Los sistemas de regadío están compuestos por lo general por dos unidades básicas: una unidad tecnológica y una unidad social. Independientemente de las interpretaciones sobre su origen, el papel del poder y del campesinado o los aspectos productivos, independientemente de su extensión o el grado de sofisticación de algunos de sus elementos, siempre encontramos estos dos niveles.
La unidad tecnológica es la compuesta por la infraestructura, la parte material, que incluye el punto de captación, una acequia madre o principal, sus derivaciones en otras menores y el resto de elementos necesarios para el riego e incluso otras infraestructuras auxiliares que utilizan el agua como fuerza motriz pero no la consumen (los molinos hidráulicos por ejemplo).
Sobre ella se encuentra siempre una unidad social, la comunidad y el sistema de gobernanza que regula los derechos y obligaciones de los usuarios que pueden usar el agua para regar. Por lo general, el agua no pertenece al propietario, sino que es un derecho de la tierra que no puede desligarse de ella. Esa comunidad es la encargada de mantener y gestionar el sistema, de la distribución social del agua y de la resolución de los conflictos.
Dentro de ese mantenimiento y gestión se encuentran todos los manejos de agua, que son realmente complejos e interesantes, y en muchos casos, realmente asombrosos. Hablamos de manejos y no solo de regadío. El regadío es una parte de los mismos, la más importante sin duda porque es el que garantiza la producción. Pero para poder regar hay que aplicar toda una serie de conocimientos, de prácticas y de sistemas de gobernanza, de organización social para la gestión del agua, que son imprescindibles.
En muchos casos, estos manejos comienzan con conocimientos sobre la propia estimación de la disponibilidad de agua. Estas estimaciones se llevan a cabo mediante la generación y aplicación de conocimientos sobre clima o sobre las aguas superficiales o subterráneas o sobre las aguas en forma de nieve/hielo o en estado líquido.