada de los cabellos hasta las naves con intención de lapidarla como castigo por su infidelidad.
Mención especial merecen ciertas versiones remontables al poeta Estesícoro de Hímera y llevadas a la escena por Eurípides en Helena que cuentan cómo ella en realidad nunca abandonó a Menelao y ni siquiera estuvo en Troya, sino que por voluntad de la diosa Hera se creó una imagen suya y por tal simulacro se mataron griegos y troyanos, mientras que la auténtica Helena permanecía a salvo en Egipto con el rey Proteo, hasta que fue descubierta por Menelao en su regreso desde Troya y con él parte hacia Esparta.
Sea como sea, Menelao y Helena regresaron a su patria, donde reinaron hasta su muerte, siendo ambos trasladados a la Isla de los Bienaventurados, un espacio destinado al descanso eterno de los héroes, si bien otras versiones trasladan a Helena a otra isla escatológica, la Isla Blanca, donde sería desposada por Aquiles.