Federico García Lorca conoció a Manuel de Falla en septiembre de 1919, durante una visita de este a Granada. Pero en febrero de 1921 Falla se instaló en Granada. Fue su residencia habitual hasta el exilio en 1936. Según Juan Ramón Jiménez:
se fue a Granada por silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad”.
El musicólogo inglés J. B. Trend recuerda en su notable A Picture of Modern Spain (1921) que, acompañado por Falla, visitó la Alhambra de día, y le pareció «música sin contrapunto»; en cambio, descubrió que de noche es «la atmósfera de la ópera». Siempre de la mano de Falla, incrementó su «percepción imaginativa de Granada» al ser introducido a la «música culta tocada en casas y jardines particulares»:
Una tarde, el señor Falla me llevó a una casa al lado de la Alhambra. Habían amortiguado la fuente del patio con una toalla, pero el agua no terminaba de callar; un ligero murmullo corría a la alberca. Don Ángel Barrios, que participó en la composición de la encantadora ópera goyesca El Avapiés, [...], estaba sentado cómodamente, sin cuello duro, con una guitarra en las rodillas. La había afinado en bemoles, con lo que en cierto modo se armonizaba con el rumor del agua, e improvisaba con una asombrosa variedad de recursos. Entonces su padre se unió a nosotros, y el señor Falla le preguntó si se acordaba de coplas antiguas. [...] De vez en cuando alzaba la voz y cantaba una de esas raras melodías ondulantes del cante flamenco, con sus extraños ritmos y floreos característicos de Andalucía, mientras el señor Barrios lo acompañaba, unas veces pulsando cuerdas aisladas, otras produciendo una suerte de «melodrama» orquestal, otras tocando en contrapunto, otras tratando la canción como un recitativo y puntuándolo con acordes en staccato. El señor Falla anotaba las que le gustaban, o las que era posible expresar en notación convencional, ya que una de las mejores estaba llena de «terceras y sextas neutras» —intervalos desconocidos e inexpresables en música moderna.
El cantaor era Antonio Barrios, el Polinario, padre del compositor, por cuya taberna en la calle Real de la Alhambra —donde transcurre el episodio— pasaron notables personalidades. Pero aún hay más música en esta estancia granadina. Tras un concierto del Trío Iberia en honor de Falla, músicos y aficionados se trasladaron al carmen albaicinero de Alonso Cano, propiedad de Fernando Vilches Jiménez, y se repitió parte del programa.
Y en ese momento, cuando los músicos estaban ya cansados de tocar, un poeta recitó con voz resonante una oda a la ciudad de Granada. Su voz subía de tono al tiempo que una imagen sucedía a otra y un sorprendente flujo de retórica caía sobre el silencio.
Parece un efecto más del sentido operístico de Trend, pero el hecho es que con toda probabilidad aquel joven de 1919 o 1920 era Federico García Lorca.