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1. Introducción

Infografía creada con IA para fines educativos. (CC BY-NC-ND)

El estímulo surrealista, como lo llamó Jorge Guillén, ayuda a poner en crisis el tratamiento distanciado y reflexivo del material lírico que Lorca ha aprendido en las filas de la vanguardia racionalista, del cubismo y la pureza poética. Igualmente, interviene el debate artístico con Dalí. Tras la coincidencia en la estilización constructiva de la naturaleza mediante el formalismo cubista, tal y como prueba la oda al pintor catalán, comienza un intercambio de ideas estéticas entre los dos amigos, incluso una vigilancia mutua (cf. Soria Olmedo) a la que seguirá la ruptura. La primera disensión la encontramos en una carta de junio de 1927, en la que Dalí se hace eco de Canciones en tono negativo. De entrada, argumenta, bajo un ideario neofuturista, que las máquinas lo han cambiado todo y que hasta su llegada no había cosas perfectas. Las canciones lorquianas son, sin embargo, Granada sin tranvías, sin aviones, una Granada antigua con elementos naturales, lejos de hoy, puramente populares. Más taxativa, y más dolorosa para Lorca, debió de ser la acogida que Dalí presta al Romancero gitano en carta de septiembre de 1928, en principio también articulada sobre la falta de vanguardismo rupturista en el libro. Para el pintor, la poesía lorquiana cae de lleno dentro de lo tradicional, se encuentra atada a las normas de la poesía antigua, incapaz ya de satisfacer los deseos actuales: «Tu poesía está ligada de pies y brazos a la poesía vieja». Aunque Lorca crea atrevidas ciertas imágenes, o que ha dotado de mayor irracionalidad a sus poemas, estos se mueven, sentencia Dalí, dentro de la ilustración de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas. Lo anima, así, a romper con «los Salinas», con la joven literatura.

Hasta llegar a este punto de inflexión, el poeta pinta y el pintor escribe (cf. Soria Olmedo). En septiembre de 1927, en su reseña de Canciones, Gerardo Diego define a Lorca como «juglar de boca» y como poeta lírico moderno, autor de teatro y dibujante gitano-catalán, todo ello a un tiempo. En efecto, coincidiendo con el estreno de Mariana Pineda en Barcelona, Lorca expone sus dibujos en las Galerías Dalmau (de aquí lo de dibujante gitano-catalán; en cuanto a lo de juglar, Diego ya había llamado a Lorca «juglar devotísimo y disperso» en la epístola en tercetos encadenados que dirige a Alberti en septiembre de 1926 para avivar los ánimos gongorinos). En julio de 1927, Dalí publica en la revista L’Amic de les Arts un texto titulado «San Sebastián», en el que encarna su estética de la Santa Objetividad, atenta a las asociaciones irracionales que despiertan las cosas, en lo que es una aproximación al surrealismo. El Lorca dibujante y el de los poemas en prosa dialoga con la estética fisiológica a la que por ese camino llega Dalí poco después (degollaciones, mutilaciones, presencia de la sangre y de lo orgánico, hasta derivar en los burros podridos, compartidos con Buñuel).