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3. El viraje estético de 1928

En diciembre de 1928, en entrevista con Ernesto Giménez Caballero para La Gaceta Literaria, Lorca declara que la poesía lógica le es insoportable y que ya está bien de la lección de Góngora; a la vez, proclama la vuelta a la inspiración y se define como apasionado instintivista por ahora.

Sin duda, se está produciendo un viraje en la poética lorquiana hacia la vanguardia vitalista, como muestran las conferencias «Imaginación, inspiración, evasión» y «Sketch de la nueva pintura», las dos de 1928. La primera, que Lorca leyó en varias ocasiones y que solo conocemos por las reseñas de la prensa, confirma la apertura a la categoría de inspiración. La imaginación representa aptitud para el descubrimiento, tiene como hija directa a la metáfora y está limitada por la realidad; obedece a una lógica racional, su manera de crear necesita del orden y del límite. De aquí, como es obvio, es de donde viene Lorca; no en balde, cuando lee la conferencia en Nueva York, en febrero de 1930, ahora con el título de «Tres modos de poesía», considera como imaginativos algunos poemas del Romancero gitano y añade que la exaltación gongorina de los jóvenes ha correspondido con la madurez del cubismo, pintura de raciocinio puro.

Tras el culto a la imaginación, Lorca se dirige hacia la inspiración libre y sin cadenas, sin lógica ni sentido, con la intención de producir emociones poéticas intensas, imposibles para el poeta imaginativo puro (para un Góngora, frente a un San Juan de la Cruz, modelo de poeta inspirado). Con el paso de la imaginación, que es un hecho de alma, a la inspiración, que es un estado de alma, ya no hay términos ni límites, sino admirable libertad. Frente a la lógica humana de la imaginación, la lógica poética de la inspiración, que constituye un don, un inefable regalo. Lorca detecta que las últimas generaciones de poetas se abren al surrealismo, es decir, siguen las normas que el hecho poético impone, sin escuchar la voz del razonamiento lógico ni el equilibrio de la imaginación. Es lo que se logra con la evasión de la realidad por el camino del sueño y del subconsciente. En la oda a Dalí, en cambio, en la ancha luz de Minerva, constructora de andamios, no cabían el sueño ni su flora inexacta. En la reseña que El Sol da de la conferencia, con todo, Lorca demuestra hasta qué punto, al acercarse al surrealismo, aún pesa en él la ideología de la forma: «Pero esta evasión por medio del sueño o del subconsciente es, aunque muy pura, poco diáfana. Los latinos queremos perfiles y misterio visible. Forma y sensualidades». Algo que enlaza con lo que plantea en la conferencia sobre las canciones de cuna, donde define España como país de los perfiles –«Todo se dibuja y limita de la manera más exacta»– y concluye: «Y el que quiere saltar al sueño, se hiere los pies con un filo de navaja barbera». 

Figura 2: Oda a Salvador. Fuente: Manuscritos

Por su parte, el Sketch traza un itinerario de la pintura –arrancando del impresionismo– análogo al de la poesía nueva (cf. Soria Olmedo). La pintura agonizaba en los cuadros impresionistas, cuya luz estaba agotando la belleza de la forma. Había que volver, afirma Lorca, por el volumen y la forma, fundamento esencial de un cuadro, y de Cézanne arranca el afán constructivo. No se puede negar la adhesión del conferenciante al cubismo, que a su juicio salva la pintura: de arte de representaciones la convierte en arte en sí mismo, en arte puro, desligado de la realidad. Es decir, en arte autónomo: «Hay que libertarnos de esta realidad natural para buscar la verdadera realidad plástica». No hay asunto, el cuadro no representa nada más que un cuadro, como un soneto no representa nada más que un soneto. Lo que hacen en pintura Picasso o Juan Gris –materia pura, forma pura y color puro– se corresponde con lo que intentan en poesía Apollinaire y Max Jacob. Bajo la ideología de la forma pura, Lorca desdeña en cambio la pintura «literaria» del futurismo y del dadaísmo. Pero la disciplina cubista ha llevado a un triste cerebralismo, a un cansado intelectualismo, y surge en la pintura una reacción anímica, un modo espiritualista en el cual las imágenes ya no son dadas por la inteligencia, sino por el inconsciente, por la pura inspiración directa. Lorca alude a los surrealistas, a Miró en concreto, sin olvidarse de Dalí en las proyecciones con las que acompaña e ilustra su conferencia. No en balde, este texto ha sido interpretado como una genealogía poética de sus propios dibujos, como una justificación programática del trabajo que estaba desarrollando con Salvador Dalí (cf. Silvia Moretti).