La amistad con Dalí, fraguada en la Residencia de Estudiantes, lleva a Lorca a Cadaqués, donde en 1925 lee a la familia del pintor Mariana Pineda, que acaba de terminar, con entusiasmo de sus huéspedes. En abril de 1926 aparecerá la «Oda a Salvador Dalí» en la Revista de Occidente. El poema, que se gesta por los mismos años que el Romancero gitano, es inseparable de la conferencia sobre Góngora. Los dos textos desarrollan los conceptos correlativos de constructivismo cubista y de metáfora (cf. Soria Olmedo). La severidad métrica, en alejandrinos, de la Oda, y su léxico del frío y la distancia aséptica, ponen en práctica el ideario cubista de Lorca y Dalí, basado en la necesidad de someter la naturaleza a la geometría y a la forma, a los límites, Baco –lo irracional y el sueño– a Minerva –la luz de la inteligencia–: «Un deseo de formas y límites nos gana». El cubismo y la vanguardia racionalista, con la que Lorca doma sus penumbras sentimentales (cf. García Montero) y contribuye al impulso modernizador que en España cobra el arte nuevo, no son ajenos aquí al ambiente general de pureza poética y de deshumanización que conducirá en 1927 a la rehabilitación de Góngora por los jóvenes. La conferencia, que ve la luz parcialmente en la revista murciana Verso y Prosa (junio de 1927) y es leída en la Residencia de Estudiantes, se va a sumar a la celebración del tricentenario, que culminará con el viaje a Sevilla en diciembre de ese año, recordado por Gerardo Diego y Dámaso Alonso, por Rafael Alberti y Jorge Guillén.
Góngora ha estado esperando tres siglos, afirma Lorca, a que las nuevas generaciones recogieran su herencia objetiva y su sentido de la metáfora. Ve en el cordobés al padre de la lírica moderna, al amante de la belleza pura e inútil, al dueño absoluto de su realidad poética, que para dar unidad y proporciones justas a su credo poético lo que hace es «limitarse». La idea aparece asimismo en su conferencia, también de 1926, sobre el poeta granadino Soto de Rojas, autor del poema gongorino Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. La estética genuinamente granadina, plantea aquí Lorca, es la del diminutivo, que no tiene más función que la de limitar, ceñir, poner en nuestra mano los objetos o ideas de gran perspectiva: «Hay necesidad de limitar, de domesticar los términos inmensos». Todo se limita (el tiempo, el espacio, el mar, la luna, las distancias y hasta la acción) en una Granada quieta y ceñida por sus sierras que, sin más salida que su alto puerto natural de estrellas y sin sed de aventuras, se recoge en sí misma. A su vez, la metáfora gongorina, ese «salto ecuestre que da la imaginación» para unir dos mundos antagónicos, siempre está limitada por la realidad. Hay que escapar –escribe un Lorca que percibe en el espejo de la escritura gongorina su propia escritura (cf. Nadine Ly)– del peligroso mundo poético de las visiones.
La poesía de la oda a Dalí o el Romancero gitano no están muy lejos de este Góngora que, a decir de Lorca, pone bridas a su imaginación, como si fuera escultor; odia lo sordo y las fuerzas oscuras que no tienen límites; huye del desorden y la desproporción; dibuja un campo ordenado donde la poesía mide y ajusta su delirio; es enemigo del misterio y no gusta de penumbras ni metáforas disformes. Para sentenciar: «Nada más sorprendente de poesía pura».