Federico García Lorca se traslada a Madrid en 1919, donde entrará en contacto con la intelectualidad española del momento y empapándose de todas las nuevas estéticas que venían de Europa en la Residencia de Estudiantes. Allí conocerá al poeta catalán al que dedicará la «Oda a Salvador Dalí», fruto de todo lo aprendido y vivido en la Residencia junto al pintor. Este poema no solo refleja un vínculo de amistad, sino que representa una nueva estética, la de la pureza formal y deshumanización del arte. Esta amistad y vivencias comunes entre el poeta y el pintor ha sido estudiada por la crítica, que ha dado el nombre de «época daliniana» en Lorca (1926-1929) a toda esa influencia de Dalí en Lorca. Se produce en esos años un enorme intercambio de cartas entre ambos artistas. Primeramente, Dalí rechaza la resistencia de Lorca a incorporar la modernidad tecnológica a su poesía, reprochándole un apego al localismo ajeno a la vanguardia contemporánea. Dalí ya está recibiendo en esos momentos la influencia del surrealismo y empieza a crear usando el tamiz de esa estética de vanguardia.
Curiosamente, hacia finales de 1927, Dalí rechaza el magisterio literario e intelectual de Juan Ramón Jiménez, quien había sido luz y guía de los artistas del 27. Dalí calificará el academicismo tradicional de «putrefacción poética». Dalí introduce los conceptos de «evasión» de la realidad convencional y de destrucción semántica. A través de composiciones experimentales como el «Poema de las cositas», el pintor catalán utiliza el lenguaje no como un vehículo de significación, sino como un instrumento de provocación y ruptura. El debate estético entre Dalí y Lorca alcanzará su punto álgido en 1928 tras la publicación del Romancero gitano. Dalí realiza una nueva y severa ofensiva crítica, acusando a la poesía lorquiana de hallarse atada a las normas anacrónicas de la tradición y animándolo a abandonar la rima y el canon estético tradicional. Hay que señalar que el debate estético entre Federico García Lorca y Salvador Dalí no se traduce en una ruptura estéril, sino en una asimilación selectiva de los postulados vanguardistas por parte del poeta granadino. El estudio de los textos lorquianos del momento dan, como veremos, prueba de ello. Se forzarán los límites del lenguaje, la idea de sentido, etc.
Hacia el final de la década de los 20, toda esta desestabilización, estética y vital, converge con una profunda crisis emocional de Lorca. El agotamiento de las fórmulas tradicionales y la tensión del debate vanguardista en España impulsan el viaje del autor a Nueva York, ciudad cosmopolita que se erigirá como el escenario definitivo para la consumación de su lenguaje más rupturista.