El clima también puede ejercer una serie de influencias indirectas a través de amplios efectos sobre ambientes naturales o humanizados, como por ejemplo cuando una sequía afecta las reservas de agua, el uso del territorio y las prácticas de regadío, así como a los movimientos poblacionales de manera que se vean afectadas la ecología del vector y la exposición humana a la infección (Campbell-Lendrum et al. 2015). Otro ejemplo es el descrito en Caminade et al. (2016), que muestra que las diferencias en el impacto de las inundaciones sugieren también una importancia de los accidentes geográficos (topografía y distancia a los cuerpos de agua) en la influencia sobre la carga de malaria. Se espera un aumento en un 30% en el riesgo de que los individuos sean positivos a malaria si la población está en las cercanías de un río afectado por una inundación en comparación con poblaciones alejadas de ríos, así como un mayor impacto en las poblaciones que se encuentran río arriba en comparación con las que se encuentran río abajo.
Los efectos del clima sobre los hospedadores también pueden influir en su capacidad de responder a las infecciones facilitando su transmisión y extensión. Por ejemplo, los bueyes almizcleros fueron afectados severamente por el cambio climático en 2018. El aumento de temperatura favorece la ocurrencia de lluvias en vez de nevadas en altas latitudes. Cuando la lluvia alcanza la superficie se congela rápidamente revistiendo las plantas con hielo haciéndolas inaccesibles para que los animales se alimenten de ellas (Caminade et al., 2019). Esto redujo la alimentación de los bueyes debilitándolos y haciéndolos más susceptibles a las enfermedades.
También el aumento de resistencias a antihelmínticos pudo interaccionar con las condiciones climáticas a la hora de causar el aumento en el número de infecciones por la duela del hígado y otros helmintos en algunas zonas europeas durante la década del 2000 (Caminade et al. 2019).
El clima también interacciona con otros factores a la hora de favorecer la extensión de enfermedades transmitidas por vectores, como por ejemplo el aumento de la urbanización o el aumento en el comercio internacional y los viajes, que favorecen la transmisión y extensión de enfermedades a lugares con climas cada vez más adecuados (Campbell-Lendrum et al. 2015; Caminade et al., 2019). Por ejemplo, se ha comprobado que los mosquitos del género Culex proliferan tanto en áreas agrícolas como urbanas (Diuk-Wasser et al., 2006; Ferraguti et al., 2016), y que los medios antropizados favorecen un pico más temprano en la densidad de sus larvas debido al efecto de isla de calor urbano (Townroe and Callaghan, 2014).
Por otro lado, la generación de nuevos ecosistemas por necesidades ambientales puede también generar oportunidades de transmisión para enfermedades previamente inexistentes o con prevalencias muy reducidas. Por ejemplo, la incidencia del cambio climático junto con el crecimiento de la población humana hace necesaria la construcción de presas y embalses para suministrar agua a las poblaciones humanas y estos embalses pueden ser aprovechados por algunos parásitos que necesitan de agua para completar sus ciclos. Así la construcción de presas y embalses en Asía y África fue seguida por un aumento importante en la prevalencia de esquistosomiasis producidas por parásitos del género Schistosoma que necesitan de agua para la supervivencia de sus formas de vida libre y favoreció el desarrollo de caracoles de agua dulce que actúan como hospedadores intermediarios. Aunque algunos estudios atribuían estos brotes al incremento de la temperatura (Zhou et al., 2005) es más posible que sea un efecto indirecto de la construcción de la presa de las tres gargantas (ver referencias en Martínez y Merino, 2011).
Los efectos negativos del clima junto a la globalización, incluyendo el incremento en el transporte de mercancías, personas, y animales son los principales responsables de la extensión de patógenos en el mundo. El aumento de la población humana y el consecuente aumento de la producción de alimentos, el aumento de viajes y comercio, el aumento de las resistencias a medicamentos e insecticidas y del uso del territorio, junto al cambio climático favorecen la extensión de enfermedades transmitidas por vectores. Mejorar los sistemas de vigilancia y las actividades de anticipación y resiliencia de los servicios veterinarios y de salud pública, además de alentar la colaboración entre científicos y médicos en una aproximación “One Health” serán clave para abordar los retos de la extensión de enfermedades transmitidas por vectores en el futuro (Caminade et al., 2016).